Marc
Llevaba seis días otra vez en el tercero. Había subido el sábado siguiente a la playa, con la misma caja de cartón, la misma mochila y el ventilador debajo del brazo, y Quique me abrió la puerta, miró el ventilador y no dijo absolutamente nada, que fue lo más elegante que ha hecho en su vida.
Aquella tarde yo tenía el seating extendido en la mesa de la cocina, ciento veinte nombres en cartulinas de nueve por cinco.
Quique entró a las diez y veinte, de turno de tarde, con la camiseta pegada a la espalda y esa cara de haber pasado siete horas explicándole a la gente por qué hay que esperar.
— ¿Has cenado? — dijo.
— No.
— Bien. Yo tampoco. Vamos a cenar helado, que es lo único que se puede masticar hoy.
Cenamos helado de pie en la cocina, él apoyado en la encimera, yo sentado en el taburete, con el aire acondicionado puesto a veintitrés y trabajando como un bombero. Y luego saqué la libreta, porque quedaban ocho días para la despedida de Aleix y había que repasar.
Se lo sabía entero. El concierto, la horchatería, el podenco, la distribuidora, todo de memoria, y lo único que fallamos fue cuál era la horchatería, porque eso no está en la ficha y Ximo es de los que preguntan cuál.
— Pon una de Alboraia — dijo, con la cuchara a medio camino —. Y por eso no bebo en las bodas, porque bebo todo el año.
— Eso último no está.
— Eso último lo he improvisado ahora y es buenísimo.
— Lo apunto — dije, y lo apunté, y él se rio con la boca llena.
Aquella libreta tenía ya once páginas de un hombre que no existe, escritas con mi letra, y en el margen de la ocho había una anotación de julio que decía, sin más, que no se sienta nunca, y que en su momento me pareció un dato operativo.
Los nueve días desde la playa habían tenido una cosa rara y muy incómoda: éramos amables.
Nos preguntábamos por el día. Él me dejaba el café hecho en el termo antes de irse a las siete y yo le dejaba la persiana bajada por el lado del sol.
Nos rozábamos en un pasillo de ochenta centímetros doce veces al día y los dos pedíamos perdón las doce veces, con una educación de rehenes, y luego cada uno se iba a su habitación a hacer como que dormía.
Si alguien me pregunta a mí qué es la tensión sexual, yo no digo miradas ni digo música: digo dos hombres adultos diciéndose perdona en un pasillo durante nueve días seguidos.
La luz se fue a las doce menos veinte.
No fue solo la casa. Se fue la escalera, se fue el portal y se fue el edificio de enfrente, y desde el balcón se veía media manzana a oscuras y la otra media con las farolas encendidas, que es la parte que da rabia.
El aire acondicionado se paró con un suspiro de aparato viejo y en cuatro minutos el piso ya empezaba a subir de temperatura.
En la escalera se oyó una puerta y luego la voz de Chelo, del segundo, amplificada por el hueco.
— ¡Se ha ido la luz!
— ¡Ya lo vemos, Chelo! — gritó Quique desde el rellano, con la linterna del móvil.
— ¡Es del barrio entero!
— ¡Voy a llamar!
— ¡No llames, que ya he llamado yo y dicen que hasta las dos!
— ¡Gracias, Chelo!
— ¡Y dile al del bajo que baje la persiana, que se le va a meter todo el calor!
Quique volvió a entrar, cerró la puerta y se quedó apoyado en ella con la linterna del móvil apuntando al techo, y en aquel salón la luz de abajo arriba le puso una cara de estatua de iglesia de pueblo que no le pega nada.
— Que bajes la persiana.
— No vivo ahí.
— Eso díselo tú.
Abrimos las dos hojas del balcón de par en par y trajimos el aire de la calle, caliente, pero aire.
Puse el ventilador de cara a nosotros. No dio nada, evidentemente, porque un ventilador sin corriente da todavía menos que un ventilador con corriente y tres palas, pero lo puse igual, y ese gesto le hizo mucha gracia a Quique, que se sentó en el suelo del salón con la espalda contra el sofá y las piernas estiradas.
— Te has sentado — dije.
— Es el suelo. El suelo no cuenta.
Me senté a su lado. Un metro. Luego medio.
La ciudad, sin aire acondicionado y sin frigoríficos, hace un ruido distinto: se oye el mar de la circunvalación y se oye una tele a pilas en el segundo.
Estuvimos así un buen rato, con dos botellines de agua sudando en el suelo, hablando en voz baja aunque no había nadie a quien no molestar.
— ¿Sabes lo que pasa con esto? — dijo Quique.
— ¿Con qué?
— Con lo de ahora. Que no hay nadie mirando.
— Ya.
— Lo del veinte de julio había dieciséis personas y una paella.
— Y aplaudieron.
— Aplaudió mi tía Amparo la primera, que es la que menos se lo creía. — Giró la cara hacia mí en la oscuridad —. ¿Tú te acuerdas de aquello?
— Me acuerdo de aquello todos los días desde aquello.
Y eso, sinceramente, no lo tenía preparado, y me salió con la voz de alguien que lleva veintiséis días guardándolo en un bolsillo.
Quique no dijo nada. Se acercó y me puso una mano en la mandíbula, con esa manera suya de tocar a la gente que tiene once años de oficio detrás y ni un gramo de duda, y yo le puse la mía en la muñeca y no para pararle.
— ¿Sí? — dijo.
— Llevo desde el veinte de julio.
Nos besamos con el balcón abierto y con toda la manzana a oscuras, y esta vez no aplaudió nadie, y fue exactamente por eso por lo que se me fue el suelo.
En Alfarra yo sabía qué estaba haciendo.
Aquí no sabía nada. Le quité la camiseta y él me quitó la mía y las dos acabaron en algún sitio del salón que no encontramos hasta el domingo.
— Estás empapado — dije.
— Estamos a treinta y uno.
— Ya, pero es que estás empapado.
— Marc, cállate.
— Te lo digo como observación técnica.
— Cállate un rato, por favor.
Me callé un rato.
La linterna seguía en el suelo, boca arriba, y un techo de gotelé devuelve una luz difusa y sin dirección, la luz con la que se dibuja cuando no quieres que las sombras te resuelvan el trabajo.
Con esa luz un cuerpo deja de tener contorno y pasa a tener volumen.
Llevo nueve años dibujando a gente que no existe a partir de fotos de gente que tampoco, y aquella noche tenía a medio metro, apoyado en un brazo, el hombro de un hombre de metro ochenta y cuatro sosteniendo su propio peso, con la clavícula haciendo una línea que baja y a mitad de camino cambia de idea.
Los antebrazos son de once años levantando gente del suelo.
Las manos yo nunca he sabido dibujarlas: pido referencias, calco, hago trampas, las escondo dentro de un bolsillo.
Y aquella noche tuve las de Quique Sanchis encima durante dos horas y no aprendí nada, porque no se puede mirar una cosa y estar debajo de ella al mismo tiempo.
Empezó por el cuello, y no fue un gesto de cama. Fue un gesto de trabajo: índice y corazón en el hueco de debajo de la mandíbula, apoyados, quietos.
— ¿Qué haces?
— Nada.
— Quique.
— Ciento veintiséis — dijo, y me besó justo en ese sitio —. Perdona. Lo hago sin querer.
— ¿Ciento veintiséis es mucho?
— Para un tío tumbado en el suelo de un salón, sí.
— Estamos a treinta y un grados.
— No es por el calor.
Y bajó la mano por el esternón despacio, con la palma entera y no con la punta de los dedos, y se paró donde yo habría preferido que no se parase, y esperó.
— Dime lo que quieres.
— No hace falta que...
— Marc.
— Perdona. Costumbre.
— Esa frase aquí dentro no. — Tenía la boca contra mi hombro y la mitad de lo que dijo lo entendí por vibración —. Llevo dos meses oyéndotela. Pídeme una cosa.
Y se la pedí. En voz baja, con los ojos cerrados y con la vergüenza de un hombre de treinta y un años que se oye a sí mismo pedir algo por primera vez desde que tiene uso de razón.
— Otra vez.
— Que ya lo he dicho.
— Ya lo sé. Otra vez.
Lo dije otra vez y más alto, y Quique no lo celebró ni me puso ninguna medalla por haberlo dicho. Hizo lo que le había pedido. Y por eso al rato volví a pedir, y a la tercera ya me salió sin ensayarlo, con el mismo tono con el que se pide la sal.
Nos chocamos las rodillas dos veces y la frente una, porque en aquel salón hay dos metros de suelo libre y nosotros ocupábamos tres.
— Perdona — dijo.
— No.
— Es que me sale solo.
— Nueve días, Quique. Nueve días diciéndonos perdona en un pasillo de ochenta centímetros. Se acabó.
— Hecho.
Pasamos del suelo al sofá y del sofá otra vez al suelo, porque el sofá gris de tres plazas de aquella casa está diseñado por alguien que odia a la humanidad, y en el trayecto Quique se llevó por delante el seating entero, las ciento veinte cartulinas que yo había bajado al parqué a las once, y detrás el bote de los rotuladores rodando hasta la pata de la tele.
Ninguno de los dos hizo el menor amago de recogerlas.
Dos metros más allá le di al ventilador con el pie.
Se vino abajo entero, con las tres palas, y golpeó el parqué con un estruendo de chatarra que se tuvo que oír en el segundo.
Nos quedamos los dos quietos en el suelo, con la respiración de haber corrido sin correr, escuchando el hueco de la escalera por si a Chelo del segundo le daba por abrir la puerta y preguntar qué había pasado. Con dos décimas más de ruido lo hace.
— ¿Se ha roto? — susurró Quique.
— No se puede romper. Ya está roto.
— Es un modelo de tres palas.
— Quique, te juro por mi madre que como sigas defendiendo ese ventilador me visto y me voy.
Y se rio. Se rio con la cara pegada a mi cuello, todo el cuerpo temblándole encima del mío, y hay una cosa muy rara que pasa cuando alguien se ríe encima de ti mientras te está tocando, y es que ya no puedes volver atrás nunca.
Yo también me reí. Nos reímos los dos como dos imbéciles en el suelo de un salón a oscuras a treinta y un grados, y luego dejamos de reírnos, y lo que vino después no tuvo ninguna gracia y fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
Le besé el antebrazo, encima de la golondrina del ala torcida.
Le besé la cicatriz de la rodilla, la de los catorce años y una bici, la que me enseñó en la playa como quien enseña un carné.
Le mordí el hombro izquierdo y eso no lo decidí yo, y a la mañana siguiente todavía se le veía la marca.
Le tuve la mano encima de la boca por Chelo y por el hueco de la escalera, y él me mordió la palma y luego me la apartó justo cuando peor me venía, y encima se rio.
Quique tenía las manos frías. Fue lo único frío que hubo en aquella casa aquella noche, y no dio por hecho ni una sola cosa que no me hubiera preguntado antes, con esa voz baja y ronca de las tres de la mañana aunque fueran las doce y media.
En algún momento se paró del todo, apoyado en los dos brazos, a un palmo de mi cara.
— Espera. ¿Vamos bien?
— Vamos muy bien.
— Es que no te veo la cara y me falta información.
— Eso es lo más de enfermero que has dicho en tu vida.
— Es lo que hay. Pues dímelo tú.
Y se lo dije. Sin bajar la voz y sin adornarlo: lo que quería, cómo lo quería y desde cuándo, con fecha, porque yo las fechas las tengo todas. En aquella casa había once páginas escritas sobre un hombre que no existe y ni una sola línea sobre nada de aquello.
Quique se quedó tan quieto que oí pasar un ciclomotor entero por Emilio Baró.
Después ya no fue cuidadoso, y no me hizo ninguna falta que lo fuera. Le busqué el pulso yo a él, con la boca, en el mismo sitio donde él me lo había buscado a mí media hora antes, y como a mí nadie me ha enseñado a contar me quedé solo con que iba deprisa.
A la una menos veinte, con él encima de mí y con la ciudad todavía a oscuras, empezó a sonar el móvil de Quique, el que llevaba dos horas haciendo de lámpara en el suelo. No un tono de llamada. Ese pitido corto y feliz de un audio entrando. Y luego otro. Y luego otro.
— No — dijo Quique.
— Es tu madre.
— No lo es.
— Son las once y media en su casa y son tres audios, es tu madre.
Se estiró, alargó el brazo y cogió el móvil por reflejo de enfermero que coge todo lo que suena, y en el mismo movimiento le dio a algo, porque el altavoz se encendió y en aquel salón, a oscuras, encima de dos hombres desnudos en el suelo, se oyó a Pepa Poveda con toda su potencia:
— ¡Nene! ¿Estás? Nene, que me ha dicho tu tía que el veintitrés vais a lo de los karts, que le digas a Rafa que si le viene bien el domingo comemos aquí, que hago fideuà, pero decídmelo antes del jueves. ¿Y Trufa qué tal, del ojo?
Quique dejó caer la frente en mi hombro.
— Trufa no tiene ojo — dijo, con la voz de un hombre acabado.
— Trufa no tiene nada. Trufa es un concepto.
— Es que le dije en junio que le había salido una cosa en el ojo para no ir a comer un domingo.
— ¿Y por qué le hiciste eso a Trufa?
— ¡Porque no quería ir a comer!
Y volvimos a reírnos, y esa vez tardamos mucho más en parar, y en algún momento entre risa y risa volvió la luz de golpe en todo el barrio: se encendió la lámpara del techo, se encendió la tele del segundo, se puso en marcha el frigorífico y el aire acondicionado arrancó con un rugido de avión despegando, con nosotros dos en el suelo del salón en el estado en el que estábamos.
— Hostia — dijo Quique, tapándose los ojos con el brazo.
Alargué la mano por encima de su hombro, encontré el interruptor de la pared a la primera y devolví el salón a la oscuridad de golpe.
— Ya está. Otra vez a oscuras.
— Tú y yo funcionamos mejor sin luz.
— Eso es lo más triste que me han dicho estando desnudo.
— Ven aquí, pesado.
Terminamos en su cama, que es donde yo dormía desde julio y donde él no había entrado ni una sola vez conmigo dentro, y fue lento y torpe y bueno.
Se nos enganchó una sábana en un pie y la arrastramos media habitación sin enterarnos.
Quique tuvo que levantarse a media faena a por una cosa del baño y volvió corriendo de puntillas por el parqué caliente, y yo, que llevo toda la vida creyéndome que estas cosas hay que hacerlas bien, descubrí aquella noche que hacerlas mal y a oscuras y muertos de risa es infinitamente mejor.
Y en algún momento, con la boca pegada a mi oreja, me dijo mi nombre en voz alta. El mío. Sin el otro delante.
Eso me hizo más que todo lo demás.
Después nos quedamos boca arriba, sin tocarnos, con el aire acondicionado a toda potencia y las sábanas hechas un desastre.
Por la ventana entraba la luz naranja de la farola de la esquina.
Estiré el brazo hasta el suelo, encontré el pantalón, y del bolsillo de atrás saqué la libreta negra y el rotulador.
Le quité el capuchón con los dientes.
Quique giró la cabeza en la almohada y me miró hacer.
— Esto no estaba en la ficha — dije.
— Pues apúntalo.
Me quedé con la libreta abierta encima del pecho y el rotulador en el aire, en la página once, debajo de la última línea escrita, durante bastante rato.
Luego le puse el capuchón, cerré la libreta y la dejé en el suelo, boca abajo.