Quique
Me desperté a las siete menos diez, que es la hora a la que me despierto los días que libro, los días que estoy de vacaciones y los días que me acuesto a las cuatro, porque llevo once años haciendo turnos y mi cuerpo ha decidido por su cuenta que dormir es una cosa que se hace a ratos y con culpa.
Fuera ya había esa luz blanca que en agosto entra por debajo de la persiana como si te debiera dinero.
Dentro hacía veintidós grados. El aire acondicionado había estado toda la noche funcionando para dos tíos tapados con una sábana.
Marc dormía boca abajo, con un brazo colgando por fuera de la cama y la mano manchada de tinta azul del jueves, y con la cara del que por fin ha dormido siete horas seguidas después de un mes y medio de dormir tres.
Estuve un rato mirándole. No voy a decir cuánto.
Luego me levanté con el sigilo de un ladrón de películas antiguas, me puse un pantalón corto y salí al salón, y el salón parecía el escenario de un delito.
El ventilador tumbado en medio del parqué con la rejilla abollada.
Una camiseta encima de la tele. Otra camiseta en el respaldo de una silla, colgada con una elegancia que solo puede ser accidental.
Dos botellines de agua vacíos, un bote de rotuladores volcado, y ciento veinte cartulinas de nueve por cinco con los nombres de todos los invitados a la boda de mi hermana esparcidas por el suelo como si hubieran pasado un ventilador de verdad por encima.
Recogí las cartulinas. Puri con Ramón, Ximo con los primos, la doctora Bernabé —que se lo pedí a Neus como un favor y que dijo que sí, cosa que no me esperaba— con los del hospital. Y la mesa tres. Cartulina de la mesa tres: Rafa.
Puse el agua a hervir. Me quedé de pie en la cocina, apoyado en la encimera, con la cartulina de la mesa tres en la mano.
Cuatro letras escritas por él, a mano, con la letra buena, la que cobra a dos mil cuatrocientos euros la boda, con esa ese un poco caída que a mi hermana le gustó tanto que la eligió a la primera.
Marc Adell había pasado una noche entera dibujando el nombre de un hombre que no existe para poder sentarse a comer en una boda al lado de su propia mentira, y lo había hecho bien, porque este tío no sabe hacer las cosas mal aunque le vaya la vida en ello.
La dejé con las demás y no la miré más.
Marc apareció a las nueve y veinte con el pelo imposible y sin camiseta. Sin camiseta.
— Buenos días — dije.
— Buenos días.
— Hay café.
— Menuda frase para las nueve y veinte.
Se sirvió. Se apoyó en la otra punta de la encimera y estuvimos los dos ahí, a metro y medio, mirándonos por encima de dos tazas, con la solemnidad de dos embajadores.
— Bueno — dije.
— Bueno.
— Habría que hablarlo.
— Habría.
— Porque esto no cambia nada.
— Nada — dijo Marc.
— Sigue todo exactamente igual. La papelería, la boda, mi familia, el trece, el catorce. Todo igual.
— Todo igual.
— Solo que ahora, además, pues eso.
— Eso.
— Que se incluye.
Marc dio un sorbo muy largo. Y me miró por encima del borde de la taza.
— ¿Lo escribimos? — dijo.
— No hace falta escribirlo.
— Esa frase es mía. No me la cojas tú también.
— Es que me está gustando mucho tu frase, Marc, es una frase que soluciona.
— Ya te digo.
— Vamos a hacer una cosa. — Dejé la taza —. Punto uno: seguimos igual. Punto dos: con esto incluido. Punto tres: sin líos.
— Esto lo estás organizando como una guardia.
— Es que funciona. Los turnos funcionan.
— Los turnos funcionan porque a nadie le importa quién los cubre.
Y ahí me tuve que callar, porque llevaba dos minutos negociando desde una posición de fuerza que no tenía, en calzoncillos, con una taza en la mano y con la marca de sus dientes todavía en el hombro izquierdo.
— ¿Qué es un lío?
— Un lío es cuando uno de los dos se pone a hacer cuentas.
— ¿Cuentas de qué?
— De días.
Se hizo un silencio bastante corto y bastante largo a la vez, de esos que en una cocina de sesenta metros ocupan mucho sitio, y Marc bajó la vista a la taza y luego la levantó otra vez, y por la cara que puso, esas cuentas ya las había hecho él.
— Cuatro semanas — dijo.
— Cuatro semanas justas. Hoy es dieciséis, la boda es el trece.
— Y el catorce cada uno a su casa.
— Eso lo pusiste tú en la ficha.
— Lo puse yo — dijo Marc, y se giró hacia el fregadero a lavar una taza que no estaba sucia.
Ahí es donde yo, si fuera otra clase de persona, habría dicho una cosa. No una declaración. Una frase de nueve palabras. Y en vez de eso me puse a hablar del desayuno, que es la especialidad de la casa.
— ¿Tú desayunas o tú picoteas?
— Yo no desayuno.
— Eso no es una respuesta, eso es un síntoma.
Total, que bajé a por pan a la única panadería del barrio que abre el dieciséis de agosto, que está en Emilio Baró y que lleva Andreu, que se llama Andreu como su padre y como su abuelo, cosa que en ese negocio les ha ahorrado cambiar el rótulo tres generaciones.
Me preguntó por mi madre. Le pregunté por su rodilla.
Me contó que el barrio está muerto en agosto y que en septiembre se pone imposible, y yo le di la razón en las dos cosas porque las dos son verdad, y me volví hacia el portal con dos barras debajo del brazo y con esa sensación tonta de sábado de tener el día entero por delante y a alguien esperando arriba.
A mitad del segundo tramo de escalera tuve que pararme.
Iba silbando. Yo no silbo. Ya os digo yo que no. Llevo desde los veinticuatro años sin silbar en una escalera y lo sé con esa precisión porque hay cosas que uno deja de hacer un mes concreto de un año concreto.
En el rellano del segundo estaba Chelo con la regadera. Regando el potus del primero, que no es suyo.
— Anoche se cayó algo en tu casa.
— Un ventilador, Chelo.
— A las doce y media.
— Es que se cayó a las doce y media.
— Ah. — Siguió regando —. Pues que no se caiga más, hijo, que la finca es vieja.
Almorzamos en el balcón, con el toldo echado y la mesita de plástico. Que es el único mueble de esta casa que me he comprado yo. Marc se sentó en la silla buena porque le obligué. Porque le obligué. Yo comí de pie, apoyado en la barandilla. Y Marc no dijo nada.
— Anoche te sentaste — dijo, al final.
— En el suelo.
— En el suelo, pero te sentaste.
— El suelo no es sentarse. El suelo es caerse despacio.
Desde ese balcón se ve la calle entera, las cuatro copas de los árboles y, girando un poco la cabeza a la izquierda, la esquina del solar y la medianera. Desde arriba se ve todo un poco escorzado, como se ven las cosas cuando te asomas.
— Fue desde aquí — dije.
— ¿El qué?
— La foto. — Señalé con la barbilla —. Un domingo de junio, a media mañana, yo aquí con el café.
Había un tío en el andamio con la camiseta hecha un asco.
Llevaba dos años y pico contándole a mi madre que salía con un tal Rafa y mi madre llevaba dos años y pico pidiendo una foto, y aquel domingo apretó otra vez por lo de la invitación.
Y la hice. Sin pensarla. Le di a mandar y me fui a la ducha.
Marc miró la pared un rato largo, con el codo en la mesita de plástico y la barbilla en la mano, y desde donde yo estaba se le veía perfectamente lo que estaba haciendo, que era medir.
Este hombre mide. Calcula dónde estaba el andamio, a qué altura, en qué punto exacto de aquellos ocho metros tenía la mano cuando alguien de un tercer piso decidió que él iba a ser el novio de otro durante los siguientes tres meses.
— ¿Y qué pusiste?
— Ya está, pesada. Eso puse.
— Muy romántico.
— Es que no era una foto para nadie. Era una foto para que me dejaran en paz.
— Me quedé mirando el solar —. Eso es lo que más rabia me da de todo esto, si te digo la verdad.
Que yo cogí a un tío que estaba trabajando, de espaldas, sin cara, y lo usé de cortina.
Y luego el tío resulta ser el mejor dibujante que he conocido en mi vida y me hace un arroz al horno a las ocho de la mañana.
— Eso ha sonado casi bonito.
— Casi.
— Casi.
— Oye, una cosa que llevo desde julio queriendo preguntarte y que no te he preguntado por si me contestabas.
— Me di la vuelta y me apoyé de espaldas en la barandilla —.
El dos de julio subiste tres pisos sin ascensor a las tres de la tarde para decirle a un desconocido que llevabas dos años siendo su novio.
Y podías haber llamado a la policía, o a la comunidad, o haberte reído.
Y a los dos días dijiste que sí. ¿Por qué?
Marc tardó en contestar lo que tarda un tío en decidir cuánta verdad va a soltar. Cuatro segundos, y en esos cuatro segundos le dio tiempo a ordenar tres cartulinas que ya estaban ordenadas.
— Por dos mil cuatrocientos euros — dijo.
— Ya.
— Y porque iba firmado.
— ¿El qué?
— El encargo. Ponía M. Adell en el correo de tu hermana. — Se encogió de hombros y se metió el último trozo de pan en la boca —. Hacía mucho que no veía mi apellido en un asunto de correo.
Me quedé mirando el solar con la barandilla clavándoseme en los riñones y con la boca cerrada mucho más tiempo del que aguanto yo normalmente con la boca cerrada, porque lo que había que decir ahí lo tenía en la punta de la lengua y pesaba demasiado para las once de la mañana de un sábado de agosto. Así que hice lo de siempre. Lo cerré.
— Y ya está — dije.
Marc dejó la taza en la mesita de plástico. No dijo nada. Solo levantó una ceja medio milímetro, y en ese medio milímetro había un: otra vez.
Y nada, a las doce llamó Neus para preguntar si el seating estaba cerrado, para informarme sin que nadie se lo pidiera de que Aleix había hecho una versión quince y de que ella le había obligado a volver a la catorce, y para recordarme que el sábado veintitrés era la despedida de Aleix.
Me dijo que llevara a Rafa. Me lo dijo así, con la naturalidad de quien nombra a alguien que existe, y yo dije que sí con la naturalidad de quien no lleva tres meses mintiendo a su propia hermana.
A la una llamó Berto para contarme que su hijo pequeño se había metido una piedra en la nariz y para preguntarme, con muchísima delicadeza, si era verdad lo que le había dicho Sonia que le había dicho la mujer de un celador, que a mí me habían visto el miércoles pasado a las nueve de la mañana bajando de un tranvía empapado con un tío.
Le colgué. Volvió a llamar. Le colgué otra vez.
Y a las siete y media de la tarde, con Marc abajo en el bajo recogiendo unos papeles, me quedé solo en la cocina delante de la nevera. Solo.
En la nevera tengo un calendario de imán, de esos que te dan en la farmacia. Los meses en columnas y unos números tan pequeños que hay que acercarse. Ahí apunto los turnos. Una N para las noches, una T para las tardes, y una raya para lo que libro. Es lo único de esta casa que está ordenado.
Y luego está el trece de septiembre, que lleva rodeado con boli azul desde marzo, desde el día que Neus me llamó a las once de la noche para darme la fecha y para informarme, con esas maneras suyas, de que yo era el padrino y de que ni se me ocurriera decir que no.
Ese círculo azul lleva medio año en mi nevera.
He desayunado delante de ese círculo doscientas veces.
Cogí el boli del cajón y lo taché. Una raya limpia, de esquina a esquina de la casilla, como se tacha un turno que te han cambiado.
Y me quedé mirándolo con el boli en la mano.
Y no era eso. No era ni de lejos eso. Porque tachar el trece de septiembre significa que ya no hay boda, y sí hay boda; significa que ya se ha pasado, y no se ha pasado; significa que se ha acabado, y todavía quedaban cuatro semanas, veintiocho días, seis turnos de noche y una despedida de soltero.
Lo había tachado casi un mes antes de tiempo. Como un imbécil.
Le di la vuelta al boli, froté la casilla con el otro extremo hasta dejarla medio gris y medio rota, y encima del estropicio volví a escribir el trece con mucho cuidado, apretando poco, para que se quedara todo el mes que le tocaba.
Cuando Marc subió, yo estaba haciendo la cena de pie y silbando otra vez.