Que parezca de verdad Marc
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Marc

Aleix Ferrandis llamó a la puerta del tercero el sábado a las diez menos cinco, con un portátil bajo el brazo, una carpeta de anillas y esa cara de llevar despierto desde las siete que ponen los que además consideran que eso es una virtud.

Detrás subía Neus con una caja de zapatos llena de papeles y el gesto de alguien que ya ha discutido dos veces en el coche y ha perdido las dos.

— Buenos días — dijo Aleix —. Traigo la catorce.

— ¿La catorce?

— La catorce del Excel. La trece tenía un fallo en el reparto de mesas y me sentaba dos veces a la tía Amparo.

— Eso no es un fallo — dijo Quique desde la cocina —. Eso es realismo.

Llevaba cinco días durmiendo en la cama de aquel hombre mientras aquel hombre hacía noches, y todavía no sabía estar de pie en aquella casa sin pedir permiso con la cara.

Recogí los bocetos de la mesa, los apilé por tamaños y volví a extenderlos exactamente igual.

Quique sacó cuatro vasos, puso una jarra de agua con hielo en el centro y no acercó ninguna silla para él, porque en aquella casa se sentaba todo el mundo menos el dueño.

Aleix abrió el portátil, giró la pantalla hacia nosotros como quien enseña una radiografía y esperó. En la parte de abajo había una fila de pestañas de colores que se perdía por el borde. Verde, verde, verde, amarilla, roja.

— Boda guion uve catorce guion definitivo guion final — leyó Neus en voz alta —. Cariño.

— Es descriptivo.

— Es una amenaza.

— Cada invitado tiene su pestaña — dijo Aleix, y pasó el dedo por el panel táctil.

Las pestañas empezaron a desfilar. Puri.

Ramón. Quique. Y entre Puri y Ramón, en amarillo, una que ponía Rafa.

Ahí estaba yo, ordenado alfabéticamente entre dos personas que no conocía, con un nombre que tampoco era mío.

Quique se quedó muy quieto al otro lado de la mesa, con la jarra todavía en la mano, y a mí me entraron unas ganas raras de reírme.

— ¿Yo tengo pestaña?

— Todo el mundo tiene pestaña — dijo Aleix —. Alergias, transporte, si repite postre. Eso está en la B.

— ¿Qué es la B?

— La hoja de intolerancias. — Cerró el panel de un manotazo cariñoso, como si el ordenador fuera un perro que se sube al sofá —. Al lío, que a las doce tengo al del sonido.

Saqué los bocetos. Los había hecho en cuatro noches, en aquella misma mesa, mientras Quique dormía.

O mientras no dormía. Allí no había manera de distinguirlo.

Tres líneas para la invitación, tres maneras distintas de escribir trece de septiembre en una cartulina.

Una abierta y redonda, casi de cuaderno.

Otra estrecha y seca, todo mayúsculas, muy de arquitecta.

Y la tercera dibujada a mano, con la ese de septiembre un poco caída, como si la hubiera escrito alguien a las tantas y con prisa por acabar.

Neus las miró durante bastante rato. Aleix abrió la boca dos veces y las dos veces la cerró, lo cual, viniendo de Aleix, era una forma de aplauso.

— Esta — dijo Neus, y puso el dedo en la tercera.

— Conviene verla impresa antes de decidir, que en pantalla engaña.

— Esta.

— Es la más difícil de justificar — dije —. Está torcida.

— Ya. — Levantó la cartulina y la puso a contraluz, contra la ventana del balcón —. Está torcida como estaremos nosotros a las tres de la mañana. Esta.

Y luego, sin apartar los ojos del papel, dijo lo otro.

— Esto lo has hecho tú.

— Sí.

— Pues es muy bonito.

En nueve años he oído a mucha gente decir que algo estaba bien.

Casi siempre en una reunión, delante de una pantalla y en plural, y ese plural incluía a doce personas de las que once no habían tocado el archivo.

Que alguien lo dijera así, en voz baja, en una cocina y con el papel en la mano, me pilló sin nada preparado.

Me metí las manos en los bolsillos, encontré el rotulador y estuve un rato quitándole y poniéndole el capuchón.

— ¿Estás bien? — dijo Quique.

— Sí.

— Tienes cara de que te ha dado algo.

— Es el calor.

— Ya. El calor.

Trabajamos hasta la una y pico. Minutas, seating, el mural del photocall, que Aleix quería con un código para que la gente lo escaneara y le saliera el menú, idea que Neus vetó con dos palabras y sin levantar la voz.

Yo dibujaba y ellos hablaban por encima de mí como se habla por encima de alguien de la familia, sin bajar el tono, sin ese cuidado que se tiene con los invitados.

Neus me quitó el lápiz dos veces para señalar una cosa y me lo devolvió sin darse cuenta de que me lo había quitado.

Nadie me preguntó si quería más agua: me pusieron más agua.

A media mañana, mientras yo cuadraba los nombres de la mesa tres, Neus levantó la cabeza de la caja de zapatos y me soltó la pregunta sin ningún aviso, con la naturalidad de quien lleva dos meses pensando en una cosa y por fin encuentra a quien preguntársela.

— Oye, ¿y a Trufa quién se la queda ese finde?

El rotulador se me paró en la cartulina.

Trufa era un podenco que no existía, que llevaba dos años sin existir con una intensidad admirable, y del que la madre de Quique preguntaba en el grupo con más regularidad que por su propio marido.

Al otro lado de la mesa, Quique se metió medio vaso de agua en la boca para no tener que decir nada.

— Una vecina — dije.

— ¿No la tenías tú en Alemania, la hermana?

— Está en Alemania. Por eso tengo una vecina que hace de hermana.

— Eso es lo mismo que tener una hermana, pero sin discutir por la herencia — dijo Aleix, y volvió a su pantalla tan contento, y a mí se me quedó dentro esa sensación pequeña y fea de haber mentido bien.

Sobre las doce, Aleix se quedó mirando el rincón del salón.

— ¿Y eso?

En el rincón, entre la puerta del balcón y la estantería, estaba el ventilador. De pie, blanco, de los noventa, con la rejilla amarilla de una vida entera de julios. Giraba a la velocidad tres desde por la mañana y en aquel salón no se movía ni una hoja de papel.

— Es un ventilador — dijo Quique.

— Eso no es un ventilador. Eso es un molinillo decorativo.

— Funciona.

— Quique, ese aparato tiene tres palas.

— Sí.

— Los ventiladores tienen cuatro.

Se hizo un silencio muy corto y muy bonito. Quique dejó el vaso en la encimera, se agachó delante del ventilador y lo estudió con la misma cara con la que supongo que mira una vía que no le coge.

— Es un modelo de tres.

— No existe ese modelo — dijo Aleix.

— Existe.

— Enséñamelo.

— Está descatalogado.

— Claro.

— Por eso es bueno.

Neus se tapó la cara con la carpeta. Yo me mordí el carrillo y aguanté, porque el martes, a las cuatro de la mañana, Quique se había levantado a subirle la velocidad a aquel trasto como quien le sube la dosis a un paciente.

— Rafa, dile algo — dijo Neus.

Rafa. Ya casi no me giraba con retraso.

— A mí me da aire — dije.

Quique me miró desde el suelo. Fue medio segundo, no más, y en medio segundo me pasaron dos cosas por dentro que no supe ordenar hasta mucho después.

— ¿Lo veis? — dijo —. A él le da aire.

— A él le das pena — dijo Neus.

Recogieron a la una y media. Aleix me estrechó la mano dos veces, la segunda sin motivo, y ya en el rellano, con la caja de zapatos debajo del brazo, se paró en el primer escalón.

— Oye, una cosa. Te voy a cambiar de sitio.

— ¿De mesa?

— De categoría. Ahora estás en invitados de Quique y eso es una hoja aparte, con los del hospital y con los del pádel. Te paso a familia.

— No hace falta.

— Es un clic.

— De verdad que no hace falta.

— Ya está hecho — dijo, y bajó los escalones de dos en dos, y desde el rellano del segundo, a voces, todavía —. ¡Y de la B no te preocupes, que lo tuyo lo tengo!

La puerta del segundo se abrió una rendija. Chelo, con la regadera verde en la mano y la bata puesta a la una y media de la tarde, asomó lo justo.

— Menos voces.

— Perdone, Chelo — dijo Neus desde abajo.

— A ti no, hija. A ese.

Cuando se cerró la puerta del portal, Quique y yo nos quedamos solos en el rellano del tercero con la casa a nuestra espalda y una cosa incómoda en medio.

Bajó la voz, aunque no hubiera nadie escuchando, porque las dos primeras semanas nos habíamos acostumbrado a hablar bajito delante de la gente y luego ya no supimos hacerlo de otra manera.

— Se les da bien esto — dije.

— ¿El qué?

— Meterte en la casa sin preguntar.

— Es una técnica familiar. Con mi padre no funciona porque mi padre no tiene puerta, tiene un bueno.

— Sales bien de novio, vecino.

— Tú sales mejor. — Se apoyó en el quicio y se cruzó de brazos —. Y no dices nada, que es lo que más me jode. Yo me preparo respuestas para todo y luego tú te callas y les encantas.

— Es una estrategia muy trabajada.

— Es que no hablas.

— Exacto.

Se rio con la boca cerrada, mirando al suelo, y esa risa suya de no querer reírse era la única cosa de aquel piso que yo me habría llevado.

Antes de bajar entré en mi casa a por la carpeta de las pruebas y me encontré dos llamadas perdidas de mi madre, de las nueve y diez y de las nueve y once. Mi madre llama así: dos veces seguidas y luego nada durante tres semanas. Me senté en el borde de la cama y le devolví la llamada.

— ¿Estabas trabajando?

— Es sábado.

— Ya, pero tú los sábados trabajas.

— Estaba trabajando.

Le conté lo del encargo. Una papelería de boda entera, dos mil cuatrocientos euros y cobrando a la entrega.

Mi madre dijo qué bien tres veces, y a la tercera ya estaba en otra cosa: que a tu padre se lo vas devolviendo cuando puedas, hijo, que él no dice nada.

Los mil doscientos del dentista del invierno pasado.

Le dije que ya lo sabía. Me dijo que ella no me lo decía por decírmelo. Le dije que ya lo sabía.

Luego me preguntó si había hablado con Ester. Le dije que en junio. Dijo que ya me llamaría ella.

Y luego dijo bueno, hijo, que te dejo, que tengo a tu padre esperando para ir a por la fruta.

Cuatro minutos y once segundos. Lo miré después, no sé para qué.

Bajé a El Corralet a imprimir, que está cuatro puertas más abajo en mi misma calle, y a esa hora la calle Utiel estaba vacía menos por dos señores y un perro tumbado debajo de una moto.

Yaiza tenía la persiana a media altura y la radio puesta, y estaba pasando a papel de calco un ramo de flores enorme para un brazo entero.

— Trae — dijo, sin levantar la vista.

Le puse las tres pruebas encima del mostrador. Miró la torcida más rato del que hacía falta.

— Esto no lo has hecho para un cliente.

— Es para un cliente.

— Marc, esto lo has hecho para una gente. Se nota. — Cogió la cartulina por los bordes, con esas manos suyas de tatuar, con un cuidado que a mí siempre me ha parecido lo más elegante que hace nadie —. ¿Cuánto llevas arriba?

— Cinco días.

— ¿Y qué tal?

— Bien. Tienen un aire acondicionado que funciona.

— Ya. — Dejó la cartulina —. Dime la verdad y luego ya nos inventamos otra.

Miré la impresora, que había empezado a hacer ese ruido de tragar papel, y me quedé ahí de pie con las manos en los bolsillos.

— Hoy la hermana me ha dicho que le gustaba una cosa mía. Delante de mí. Y el novio me ha cambiado de hoja en un Excel para meterme en la familia.

— Qué fuerte.

— Y yo he dicho que no hacía falta.

— Cómo no.

— Y lo ha hecho igual.

Yaiza se apoyó en el mostrador con los codos y me miró un rato largo, sin prisa, como mira ella, que es la única persona que conozco capaz de estar callada sin que parezca que te está esperando.

— ¿Sabes lo que pasa? — dijo —. Que tú crees que estás fingiendo.

— Es que estoy fingiendo. Hay un contrato y todo.

— No estás fingiendo. Estás practicando.

La impresora escupió la última hoja y se calló, y en aquel bajo no se oyó absolutamente nada durante un par de segundos.

Cogí el papel todavía caliente y lo puse a la luz para ver si el negro había salido bien, que es lo que hago cuando alguien me dice algo verdadero y necesito mirar hacia otro lado con un motivo.

Esa noche, en la mesa de la cocina del tercero, terminé la primera invitación buena. La trece de septiembre torcida, el nombre de Neus y el de Aleix, la hora, el sitio. Quedó bien. Quedó mejor que bien.

Y entonces, en la esquina de abajo a la derecha, sin pensarlo, hice lo que hace cualquiera que ha terminado una cosa suya: puse una eme. Pequeña, de dos milímetros, la mitad de lo que ocupa una uña.

Me quedé mirándola con el rotulador en la mano.

Luego cogí el cúter, levanté la tinta de la cartulina con la punta, muy despacio, hasta que no quedó nada, y soplé el polvillo blanco al suelo. Pasé el dedo por la esquina para comprobar que no había quedado relieve. No había quedado. Guardé el cúter en el bote.