Que parezca de verdad Quique
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Quique

La noche del martes al miércoles fue de las tranquilas.

En agosto pasa una vez cada quince días y siempre te pilla sin saber qué hacer con las manos.

Dos cólicos. Un chaval de veintidós con una crisis de ansiedad que se creía que se moría.

Un dedo pillado con una puerta. Y una señora de Alboraia que se cayó de la cama sin romperse nada y con muchas ganas de contarme lo de su nieto.

A las cinco y media ya estábamos revisando carros y poniendo etiquetas.

Que es lo que hacemos cuando no hay nada que hacer.

A las seis menos cuarto Bernabé pasó por delante del control. Se paró y dijo:

— Sanchis, vete.

— Falta hora y cuarto.

— Me debes catorce horas de julio y yo te debo veintiséis. Vete.

— Es que si me voy me van a echar de menos.

— Nadie te va a echar de menos. Vete.

Bernabé no sonríe nunca del todo, pero lo dijo sin levantar la vista del ordenador y con media boca torcida hacia un lado, y esa media boca, en una mujer que lleva veinte años en Urgencias y que no le ha dado los buenos días a nadie desde la pandemia, es un abrazo de los largos.

Salí a las seis y cinco. Blasco Ibáñez a esa hora tiene un color raro, entre azul y gris sucio.

Todavía no huele a coches. Huele a manguera y a pan.

Y en el semáforo de siempre tuve el debate que llevaba seis días teniendo, el mismo debate de imbécil: subes al tercero, te duchas, duermes hasta las dos y sigues siendo el tío que le dijo a un hombre que le había hecho la cena que aquello era un trato.

Llegué al portal a las seis y cuarto y no subí. No subí.

Me quedé de pie delante de la puerta del bajo izquierda con la mochila colgando de una mano y el casco en la otra, y estuve así lo que se tarda en contar hasta cincuenta.

Por debajo de la puerta salía luz. A las seis y cuarto de la mañana.

Ese tío llevaba seis días sin dormir igual que yo, cada uno en su planta, cada uno con su ventilador y con su aire acondicionado, y ninguno de los dos había hecho nada al respecto excepto mandar cuatro palabras sobre un arroz.

Seis días dan para mucho. Dan para escribir un mensaje de once líneas, borrarlo, escribir otro de cuatro, borrarlo, y acabar mandando cuatro palabras sobre un arroz, que es justo lo que manda un cobarde con formación sanitaria.

Dan para lavar las sábanas de tu propio cuarto, hacer la cama con las esquinas metidas y no volver a abrir esa puerta, y dan, sobre todo, para descubrir que una casa que lleva siete años pareciendo un alquiler de paso puede quedarse vacía de verdad en cuanto se te va alguien que solo llevaba nueve días dentro.

Llamé.

Abrió a los cuatro segundos. Que es muy rápido para las seis y cuarto. Camiseta de tirantes decolorada, el pelo de un lado hacia arriba, tinta azul en el canto de la mano derecha y unas ojeras que ya no eran ojeras. Eran obra pública.

— ¿Qué pasa? — dijo Marc.

— Nada.

— Son las seis y cuarto.

— Ya.

— ¿Te ha pasado algo en el turno?

— No. — Me pasé la mano por la nuca —. Ponte algo. Nos vamos.

— ¿Adónde?

— Ponte algo, Marc.

Y aquí es donde uno se lleva la sorpresa de su vida con la gente, porque Marc Adell, que discute todo, que pone tres versiones de cualquier cosa antes de decidir, que necesita media hora para aceptar un vaso de agua, me miró tres segundos, cogió una camiseta del respaldo de la silla y cerró la puerta detrás de él sin preguntar adónde, que es una cosa que no me había hecho nadie nunca.

Cogimos el tranvía en Benimaclet a las seis y media.

Fue uno de los primeros, e íbamos cuatro en todo el vagón: nosotros, una mujer con uniforme de limpieza que se durmió en dos paradas, y un hombre mayor con un cubo y una caña.

Valencia a esa hora, vista desde el 4, es una ciudad que todavía no ha decidido si va a levantarse.

Miradla un día. Persianas bajadas. Riegos.

Un tío regando la acera de su bar con una manguera.

Y ese cielo de agosto que empieza a ponerse naranja por abajo mientras arriba sigue siendo de noche.

— ¿Vamos a la playa? — dijo Marc.

— Veinte minutos.

— Es que no llevo nada.

— No hace falta nada.

— Eso lo digo yo — dijo —. Es mío. No me lo cojas.

Me reí con la frente apoyada en la barra, y creo que fue la primera vez en seis días que me salió la risa de algún sitio verdadero, y él se quedó mirando por la ventanilla con esa cara suya de no haber dicho nada.

— Lo del otro día — dije.

— No hace falta.

— Es que sí hace falta.

— Quique.

— Te dije una cosa muy fea a las ocho de la mañana con un arroz al horno delante y ya está.

Marc se giró despacio.

— Otra vez.

— ¿Otra vez qué?

— Nada.

Y nada, bajamos en Doctor Lluch a las siete menos diez.

Hicimos los cuatro minutos hasta la arena sin hablar.

La Malvarrosa a esa hora es de otra gente: dos que corren por la orilla, un señor con un detector de metales haciendo eses, una pareja de sesenta y tantos con las sillas ya plantadas y el termo, y nadie más en dos kilómetros, y el mar estaba plano como una mesa y venía ese aire de las siete de la mañana de agosto que no lo vende nadie y que es lo único gratis que le queda a esta ciudad.

Nos sentamos en la arena, a diez metros del agua, y el sol salió a las siete y diez por detrás de una barca fondeada, y tardó menos de lo que uno se cree: pasa de no estar a estar en cuatro minutos y deja una raya naranja encima del agua que obliga a entrecerrar los ojos.

— Te leí el libro — dije.

Marc no se movió ni un centímetro, y en un tío que de por sí se mueve poco eso ya es una respuesta: se quedó con los antebrazos apoyados en las rodillas y la vista clavada en la raya naranja del agua, como si le acabaran de dar una hora y tuviera que llegar a algún sitio.

— ¿Qué libro?

— El de la caja. El de debajo de la cama.

Lo subiste con las cuatro cosas y una noche que dormías tú y yo no, lo abrí y me lo leí entero.

— Cogí un puñado de arena y lo dejé caer —.

Casi todo el mundo. El niño que dibuja a todos los vecinos del edificio y al final se dibuja a sí mismo en el rellano y no le sale.

Pasaron cuatro o cinco segundos de esos que en una playa vacía duran más de lo que marcan los relojes, porque no hay nada que los tape: ni un coche, ni la conversación de la mesa de al lado, ni una puerta. Solo el agua entrando y saliendo dos veces.

— Eso no se hace — dijo.

— Ya lo sé.

— Es de hace nueve años.

— Es lo mejor que he tenido en las manos en mi vida y yo he tenido en las manos a mucha gente. — Me giré hacia él —. ¿Qué pasó con el segundo?

Y ahí, por primera vez desde el dos de julio, Marc Adell me contó una cosa.

Sin que se la sacara nadie con pinzas. Tres editoriales en cinco meses, una detrás de otra.

Ninguna le puso mala cara, ninguna le dijo que fuera malo, ninguna le explicó nada: cartas correctas, amables, con la palabra actualmente dentro.

Metió el segundo en una caja, se puso a hacer encargos, y a los cuatro meses ya estaba haciendo carteles para una cadena de gimnasios y le pareció bien.

— Y desde entonces no he vuelto a mandar nada a nadie — dijo —. Y no me da pena, que conste. La gente se cree que esto es una tragedia y no lo es. Lo mío no valía. Menos mal que me enteré a los veinticuatro y no a los cuarenta.

— Eso es lo más triste que le he oído decir a nadie en una playa.

— Es lo más práctico.

— Marc.

— ¿Qué?

— Que eso es mentira y lo sabes tú y lo sé yo desde la página seis.

Se quedó callado un rato largo. Mirando la raya naranja, con los codos en las rodillas.

Después se quitó las gafas de ver de cerca, que no lleva casi nunca y que llevaba aquella mañana porque venía de trabajar, y las limpió con el borde de la camiseta durante mucho más tiempo del que necesitaba una gafa.

— ¿Y tú? — dijo.

— ¿Yo qué?

— Tú también tienes una caja debajo de una cama. Se te nota.

Le conté Alfarra entero, que a Berto se lo había contado en cuatro frases y en un descanso: la rehabilitación en Llíria los martes y los jueves, la medicación de las ocho y la de las diez, el año que no salí un solo fin de semana porque mi padre no se veía capaz de quedarse solo con ella y no lo dijo nunca con esas palabras ni con ninguna otra.

Le conté que Neus estaba estudiando fuera y que hizo bien.

Y le conté lo único que no le he contado a Berto en once años.

— El día que me fui a Valencia, con veintiocho, mi madre me dio las gracias.

— ¿Y?

— Que a mí me habría ido mucho mejor si me hubiera dicho quédate, y me habría podido enfadar, y me habría podido ir dando un portazo como se va la gente normal.

Pero me dio las gracias. — Tiré una piedra que no llegó ni a la mitad —.

Cuando alguien te da las gracias, no hay factura que reclamar.

Solo hay una factura que ya has pagado tú y que no vas a poder cobrarle a nadie nunca.

Marc no dijo pobrecito. No dijo qué fuerte. No dijo nada de eso. Se quedó mirando el agua, y a los diez segundos dijo:

— Por eso no te sientas en tu casa.

Y hay gente que te lee un informe entero y no te entiende, y hay gente que te mira los pies.

Me levanté. Fui hasta la orilla y me senté en la arena mojada.

Y entonces hice una cosa que no había hecho delante de nadie en once años: me desaté las zapatillas, las de trabajo, las blancas de suela gorda que llevo puestas también los domingos, también en Nochebuena, también en la boda de mi prima.

Las dejé de pie en la arena, con los calcetines dentro, muy ordenadas.

Como si fueran a hacer falta en cualquier momento.

Y me metí en el agua vestido.

— Estás loco — dijo Marc desde la arena.

— Está a veintiséis grados, esto es una sopa.

— Llevas el pantalón del uniforme.

— Llevo el pantalón del uniforme.

— Te vas a subir al tranvía mojado.

— Marc.

— ¿Qué?

— Pídeme una cosa.

Se quedó de pie en la orilla con el agua por los tobillos. La camiseta arrugada de haberla cogido del respaldo de una silla. Y esa cara suya de estar resolviendo una ecuación que además tiene letras.

— ¿Cómo?

— Una cosa. La que sea. Cualquier cosa. Llevo seis días pensando en cómo se pide perdón y no sé, y lo único que se me ha ocurrido es esto: pídeme tú una cosa a mí y yo te la hago.

— No se me ocurre nada.

— Ya. — El agua me llegaba por la cintura —. A mí tampoco. Nunca. Ese es exactamente mi problema, y hasta que no te vi a ti hacer la misma cara que hago yo no lo había visto en mi vida.

Marc dio dos pasos y se metió hasta las rodillas, con los pantalones remangados hasta media pierna y una dignidad que se le cayó al cuarto paso, cuando le vino la única ola de la mañana y le llegó al cinturón.

— Collons — dijo él, que no lo dice nunca, y ahí ya me tuve que meter debajo del agua para reírme sin que se me viera.

Salí a la superficie escupiendo agua salada. Me aparté el pelo de la frente y me puse a un metro de él, con el agua por el pecho y el uniforme pegado al cuerpo como una segunda piel de tela verde, que es una imagen que no os recomiendo.

— Empiezo yo — dije —. Te pido una cosa. Vuelve a subir.

— Quique.

— No por el trato. El trato me da igual, el trato lo podemos hacer por teléfono y sale igual de bien. — Me pasé la mano por la cara para quitarme el pelo mojado —. Sube porque desde el jueves mi casa suena distinta y no me gusta cómo suena.

Marc miró el agua un rato. Luego giró la cabeza hacia la arena seca, hacia mis zapatillas blancas de suela gorda plantadas allí en fila, muy juntas, con los calcetines metidos dentro y las lengüetas levantadas, esperando como esperan las cosas que uno se va a poner en cuanto suene algo, y volvió a mirarme a mí, y en esa mirada iba todo lo que aquel tío no dice nunca.

— ¿Eso es una petición o es una receta?

— Es lo más parecido a pedir que he hecho en diez años, y me está costando un huevo, así que contéstame antes de que me acobarde.

— Subo — dijo.

Y no dijo nada más, y no hacía falta nada más.

Volvimos en el tranvía de las nueve menos veinte, empapados los dos, dejando dos cercos oscuros en el asiento de plástico, con las zapatillas en la mano y una señora enfrente que nos miró de arriba abajo y decidió sonreír, y en aquel vagón a las nueve menos veinte eso ya era mucho.

Veinticinco minutos hasta Benimaclet. A mitad de camino, Marc se quedó dormido.

Apoyó la cabeza en el cristal.

En el cristal, que estaba frío y que temblaba en cada junta de la vía, y no en mi hombro, que estaba a nueve centímetros.

Todavía no.