Que parezca de verdad Quique
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Quique

Yo creía que sabía lo que era vivir con alguien. Bueno. Lo que sabía era vivir con alguien que me necesitaba, que es un deporte completamente distinto y que además se me da muy bien.

Aquella semana de finales de julio hice noches el miércoles, el jueves y el viernes, tres seguidas por cubrir a una compañera, y en tres días descubrí que un piso donde vive otra persona no se parece en nada al mismo piso vacío, y que la diferencia no está en el ruido. Está en las marcas.

En mi casa, hasta el veintidós de julio, no había marcas.

Ninguna. Siete años. En cuatro días aparecieron: un cerco de vaso en la mesa baja.

Una camiseta en el respaldo de la silla que nadie usa.

Un tapón de rotulador. Migas en la encimera.

Un cargador que no era mío enchufado en el enchufe bueno.

Una pinza de tender sujetando un fajo de papeles encima de la nevera, que no sé de dónde salió porque yo no tengo pinzas de tender.

Y luego estaba la marca más grande de todas, la única que no se podía recoger, que era la luz de la cocina encendida vista desde la calle a las ocho y cuarto de la mañana, cuando yo doblaba la esquina con la bici muerto de una noche entera y levantaba la cabeza sin querer hacia mi propio balcón.

La primera mañana le eché la culpa a un despiste suyo. Suyo. Subí los tres pisos. Metí la llave. Abrí. Y en la mesa de la cocina estaba Marc con el cuaderno grande abierto, la caja de rotuladores volcada y una taza de algo frío al lado, dibujando desde las tres de la madrugada.

— Buenas — dije.

— Buenas. — No levantó la vista —. ¿Qué tal?

— Un señor con una uña. Dos horas.

— ¿Dos horas por una uña?

— Por la uña, veinte minutos. Por el señor, el resto.

Se rio sin levantar la cabeza y siguió a lo suyo, y yo me quedé de pie en la encimera comiéndome un yogur y mirándole trabajar, y ahí es donde empezó mi problema de verdad, mucho antes de lo del sofá y mucho antes de todo lo demás.

Porque yo no había visto nunca a nadie hacer eso. A nadie.

Marc dibuja a una velocidad que no parece humana.

Y sin borrar. Coge el rotulador fino, mira un momento el papel como quien calcula un salto, y luego baja la mano y hace una línea larguísima, de un tirón, y en esa línea ya está el respaldo de una silla, o la espalda de una señora, o la barra de un bar entera.

No corrige. No prueba. De vez en cuando se queda parado quince segundos, mordiéndose el interior del carrillo.

Y luego mete tres trazos y aquello se levanta del papel.

— ¿Eso qué es?

— El photocall. Tres metros. Los naranjos del fondo del patio de la alquería.

— Eso no son naranjos.

— Eso todavía no son naranjos. — Metió cuatro rotuladorazos —. Ahora son naranjos.

Y eran naranjos. Del susto se me cayó la cuchara.

Hay otra cosa de aquellos días que hay que contar.

Es la que me fue royendo por dentro sin que yo me diera ninguna cuenta.

Marc no pedía nada. Nada de nada. No me pidió una toalla, ni una percha, ni sitio en la nevera, ni que bajara la tele, ni el mando, ni que apagara la luz de la cocina cuando entraba a las ocho y cuarto de la mañana.

El segundo día encontré su ropa tendida en el patio de luces y la mía recogida y doblada encima de mi cama, y cuando le pregunté me dijo que ya que ponía una lavadora; el tercero llegué y estaban los cristales del balcón limpios, cosa que yo no había hecho en siete años, y cuando le pregunté me dijo que ya que se levantaba.

Todo lo que hacía aquel hombre en mi casa lo hacía «ya que». Ya que.

Yo, con la gente que me pide cosas, funciono estupendamente.

Es lo mío. Llevo once años en un sitio donde entra gente pidiendo cosas.

Y yo se las doy. Lo que no sé hacer, y lo aprendí aquella semana en mi propia cocina, es estar con alguien que no me pide absolutamente nada, porque entonces no tengo dónde ponerme.

Las tres noches fueron iguales: yo llegaba a las ocho y cuarto de la mañana muerto, él estaba levantado desde las siete; yo salía a las nueve y media de la noche, él llevaba desde las cinco en la mesa.

Nos cruzábamos cuarenta minutos por la mañana y una hora por la noche, comíamos de pie y hablábamos de tonterías: del vecino del cuarto, que arrastra un mueble todos los días a las siete; de si Chelo sabe o no sabe que es ella la de la pared del solar, cosa que Marc no piensa contarle; de que la Bernabé le ha dicho a un residente que si vuelve a decir «yo pensaba» le hace un TAC.

Nada importante. Y aquello, no sé por qué, me estaba dejando en un estado de tranquilidad que yo no reconocía y que me daba un poco de miedo.

El jueves veinticuatro por la tarde, cuando faltaban cuatro horas para entrar a la noche y llevaba desde las cuatro dando vueltas porque tengo el sueño de día de un perro guardián, hice la cosa más fea de todo aquel verano, y la hice en el pasillo de mi propia casa, descalzo, en veinte segundos y sin pensarlo ni uno.

Marc estaba durmiendo. Se había acostado a las seis de la mañana y a las seis de la tarde seguía en mi cuarto, porque a la segunda noche le dije que se pasara a la cama, que yo iba a estar fuera igual y que era absurdo tener una cama vacía y un hombre en un sofá.

La caja de cartón con la que había subido estaba en el pasillo.

Medio abierta, con la ropa fuera y la solapa levantada.

Y del fondo asomaba un lomo.

Yo tengo cuatro libros en casa y tres son de mi hermana, para que os hagáis una idea.

Así que me agaché, aparté una camiseta y saqué de allí un álbum ilustrado grande.

Tapa dura, las esquinas gastadas, el papel amarillo por el canto.

Se llamaba Casi todo el mundo, y debajo había seis ejemplares más, todos iguales, y un diploma metido en una funda de plástico de un premio que se llama Ruedo, con una fecha de hace nueve años.

Y debajo del todo, una carpeta azul cerrada con una goma. Que no abrí.

La portada era una escalera vista desde abajo, con el hueco en espiral y las barandillas.

Y en el último tramo una figurita pequeña de espaldas.

En la contracubierta había una foto de carné de un chaval de veintidós años con el pelo más largo, sin ojeras y con cara de estar aguantándose la risa, y debajo cuatro líneas de biografía escritas por alguien que le tenía mucha fe.

Marc Adell nació en Sueca. Este es su primer libro.

Me lo llevé al salón, me apoyé en la encimera y me lo leí entero de pie, sin sentarme ni una vez, en diecinueve minutos, con la casa en silencio y la puerta del dormitorio cerrada.

Va de un niño que vive en un edificio y que decide dibujar a todos sus vecinos.

A todos. Empieza por los del rellano y va subiendo.

Dibuja al del primero, que canta en la ducha.

Dibuja a la del segundo, que tiene doce plantas y les habla.

Dibuja al del cuarto, que arrastra un mueble.

Y cada vez que dibuja a uno, ese vecino le da algo para el siguiente: una llave, un nombre, un consejo malísimo, y al final llega al último piso y ya no queda nadie, y entonces el niño se dibuja a sí mismo, y en esa página, que es la única del libro sin color, se le ve de espaldas.

De espaldas.

Cerré el libro. Y me quedé un rato mirando la puerta de mi cuarto, donde dormía un hombre de treinta y un años que se gana la vida escribiendo el nombre de otro en sus propias paredes y que hace nueve años publicó eso.

Y luego me acordé de la señora de la regadera, que riega el rellano de todo el edificio y todavía no sabe que está en esa pared, y tuve que salir al balcón un momento a que me diera el aire.

Y nada, volví a meter el libro donde estaba, debajo de las camisetas, con las esquinas hacia el mismo lado en el que las había encontrado, porque hasta yo entiendo cuándo he abierto una puerta que no me habían abierto.

Y aquella noche, en el hospital, mientras le cogía una vía a una señora de ochenta y siete años y le contaba lo de mi cuñado y el Excel para que se distrajera, no pude quitarme de encima una cosa muy tonta: que aquel hombre lleva nueve años dibujando a todo el mundo, y que en su propio libro, cuando le toca a él, se pone de espaldas.

El viernes por la noche estuvo a punto de pasar.

Yo entraba a las diez. A las nueve y cuarto estábamos los dos en la cocina, él fregando dos platos porque friega siempre él, que es su manera de no deberle nada a nadie, y yo detrás buscando la botella de agua.

La cocina es estrecha: para pasar de la nevera al fregadero hay que ponerse de lado o tocar al otro, y yo me puse de lado, y aun así le rocé la espalda con el brazo, y Marc se giró.

Y ya no nos movimos.

Estábamos a un palmo. Marc tenía las manos mojadas y se le había pegado el pelo a la frente, porque en aquella cocina el aire no llega, y me estaba mirando la boca con una tranquilidad absoluta, sin disimular nada, con esa cara suya de estar comprobando una medida antes de cortar.

Yo abrí la boca para avisar. Teníamos un sistema y el sistema era ese, avisar. Y no me salió la palabra.

Y entonces sonó el móvil encima de la nevera.

No una llamada. Peor. El aviso de un audio entrando, y detrás otro, y detrás otro, esa metralleta corta de tres notas que solo hace una persona en mi vida.

Marc cerró los ojos. Yo me quedé quieto con el brazo estirado hacia la botella, en una postura que no se sostiene. Y los dos oímos cómo el teléfono seguía sonando.

— Es tu tía — dijo.

— Es mi tía.

— Ponlo.

— No.

— Ponlo, Quique, que si no vas a estar toda la noche pensando en qué quería.

Lo puse. Y lo puse en alto. Que fue mi último error del día.

Siete minutos y once segundos. Del tirón, sin una pausa, mi tía Amparo hablando desde el sofá de su casa con la televisión de fondo.

Tres minutos sobre una prima de Llíria que se ha operado la rodilla.

Un minuto entero sobre un frigorífico. Dos minutos sobre el traje que le va a comprar a mi tío para la boda.

Y al final, cuando ya no quedaba nada más en el mundo que contar, esto:

— Y oye, nene, dile a Rafa que a mí me gustó mucho. Que se lo digas. Que a mí lo del dibujo de la servilleta me hizo mucha ilusión y que aquí las cosas no se dicen y luego pasa lo que pasa.

Marc se apoyó en el fregadero con las dos manos. Y se quedó mirando el suelo. Cuando levantó la cabeza estaba serio de una manera que yo no le había visto todavía, y dijo lo único de aquella semana que se me quedó clavado y que sigo repitiéndome.

— Tu tía se está portando muy bien con un tío que no existe.

Y se fue al salón a recoger sus rotuladores.

Total, que salí a las nueve y media, cogí la bici, fiché a las diez menos cinco y estuve doce horas trabajando bien, porque en eso soy bueno, y a las tres de la mañana, en un descanso, sentado en el escalón de la puerta de personal con un café de máquina que estaba malo hasta para ser de máquina, saqué el móvil y empecé a escribirle.

Escribí oye, lo de antes, y lo borré. Escribí perdona lo de mi tía, y lo borré.

Escribí que si esto se estaba poniendo raro me lo dijera él, que se lo pedía por favor, porque yo estas cosas no las sé decir y lo que hago es taparlas con una tontería y quedarme tan ancho, y ese mensaje lo tuve un minuto entero en la pantalla con el pulgar encima del botón de enviar.

También lo borré.

Y luego abrí el grupo Els Sanchis, doce miembros, foto de grupo una paella, y escribí lo primero verdadero que he escrito ahí en dos años:

Rafa se queda unos días en mi casa, que se le ha roto el aire en la suya.

Le di a enviar antes de pensarlo.

Y me quedé sentado en aquel escalón, a las tres y cuarto de la mañana, viendo cómo se ponían a escribir siete personas a la vez, con el café enfriándose en la mano y una sonrisa de imbécil que menos mal que no me vio nadie.