Marc
El viernes me levanté a las seis y diez porque a las seis y diez ya no se puede seguir en la cama, y me puse a trabajar en la mesa de caballetes con la persiana subida y la ventana abierta al patio de luces, cosa que en agosto no sirve absolutamente para nada.
A las siete había terminado las minutas.
A las ocho tenía el seating montado en tres versiones.
Cuando no quiero pensar en una cosa no salgo a andar ni llamo a nadie: hago tres versiones de algo.
En la pantalla del móvil, apoyado contra el bote de los pinceles, seguía el mensaje del jueves por la mañana, cuatro palabras.
El arroz estaba bueno.
No lo había contestado. Tampoco lo había borrado, que es la manera cobarde de contestar que se ha inventado nuestra generación.
A las nueve y cuarto bajé la persiana, cogí la carpeta y me fui andando a El Corralet, cuatro minutos calle Utiel abajo con la sombra pegada a la fachada de la izquierda.
Dentro hacía dos grados menos que en la calle y eso, aquella semana, era una noticia de portada.
Yaiza estaba en su mesa con el flexo encendido, dibujando una carpa que llevaba tres días negociando a la baja, porque la clienta quería una carpa y quería que la carpa cupiera en una cuartilla.
— Buenos días, cadáver — dijo.
— Buenos días.
— ¿Has dormido?
— He avanzado mucho.
— Es que eso no contesta a lo que te he preguntado.
Puse la carpeta en mi mesa, saqué las pruebas y las fui poniendo en fila contra la pared, que es como las miro yo, de pie y a dos metros, porque de cerca todo el mundo dibuja bien.
Neus me había escrito a las siete y media para decirme que la torcida le seguía gustando por la mañana, y que si podíamos ver las minutas el martes.
Le contesté que sí en once segundos. A Quique no le había contestado en treinta y dos horas.
Uno no elige a quién le contesta rápido; uno elige a quién no.
— ¿Ya no duermes arriba? — dijo Yaiza sin levantar la cabeza de la carpa.
— No.
— ¿Y eso?
— Hacía frío.
— Marc, estamos a treinta y seis.
— Por eso.
Levantó el flexo, lo giró y me apuntó a la cara con él, como si fuera un interrogatorio de comisaría de los años setenta, y se quedó así hasta que me reí y le aparté la lámpara con dos dedos. Es la única persona que me saca la risa cuando no la tengo, y lo hace siempre con material barato.
La norma no escrita de El Corralet es que cada uno se ocupa de sus movidas y que si alguien pone la cabeza encima de la mesa a media tarde, nadie pregunta. Por eso pago los noventa euros el día uno desde hace cuatro años.
— Por cierto — dijo Yaiza —. Dile a tu enfermero que le arreglo el ala.
— No le llames mi enfermero.
— Es que tiene una golondrina en el antebrazo con un ala torcida hacia arriba. Eso no es una golondrina, eso es un accidente aéreo. En hora y media se lo dejo volando.
— Se lo diré.
— ¿Cuándo?
— Cuando hablemos.
— Ah — dijo, y volvió a la carpa sin más comentarios. Así es como te deja Yaiza una piedra en el zapato para el resto del día.
A las doce le entró el correo del ayuntamiento y lo leyó de pie, con el móvil a un palmo de la cara y sin sentarse.
— Requerimiento — dijo —. Que aporte plano acotado del local y alzado del rótulo a escala. Y que la puerta tiene ochenta y cinco centímetros y tienen que ser noventa.
— ¿Y eso qué quiere decir?
— Que me como los cinco centímetros con obra o me busco otro sitio. — Dejó el móvil boca abajo encima de la carpa —. Ochenta y siete días para decirme lo de la puerta.
Volvió a su silla. Yo tenía que haberle preguntado alguna cosa más y no le pregunté ninguna.
A la una llamó Dídac. Dídac llama siempre a la una, cuando ya sabe que has comido a las dos y todavía no has empezado a hacer nada de la tarde, y llama con un tono de estar a punto de irse de vacaciones aunque sea febrero.
— ¡Marc! ¿Estás por el barrio? Vente al estudio esta tarde, que te quiero enseñar una cosa. Y te doy lo de junio.
— ¿Lo de junio entero?
— Lo de junio.
Yaiza tenía que ir al Cabanyal a por agujas y tinta, así que cogimos el tranvía juntos en Benimaclet a las cuatro y media, mirando por la ventanilla ese trozo de ciudad que va cambiando de altura poco a poco hasta que aparecen las casas bajas de colores y el olor a mar por debajo de todo.
El Estudi Rovira está en un bajo enorme con la persiana pintada de azul cobalto y una mesa de reuniones que es una puerta antigua sobre dos caballetes, porque hay una generación entera de estudios que ha decidido que el mobiliario tiene que parecer encontrado.
Dídac me abrazó nada más entrar. Dídac abraza. Es un tío grande, de treinta y ocho, con camisa de lino arrugada y unas gafas que le costaron más que mi mesa, y tiene la virtud, que no es pequeña, de alegrarse de verdad cuando te ve.
— Ven, ven, ven. Siéntate. ¿Agua? Hay agua con gas.
— No hace falta.
— Siéntate ahí, que esto lo tienes que ver en la pantalla grande.
Puso el mural. La foto buena, la que hizo el fotógrafo que él contrata para todo, tomada desde la acera de enfrente a las ocho de la tarde de un día de julio, con la luz entrando de lado y la pared echando ese calor naranja que solo tienen las medianeras al final del día.
— Cuarenta y un mil — dijo Dídac.
— ¿Cuarenta y un mil qué?
— Personas. Es lo mejor que ha hecho el estudio este año, Marc, y te lo digo con el corazón en la mano.
Lo he mandado a los premios de gráfica. Nos ha entrado un cliente de Alicante por esa pared.
— Fue pasando fotos del proceso, y en dos de ellas se veía un andamio, y en el andamio una espalda, y la espalda era la mía —.
Y mira, mira lo que te digo yo siempre: lo del equipo es lo bonito. Esto lo hemos hecho entre todos.
— Ya.
— Aquí nadie es una estrella.
— Ya.
Yo esa pared la empecé en enero, en papel, con una idea que no le conté a nadie: pintar a la gente del barrio de espaldas, como se ve a la gente de verdad cuando espera algo, y poner una sola cara mirando al frente.
La cara la robé un martes de marzo en la escalera, subiendo con la compra, mientras una señora del segundo regaba las macetas del rellano del primero, que no son suyas, con una regadera de plástico verde.
No se lo dije al estudio. No se lo dije a ella.
Cinco meses de bocetos, un mes y medio de andamio, tres domingos enteros y una insolación de las de acabar vomitando en el patio de luces.
Abajo a la derecha, en la pared de ocho metros, ponía Estudi Rovira.
Yaiza, que se había quedado de pie con la bolsa de las agujas colgando de la muñeca, dijo:
— ¿Y de quién es la espalda?
Dídac se giró en la silla, encantado.
— ¡Suya! Esa es la suya. Ese es Marc a las siete de la mañana. Yo le decía que se pusiera gorra y no había manera.
— Digo la firma.
Hubo un segundo. Uno solo, y no incómodo, porque Dídac no se pone incómodo, porque Dídac tiene el aparato de la incomodidad averiado desde hace años y esa es exactamente la razón de que sea tan difícil enfadarse con él.
— La firma es del estudio, claro. Es lo normal. — Lo dijo con una sonrisa abierta, mirándome a mí, buscando el asentimiento de siempre —. En una agencia nadie firma. Los que firman son los que van solos, y los que van solos comen una vez al día.
— Pues qué suerte tenemos — dijo Yaiza.
— ¡Es que la tenéis! — Y no había ni una gota de veneno; ese es el problema; el veneno lo pondría yo si quisiera, pero él no lo pone —. Marc, oye, y otra cosa. En septiembre te quiero contar una cosa. Una cosa buena. No te digo más porque no está firmada.
— Poco te dura a ti la palabra firmada — dijo Yaiza.
— Marc, tu amiga me tiene manía.
— Un poco — dije.
Nos pagó cuatrocientos noventa, la mitad de lo que quedaba de junio y, en su cabeza, junio entero.
Me hizo el gesto de la transferencia con el móvil delante y me abrazó otra vez en la puerta, y me dijo dos veces que descansara, que se me veía cansado, y era verdad.
Salimos a la calle a las seis y media y el Cabanyal olía a sal y a cañizo caliente y había cuatro críos jugando a algo con una pelota que ya no era redonda.
Yaiza anduvo media calle sin decir nada. Luego dijo:
— Sabes que esa pared es tuya.
— Esa pared es de una comunidad de propietarios.
— No me hagas eso.
— Yaiza.
— No me hagas la broma para salir del sitio, que te conozco.
— Se paró en medio de la acera, con la bolsa de las agujas en la mano, y no le importó nada que dos señoras tuvieran que rodearnos —.
Llevas cuatro años haciendo el mejor trabajo de ese estudio y va y lo firma un tío con gafas de setecientos euros, y tú te bajas del andamio y dices no hace falta. Cuatro años no. Nueve.
— No es lo mismo.
— Es exactamente lo mismo. — Echó a andar otra vez, más rápido —. Y ahora encima estás haciendo lo mismo con tu vida. Te ha salido una familia entera que te pone un plato en la mesa y que te dice que le gusta lo que haces y les dejas que te llamen Rafa.
Íbamos por la calle de la Reina hacia la parada. En una terraza había un señor con una radio pequeña puesta en la mesa, de esas que ya no fabrican, y sonaba un partido de pretemporada que no le importaba a nadie.
— Es un encargo — dije —. Tiene fecha de final. El catorce de septiembre se acaba.
— Ya. Igual que la pared.
— La pared no se acaba.
— La pared lleva tu mano y el nombre de otro. Y tú vas a pasar por delante de esa pared todos los días de tu vida. — Me miró de lado, sin frenar —. Cuando te llamen Rafa por última vez, ¿tú qué te crees que vas a hacer? ¿Un dibujo?
No le contesté. Me subí al tranvía y me senté al lado de la ventanilla y estuve veinte minutos mirando pasar la ciudad al revés, y en la parada de Benimaclet nos despedimos con dos besos y sin decir nada más, porque Yaiza es de las que dicen una cosa y luego no la repiten.
Pasé por delante del solar a pie. La pared estaba con esa luz naranja de las nueve menos cuarto, y abajo a la derecha, en un cuerpo de letra que se lee desde la otra acera, el nombre de un señor que estuvo allí dos tardes.
En el portal me crucé con Chelo, que bajaba con la regadera vacía y las zapatillas de estar por casa, y que se paró en el primer escalón para mirarme de arriba abajo con esa autoridad que dan setenta y un años y un rellano.
— Tú has adelgazado.
— Es el calor, Chelo.
— El calor es una excusa muy socorrida. — Siguió bajando —. Y al del tercero tampoco le veo yo buena cara esta semana.
Subí al bajo. Treinta y seis grados a las nueve de la noche, el split del salón goteando en el cubo de siempre, el aire del patio de luces quieto como si lo hubieran clavado. Encendí la luz. Y ahí estaba, en el rincón, entre la mesa de caballetes y el sofá, el ventilador blanco de tres palas.
Lo puse en el tres. Empezó a girar, con ese ruido suyo de motor honrado que trabaja para nada, y estuve un rato largo con la mano extendida a medio metro, esperando, como quien espera un tren que ya ha pasado.
No daba nada. Nunca dio nada.
Lo dejé puesto. Me senté en el suelo con la espalda contra el sofá y me quedé oyéndolo girar hasta que se me durmió el brazo.