Marc
La noche del lunes veintiuno dormí dos horas y cuarto en el suelo del baño, encima de una toalla mojada, con la puerta abierta y las luces apagadas, como un perro.
Eso no lo cuento buscando compasión. Lo cuento porque a la mañana siguiente, cuando Quique me preguntó qué tal había dormido, contesté que bien, y esa es la clase de persona que era yo aquel verano.
En Valencia, cuando entra una ola de calor de verdad, no es el día lo que te mata.
El día se aguanta: te vas a un sitio con aire, te bebes cuatro litros de agua, te sientas debajo de un ventilador y te olvidas.
Lo que te mata es la noche, porque la noche es cuando el edificio devuelve todo lo que ha ido tragando desde las once de la mañana, y mi bajo, que da al patio de luces por sus tres ventanas, no tiene ni una sola corriente que cruce, y lo que hay dentro a las cuatro de la madrugada es exactamente lo mismo que había a las once de la noche, pero llevando cinco horas más ahí puesto.
— Ah, sí, hombre, el aire.
— El aire.
— Es que ahora en verano los técnicos están todos con lo mismo.
— Ya.
— Yo te lo miro. — Se oía un partido de fondo, a las nueve de la mañana —. En cuanto pase esto te lo miro. Es que ahora es imposible, chaval.
— ¿En cuanto pase qué?
— El verano.
Colgué, dejé el móvil encima de la mesa de caballetes con muchísimo cuidado y me puse a trabajar en las minutas de la boda, que eran ciento veinte y que llevaban una filigrana de naranjos en la cabecera que me estaba costando la vida.
A media mañana me escribió Yaiza. Llevaba desde el domingo por la noche escribiéndome cada cuatro horas y yo llevaba desde el domingo por la noche contestándole con monosílabos, así que aquel martes cambió de táctica y me puso que me lo preguntaba una sola vez y que después no lo volvía a sacar en la vida: que si me había besado él o le había besado yo.
Le contesté que los dos. Me contestó que los dos no es una respuesta.
Le contesté que los dos es la respuesta exacta.
Me puso mi nombre solo, con un punto. Le puse trabajo y dejé el móvil bocabajo.
Y ahí paró, porque Yaiza tiene una virtud enorme y es que cuando le dices trabajo lo respeta, ya que ella también se pasa el día metiendo tinta en la piel de gente que se mueve y sabe lo que vale que te dejen en paz.
Lo que hizo fue peor. A las dos de la tarde me mandó una foto de la pared del fondo de El Corralet, donde hay un calendario de esos gordos de una casa de suministros, con el trece de septiembre rodeado a rotulador rojo. Sin una sola palabra debajo.
Y aquí es donde tengo que contar lo del domingo, aunque no me apetezca.
Del beso no habíamos hablado.
Cero. Ni una palabra. Volvimos de Alfarra con la ventanilla bajada y el ruido del aire tapándolo todo, aparcamos, subimos juntos hasta mi puerta, Quique me dijo buenas noches y siguió subiendo.
El lunes me escribió a las dos de la tarde para preguntarme si me habían llegado bien las fotos de la alquería para el photocall. Le contesté que sí. Y ya.
Con la conducta de un adulto, lo tenía clarísimo: había sido un trámite.
Habíamos hecho lo que había que hacer delante de dieciséis personas, había salido bien, mi tía se había callado, encargo cumplido.
Con la conducta de un adulto a las cuatro de la mañana en el suelo de un baño, la cosa cambiaba bastante, y en esas horas yo me sabía de memoria dos datos que no le he contado nunca a nadie: que él empezó y yo seguí, y que la mano se la puse yo.
El martes a las nueve y media de la noche, cuando fuera todavía había treinta y un grados y dentro treinta y cinco, y cuando yo llevaba dos horas trabajando en calzoncillos con una bolsa de guisantes congelados en la nuca, llamaron a mi puerta.
Abrí. Y allí estaba Quique Sanchis, con una camiseta gris, en chanclas, sudando, y con un ventilador de pie entre los brazos: un ventilador blanco de los noventa, de esos de plástico duro que ya no se fabrican porque sobrevivían a sus dueños, con la rejilla amarillenta y una peana redonda de las que pesan.
Lo traía abrazado por la mitad, como quien trae a un niño dormido.
— Toma.
— ¿Qué es eso?
— Un ventilador, Marc.
— Ya veo que es un ventilador.
— Pues eso. — Entró sin que le invitara, cosa que hace siempre y que a mí, no sé por qué, no me molestaba —. Estaba en el trastero. Era de mi abuela. Funciona.
Lo dejó en mitad del salón, buscó el enchufe, lo conectó y le dio al uno. El aparato hizo un ruido de despegue, se puso a girar y empezó a mover las aspas a una velocidad considerable.
No salía aire.
Nos quedamos los dos delante, uno al lado del otro, a cuarenta centímetros de la rejilla, esperando. El ventilador giraba. Sonaba. Vibraba un poco en la peana. Y el aire de aquella habitación seguía exactamente donde estaba.
— Ponlo en el dos — dijo Quique.
Lo puse en el dos. Giró más rápido y siguió sin dar aire.
— Ponlo en el tres.
— Solo tiene tres números y ya estamos en el tres.
Me agaché delante del aparato, que a esas alturas ya sonaba como un helicóptero pequeño y seguía sin mover ni un papel de la mesa, le di la vuelta a la rejilla, que se abría con dos pestañas de plástico blando de esas que se rompen si las miras, y conté las aspas.
— Quique.
— Dime.
— Tiene tres palas.
— ¿Y cuántas tiene que tener?
— Cuatro. — Le enseñé el hueco, ese vacío perfecto de un cuarto de circunferencia donde tenía que haber una pala y donde solo quedaba el tornillo —. Aquí falta una. Este ventilador gira. No ventila. Gira.
Quique se agachó a mi lado, miró el hueco con una concentración enorme, se levantó, se apartó dos pasos y dijo, muy serio, señalando el aparato:
— Eso es que se ha soltado ahora en el trastero.
— Se ha soltado en el siglo pasado.
— Marc, este ventilador me ha refrescado a mí toda la infancia.
— Este ventilador te ha visto pasar calor toda la infancia con una sonrisa y tú le has echado la culpa a Alfarra y al mes de agosto.
Se rio. Se rio de esa manera suya que le empieza en los hombros, y luego se pasó las dos manos por la cara y dejó de reírse de golpe, y ahí ya estaba cantado que venía a otra cosa, porque nadie sube tres pisos en chanclas a las nueve y media de la noche con un ventilador roto y ninguna otra intención.
— Súbete a mi casa — dijo.
— No.
— Marc.
— No hace falta.
— Estás a treinta y cinco grados.
— Estoy a treinta y cuatro.
— Estás a treinta y cinco, lo he mirado en tu termómetro nada más entrar. — Se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, cruzó los brazos y no me miró a mí, sino al split muerto de encima del sofá, que llevaba veinte días goteando en un cubo —. Además tengo un motivo egoísta.
— Ilumíname.
— Que si te mueres de un golpe de calor en tu casa, se me cae la coartada.
Silencio.
— ¿Y qué le vas a decir a tu familia? — dije —. Que se ha muerto Rafa.
— Peor. Que se ha muerto Rafa y no puedo ir al entierro porque no conozco a nadie.
Y esa fue la conversación entera. No hubo discurso, no hubo insistencia, no hubo esa cosa que hace la gente de repetirte diez veces que no es molestia hasta que aceptas por agotamiento.
Aquel hombre me lo dijo una vez, lo tapó con un chiste que le quitaba toda la importancia, y luego se quedó callado mirando mi aire acondicionado roto, dejándome sitio.
Y yo dije que subía.
Lo cual, para un hombre con mi historial, era el acontecimiento más raro de todo el mes, y eso que aquel mes yo había besado a un desconocido delante de dieciséis personas y una paella.
Antes de subir hice una cosa que en aquel momento no tuvo ninguna importancia y que dos semanas después la tuvo toda.
Necesitaba algo para llevar las cuatro cosas y en mi bajo no hay cajas, porque en cuarenta y cinco metros no se guardan cajas; solo hay una, debajo de la cama, de las de mudanza, con la cinta ya despegada por un lado y una letra mía de hace años en el lateral.
La saqué a rastras, la abrí, estaba medio vacía y me pareció perfecta.
Cuatro camisetas, dos pantalones, el neceser, el cargador, el cuaderno grande, la caja de rotuladores y el ordenador.
Lo apilé todo encima de lo que ya había dentro, sin mirarlo, cerré las solapas cruzándolas, apagué el ventilador de aquella abuela ajena y subí los tres pisos detrás de Quique, que me quitó la caja de las manos en el rellano sin preguntarme si me pesaba.
En el segundo, Chelo tenía la puerta abierta, la luz del recibidor encendida y la regadera verde en la mano a las once menos veinte de la noche, que es una hora en la que las plantas ya se han acostado. Miró la caja. Miró a Quique con la caja. Miró la caja otra vez.
— Buenas noches, Chelo — dije.
— Buenas noches, hijo.
— Que tengo el aire roto.
— Ya, ya.
Aquella mujer no se creyó ni una palabra y siguió regando con una sonrisa que yo, subiendo el último tramo, todavía notaba en la nuca.
La convivencia de dos adultos que no se conocen empieza siempre por la logística, y eso es lo bueno que tiene, porque te resuelve dos días enteros de conversación sin que ninguno de los dos tenga que decidir de qué habla.
La toalla azul es la tuya. El agua está en la puerta de la nevera y hay tres botellas porque el agua de aquí sabe a piscina.
Yo entro a las diez de la noche y salgo a las ocho de la mañana, así que estos días soy un fantasma.
En el baño no hay enchufe cerca del espejo, hay que afeitarse en la cocina, es un fallo de la finca y lo tenemos todos.
La persiana del salón se queda a medias y hay que dar dos tirones secos.
Y el sofá es duro pero no mata, palabra, que he dormido yo dos veces.
— ¿Por qué has dormido tú en tu propio sofá?
— Por nada.
— Quique.
— Porque a veces llego a las ocho y media de la mañana y sé que si me meto en la cama me despierto a las cuatro de la tarde con la vida hecha polvo. Entonces me tumbo aquí un rato con la tele puesta.
— Eso no es dormir.
— Eso es no dormir con horario — dijo, y se fue a la cocina a comerse de pie unas sobras del táper de su madre.
Me acosté a las doce y media en un sofá gris de tres plazas, con una sábana fina, en una casa a veinticuatro grados, y por primera vez en tres semanas sentí ese frío pequeñito en los brazos que se me había olvidado que existía.
Me quedé mirando el techo. Del piso de abajo subía una televisión. En la calle pasó un patinete.
Y me dormí en cuatro minutos, como un tronco, como un hombre que no tiene ningún problema.
A las cuatro y diez me despertó un ruido pequeño en la cocina.
Abrí un ojo. La luz de la nevera se encendió y se apagó.
Se oyó un vaso. Se oyó el grifo, el que arreglé yo, que ya no gotea.
Luego unos pasos descalzos que iban del salón al pasillo y del pasillo al salón, muy despacio, con esa manera de andar de la gente que no quiere despertar a nadie, y que dieron cuatro vueltas enteras a una casa de sesenta metros mientras yo estaba tumbado con la cara hacia el respaldo y los ojos abiertos.
En algún momento se paró junto al sofá y estuvo ahí, de pie, unos segundos, sin hacer nada, sin coger nada, con la respiración de alguien que ha pasado doce horas de un turno andando y que a las cuatro de la mañana en su propia casa no encuentra dónde ponerse.
Y después se fue a su cuarto y cerró la puerta despacísimo, como se cierran las puertas cuando uno cree que el otro está durmiendo.
Yo, que llevaba tres semanas sin dormir por el calor, aquella noche me quedé despierto hasta las cinco y media por una cosa completamente distinta. A las cinco y cuarto pasó el primer camión de la basura. A las cinco y veinticinco, el segundo.