Que parezca de verdad Quique
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Quique

A las diez de la noche del miércoles la puerta automática de Urgencias del Clínico se abría y entraba una bofetada de aire que llevaba doce horas cociéndose en el asfalto de Blasco Ibáñez, y detrás entraba media Valencia.

Llevábamos diez días de ola de calor. La sala estaba llena a las diez, y a las diez y cuarto ya había gente de pie, y todos los que estaban de pie eran hijos y nietos de los que estaban sentados, que es lo que pasa en agosto y en julio y en cualquier mes en el que la ciudad decide que no se puede respirar.

— Es que si vengo de día no está usted.

— Pues no me lo diga muy alto, que si se entera mi jefa me cambia el turno.

— ¿Y quién es su jefa?

— La que va detrás de usted con cara de mala.

La doctora Bernabé pasó por detrás. Sin girarse y sin dejar de leer una hoja.

— Sanchis.

— Doctora.

— Box 4 en cuatro minutos. Viene un golpe de calor de un almacén de Tavernes Blanques. Diecinueve años.

Y ahí se acabó la noche buena y empezó la otra, que es una cosa que en Urgencias pasa siempre igual: no hay aviso, no hay música, no se apagan las luces, y estás gastándole una broma a una señora de ochenta y dos años sobre su tensión y treinta segundos después estás preparando un box con hielo, y entre las dos cosas no hay nada, ni un pasillo, ni un respiro.

Berto dice que por eso los de Urgencias hablamos tanto: porque si te callas, te da tiempo a pensar.

El chaval llegó a las diez y veintitrés.

Se llamaba Iván, medía metro noventa, pesaba lo que pesa un chaval de diecinueve años que se cree indestructible, y llevaba desde las siete de la mañana descargando cajas en una nave donde el termómetro de la pared marcaba cuarenta y uno y donde el aire acondicionado, según nos contó luego el encargado por teléfono, estaba pedido.

Es una palabra que oigo mucho en julio, esa. Pedido. Encargado. En camino.

Cuarenta y uno con seis de temperatura. Iván no sabía en qué mes estábamos ni cómo se llamaba su madre.

Y su madre estaba a metro y medio, detrás de la cortina, oyéndolo.

Berto y yo le quitamos la ropa. Le pusimos hielo en las ingles y en las axilas, le colgamos suero frío y estuvimos dos horas metiéndole líquido y bajándole décimas como quien baja un escalón cada vez, mientras Bernabé pedía analíticas y ponía esa cara suya que no significa nada y significa todo.

A las doce y media convulsionó. A la una entró la madre, porque hay un momento en que ya no se puede tener a una madre fuera y ese momento lo decides tú, y yo lo decidí, y la senté en el taburete y le puse la mano de ella encima de la mano de él y le dije que le hablara.

— ¿Y qué le digo?

— Lo que le diría en casa.

— En casa le digo que recoja.

— Pues dígaselo.

A las familias hay que darles una tarea.

Eso no lo enseñan en ningún sitio y lo aprendes el tercer mes, viendo a un hombre de sesenta años deshacerse de pie contra una pared porque no tiene nada que hacer con las manos mientras su mujer se le va y vuelve.

Si les das una tarea, aguantan lo que haga falta.

Sujete usted esto. Háblele. Cuéntele lo del sábado.

Póngale la mano aquí y no la mueva. Y mientras la sujetan y hablan y no la mueven, están sirviendo para algo, y servir para algo es lo único que separa a una persona de venirse abajo en un pasillo.

Se lo dijo durante cuarenta minutos. Que recogiera.

Que la nevera no se cierra sola. Que el lunes tenía que ir a por el papel del instituto.

A las dos y diez, con treinta y nueve y dos, Iván abrió los ojos y le dijo a su madre que ya iba.

Bernabé estaba en la puerta con los brazos cruzados y no se le movió un músculo de la cara, pero se quedó ahí de pie mirando cuatro segundos más de los que hacían falta, y a esa mujer cuatro segundos le duran una vida.

Subió a planta a las cinco de la mañana.

No se murió nadie. Es importante decirlo.

El que no ha estado nunca ahí dentro se cree que las noches malas son las que acaban en muerto, y no.

Las noches malas son las que te tienen doce horas con el cuerpo en tensión para que al final no pase nada, y luego te vas a casa con toda esa electricidad puesta y sin ningún sitio donde soltarla.

A las cinco y veinte bajamos Berto y yo a la máquina del pasillo, que da un café malo y caliente por sesenta céntimos y que es lo más parecido que tenemos a una terapia de grupo.

A esa hora el hospital se queda con esa luz de fluorescente sin nadie debajo.

Y por el ventanal del fondo se empieza a ver Blasco Ibáñez con los primeros camiones de reparto y con dos corredores que están locos, porque a las cinco y media de julio ya hace veintiocho grados y correr eso no es salud, es una declaración de intenciones.

— Bien lo de la madre — dijo Berto.

— Ya.

— Yo me callo, pero eso a mí no me sale.

— Te sale.

— No me sale. Yo entro y le digo la verdad y la señora se me cae al suelo. Tú entras y le pones la mano encima y la señora se pone a mandarle recoger la habitación. Eso es un don.

— Eso es no saber estar callado.

Berto se apoyó en la máquina con el vaso en la mano y me miró por encima con esa cara de cotilla profesional que se le pone cuando lleva media hora buscando el hueco para meter la pregunta que trae desde el vestuario. Tardó cuatro segundos.

— ¿Y el chaval?

— ¿Qué chaval?

— El tuyo. El del bajo. El novio de tu madre.

— No lo llames así.

— Es que es el novio de tu madre. Tu madre está más ilusionada que tú. — Bebió —. ¿Sigue arriba?

— Sigue arriba.

— ¿Y?

— Y nada. Duerme en mi cuarto, porque yo hago noches y era absurdo tener una cama vacía y un tío en un sofá. Dibuja de madrugada. No habla. Es como tener un gato que sabe hacer letras.

— Quique.

— ¿Qué?

— Que llevas un mes hablando de él en todos los descansos.

Debía de ser el cansancio. O el café. O la madre del box 4 diciéndole a su hijo que recogiera. Me quedé mirando la máquina, que tiene una pegatina de un plátano de hace veinte años, y dije en voz normal, sin bajarla, una cosa que no le había dicho a nadie de allí dentro en once años.

— Yo estuve cuatro años en el pueblo cuidando a mi madre.

Berto no dijo nada, y a Berto lleva sin pasarle eso desde que le conozco, porque Berto es un tío que se anuncia diciendo que se calla y luego te cuenta hasta lo que ha desayunado tu cuñado. Se quedó con el vaso a medio camino de la boca, mirándome. Y por una vez en once años se quedó ahí.

— Del ictus. Yo tenía veinticuatro. Me fui de Valencia, me llevé los apuntes y estuve cuatro años en Alfarra sacándole la medicación, llevándola a rehabilitación a Llíria y cogiendo sustituciones a ratos.

Mi hermana estaba estudiando fuera. Mi padre se quedó callado y no se ha vuelto a levantar del todo.

— Le di un trago al café —. Y nadie me lo pidió.

Eso es lo bueno. Nunca nadie me dijo Quique quédate.

Se hizo solo. Un día estás mirando pisos en Benimaclet y al otro llevas cuatro años poniendo lavadoras en un pueblo de cuatro mil habitantes y tienes veintiocho.

— Joder, tío.

— Ya.

— ¿Y eso qué tiene que ver con el del bajo?

— Nada. — Tiré el vaso —. Y ya está.

Y nada, a las ocho menos cuarto salí, cogí la bici del aparcamiento y me hice Blasco Ibáñez arriba con el sol ya alto y con esa resaca sin alcohol que da una noche entera de pie.

Ocho minutos hasta el barrio. Nueve, porque en el semáforo de la avenida de Valladolid me paro siempre, y me paro siempre porque un compañero mío se lo saltó una vez y todavía cojea.

La cesta iba dando botes en cada junta del asfalto.

Total, que entré por Emilio Baró con el barrio a medio despertar, saludé al de la ferretería, que estaba subiendo la persiana, y al pasar por delante del solar me quedé mirando la medianera, como todos los días desde julio.

Chelo, la del segundo, sigue sin enterarse a día de hoy.

Un mes antes eso me habría parecido una tontería de artista, y aquella mañana me tuvo treinta segundos parado en la acera con la bici entre las piernas, mirando a una vecina de setenta y uno pintada en una pared por un tío que no se lo había dicho a nadie, ni a ella, ni a mí, ni a la gente que le paga.

Subí los tres pisos. Y desde el segundo ya olía.

Marc había hecho arroz al horno. En julio.

A las ocho de la mañana. Tenía la mesa de la cocina despejada por primera vez desde que había llegado, con los rotuladores recogidos en una caja de zapatos, un plato puesto, un vaso, el pan cortado y una cazuela de barro en medio con un paño encima.

Y él estaba de pie al lado de la encimera.

Con las ojeras hasta el suelo y las manos manchadas de tinta azul. Esperando.

— Buenas noches — dijo.

— Son las ocho de la mañana.

— Para ti es de noche. Llevas doce horas de pie y no has cenado. He hecho la cena.

Y ahí fue.

No tengo una explicación buena. La tengo mala, y la mala es esta: durante doce horas yo había sido el que ponía la mano encima de la mano de la gente, y en doce horas nadie me había preguntado nada a mí, y eso está bien, así es como está montado, así es como me gusta.

Y llego a mi casa a las ocho de la mañana y hay un tío que se ha levantado a las seis para poner un arroz al horno porque ha calculado a qué hora salgo yo.

Ha aprendido mis turnos. Se los ha aprendido.

— No tenías que haber hecho esto.

— Ya sé que no tenía.

— No, es que no tenías. — Dejé la mochila en el suelo —. En serio.

Marc se quedó quieto con el paño en la mano, y esa es la única vez en dos meses que le vi la cara de alguien que ha hecho un cálculo y ha calculado mal, y se le puso rígido el hombro derecho, el del rotulador, y no movió los pies ni un centímetro, porque Marc no retrocede: se queda donde está y se hace pequeño en el sitio.

— Es un arroz.

— Es que no es un arroz. — Y aquí es donde tenía que haberme callado, y donde llevo desde entonces sabiendo exactamente cuál era la frase en la que tenía que haberme callado —.

Es que tú y yo tenemos un trato. Tú haces la papelería, cobras dos mil cuatrocientos, aguantas a mi familia hasta el trece y el catorce cada uno a su casa.

Eso es lo que hay. Esto es un trato, Marc. No te confundas.

Se me quedó mirando un segundo entero, muy tranquilo. Y esa tranquilidad suya era mil veces peor que si me hubiera tirado la cazuela.

— No me he confundido — dijo.

— Marc.

— Está caliente. Cómetelo o no te lo comas.

Cogió la caja de cartón con sus cosas, se echó la mochila al hombro, entró en el cuarto y salió con las sábanas dobladas en cuatro, que las dejó encima de la cama hecha, con las esquinas metidas, exactamente como estaba todo el primer día.

Descolgó del rincón el ventilador blanco de tres palas.

Se lo puso debajo del brazo y fue hacia la puerta.

— El ventilador es mío — dije, porque llevaba doce horas sin decir una sola tontería y me salió esa, y me salió con la voz rota.

— Ya. — Se paró en el marco —. Pero a mí me da aire.

Y se fue.

Me quedé de pie en mi cocina, apoyado en la encimera, con un arroz al horno de las ocho de la mañana enfriándose delante y sin tener ni la menor idea de qué hacer con los brazos.

Doce horas antes le había dicho a una mujer de cincuenta y tantos que le hablara a su hijo de la nevera y del papel del instituto, y había funcionado, y me había ido de aquel box con esa sensación tonta de ser bueno en algo, y a los quince minutos de llegar a mi casa había cogido lo único que alguien había hecho por mí en once años y lo había tirado por la escalera envuelto en la palabra trato.

Conté los pisos. Segundo. Primero. Bajo.

No dio un portazo. Cerró despacio, con el pomo girado, para que no sonara. Y eso, collons, se oyó en toda la escalera.