Que parezca de verdad Quique
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Quique

Salimos de Benimaclet a las once y cuarto de la mañana del domingo veinte, y a los seis kilómetros de pista, en el punto en que la ciudad se acaba y empiezan los naranjos, Marc sacó la libreta del bolsillo de atrás y empezó a preguntarme cosas como si fuera un examen de conducir.

— Nombre de la hermana de tu madre.

— Amparo. Amparo Poveda. Cincuenta y ocho.

— Nombre del marido de tu prima.

— No tengo prima. Tengo primo. Ximo. Y su mujer se llama Merche y es la única persona del mundo que le llama Joaquín.

— ¿Y por qué?

— Porque dice que Ximo es nombre de perro.

Marc apuntó eso. Apuntó de verdad eso, con el boli, en la libreta, y yo tuve que mirar la carretera para no reírme, porque mi coche es pequeño, gris, tiene doce años y el aire huele a algo que ningún taller ha sabido identificar, y en ese habitáculo cualquier risa se convierte enseguida en otra cosa.

De Valencia a Alfarra del Túria hay veintiocho kilómetros y treinta y cinco minutos.

Y esos treinta y cinco minutos los conozco desde que tengo carnet.

Los hice cada fin de semana cuando estudiaba, y luego los hice todos los días durante cuatro años, a los veinticuatro, a los veinticinco, a los veintiséis y a los veintisiete, en un coche peor que este, con la cabeza en otro sitio. Y luego los hice cada vez menos.

— Estás muy callado — dijo Marc.

— Estoy conduciendo.

— Llevas ocho kilómetros conduciendo con las dos manos arriba del volante. Eso lo hace la gente en el examen.

— Es que tú me estás examinando.

— Yo he parado hace un rato.

Aparcamos a la entrada del pueblo, debajo de una morera, porque en la calle de la Iglesia no se puede aparcar los domingos y porque salir de allí a las siete de la tarde con el coche metido es imposible.

Alfarra tiene cuatro mil doscientos habitantes, una plaza con un bar que se llama el Recreo, un polideportivo que hicieron cuando yo tenía quince años y donde jugué a fútbol sala fatal, y una iglesia con un reloj que va cuatro minutos adelantado desde siempre y que nadie ha arreglado porque todo el pueblo lo tiene compensado.

Antes de bajarme paré el motor. Me quedé con las manos en el volante y la vista puesta en el retrovisor, donde no había absolutamente nada que mirar.

Fuera se oían las chicharras. Y un tractor lejos.

Marc esperó sin preguntar. Es una cosa que hace.

Bueno, es una cosa que no hace, y a mí, a esas alturas, ya me estaba empezando a poner nervioso.

— Marc.

— ¿Qué?

— Que si esto se pone muy raro, me lo dices y nos vamos. — Miré la calle por el parabrisas —. Tú dices que te duele la cabeza y yo te saco. Sin preguntar. Eso lo digo yo ahora en frío para que luego no tengas que pedirlo.

Marc tardó un momento en contestar. Y el momento que tardó fue de los que se notan dentro de un coche parado, con el motor apagado y cuarenta grados fuera. Se guardó la libreta en el bolsillo de atrás, se ajustó la camisa nueva y abrió la puerta.

— Hecho, vecino.

En el patio de mi casa, un domingo de julio, hay dieciséis personas y una paella.

Dieciséis. La paella la hace mi padre, que es el único de esa familia que no habla y el único que cocina, y la hace con leña de naranjo en un rincón, de espaldas a todo el mundo, sin dejar que nadie se acerque a mirar.

Alrededor hay una mesa larga hecha con dos mesas y un tablero, un toldo de caña, tres ventiladores enchufados con un ladrón que es un peligro público, y mi familia entera hablando toda a la vez a un volumen que en cualquier otra provincia se consideraría una emergencia.

Cuando entramos por la puerta del patio se hizo un silencio de dos segundos exactos, el silencio de dieciséis personas que llevan dos años esperando esto y que en el último minuto se acuerdan de que hay que disimular, con las conversaciones cortadas por la mitad y tres tenedores parados en el aire.

Y luego se lanzaron.

Mi madre llegó la primera, con los brazos ya abiertos desde seis metros, y le dio a Marc dos besos y luego un abrazo de los suyos, de los que duran, con la mano izquierda apoyada en la espalda del otro.

Le dijo Rafa nueve veces en cuarenta segundos.

Detrás llegó mi hermana, que le dio la mano y le dijo, sin bajar la voz:

— Cuando este me contó que el de la pared del solar era mi cuñado, casi le tiro el móvil a la cabeza.

— Es una pared fácil — dijo Marc.

— Ya. Y yo hago casas fáciles.

Aleix le enseñó el Excel en el móvil antes de darle los buenos días.

Ximo le preguntó cuánto se saca en el vino.

Merche le preguntó si tenía hermanos. Mi padre levantó la barbilla desde la paella.

Dijo bueno. Volvió a lo suyo. Y en veinte minutos yo ya había dejado de controlar la situación, que era exactamente lo que me daba miedo, y sin embargo aquello iba bien, iba rarísimamente bien, porque Marc hacía lo mismo que había hecho con mi madre por videollamada: contestaba con tres palabras y dejaba que los demás se llenaran solos.

Mi tía Amparo esperó al segundo plato. Eso hay que reconocérselo. Es una profesional.

— Rafa — dijo desde el otro lado de la mesa, y todo el patio bajó el volumen porque todo el patio sabe lo que significa ese tono —. ¿Y tú en qué bodega estás exactamente?

— En una distribuidora — dijo Marc —. No es bodega.

— ¿Y eso qué es?

— Que compramos a las bodegas y vendemos a los restaurantes.

— ¿Y tú qué haces ahí?

— Cato y elijo.

— ¿Todo el día?

— No — dijo Marc, y cogió un trozo de pan —. Todo el día no se puede.

Hubo una risa general en la mesa que a mi tía no le gustó nada, así que se limpió la boca con la servilleta, la dejó al lado del plato y volvió a la carga por otro lado.

— Es que a mí me extraña — dijo —. Porque yo a ti te vi este mayo subido a un andamio.

Y ahí, durante un segundo y medio, se me paró el corazón. De una manera que profesionalmente sé describir muy bien.

— Sí — dijo Marc.

— ¿Sí?

— Sí. Eso también lo hago yo.

— ¿El qué?

— Dibujar. — Se limpió los dedos en la servilleta, la estiró encima del mantel y le pidió un boli a mi cuñado, que le dio uno de los tres que llevaba encima —. Llevo las etiquetas de la distribuidora. Y a veces cosas más grandes.

— Anda.

— Y lo del solar era un encargo.

El caso es que me quedé con el tenedor en el aire pensando dos cosas a la vez.

La primera, que aquel hombre acababa de coser en directo, delante de dieciséis personas, el único agujero que tenía nuestra historia; la segunda, que llevaba dos años inventándome cosas yo solo y que era mucho mejor cuando lo hacíamos entre dos.

Y entonces Marc empezó a dibujar en la servilleta.

Hizo una cara. Cuatro trazos, la línea de la mandíbula, la del pelo, dos puntos, una boca, y mi tía Amparo, con su pelo corto y sus gafas y su barbilla levantada, apareció encima de un papel de servilleta de un bar de Alfarra en menos de veinte segundos.

— Ay, madre mía — dijo Merche.

— Déjame ver.

— Ay, Amparo, si eres tú.

— ¿Yo tengo esa boca?

— Tienes esa boca — dijo mi madre.

Y a partir de ahí se acabó la comida y empezó otra cosa, porque los dieciséis quisieron el suyo.

Ximo quiso el suyo. Aleix quiso el suyo y luego pidió otro para el Excel, que no sé para qué.

Mi padre, desde la paella, dijo que no y luego se acercó despacio y se quedó de pie detrás mirando, con las manos a la espalda, ocho minutos enteros.

Mi padre no mira nada ocho minutos. Ni la tele.

Y a mi tía Amparo, que a esas alturas de la tarde llevaba tres horas trabajándose el interrogatorio y se veía perdiendo, no se le ocurrió otra cosa que arrastrar la silla, ponerse al lado de Marc, dejarle el boli delante y decirle que a ella la enseñara, que ella siempre había querido.

Aquello duró un cuarto de hora. Marc le cogió la mano, le puso el boli de otra manera, le dijo que no mirara el papel sino la cara, que la línea se hace de una vez y no a pelitos.

Amparo dibujó a mi madre y le salió un monstruo.

Se rio como una cría. Lo volvió a intentar.

Le salió un poco menos monstruo. Y en algún punto de ese cuarto de hora yo, que estaba sentado enfrente con una cerveza caliente en la mano, dejé de vigilar la conversación y me puse a mirarles las manos, y estuve así un rato largo, hasta que Neus me dio una patada por debajo de la mesa sin ningún motivo aparente.

A las cinco menos cuarto, cuando ya habían salido el café, el melón y una botella de mistela que aparece siempre y que no se acaba nunca, mi tía dejó la cucharilla en el plato, se recostó en la silla, se cruzó de brazos y lo soltó.

— Bueno, pues yo lo digo.

— Ya empezamos — dijo mi madre.

— A mí que no me cuenten. — Nos señaló a los dos con la barbilla, a Marc y a mí, y lo dijo alto, para toda la mesa —. Yo os veo muy educados.

Se hizo un silencio distinto de los otros silencios.

— Amparo — dijo mi madre.

— Que no, que yo me alegro mucho, pero llevo cuatro horas mirando y esto no lo he visto. Dos años juntos y no os habéis tocado ni el codo. Yo con el mío, a los dos años, ya me peleaba por el mando, y eso también es tocarse. — Cogió la taza —. A mí me lo tenéis que demostrar.

Ximo se rio con esa risa suya de estar en un partido, Merche le dio en el brazo sin mirarle siquiera, con la puntería de quince años de matrimonio, y Aleix, muy serio, dijo que eso no estaba en ninguna pestaña y que él no pensaba meterlo.

Y yo miré a Marc. Marc estaba a mi derecha, con el codo en la mesa, con la servilleta dibujada delante y con la cara de un hombre que ha llegado exactamente al punto que sabía que iba a llegar.

Me miró. Y yo, que llevaba dos semanas repasando por dentro cómo se avisa de una cosa así, me acerqué a él, le puse una mano en la nuca porque no sabía dónde ponerla, y le dije al oído, muy bajo, la única palabra que se me ocurrió y que teníamos pactada sin haberla pactado nunca.

— Aviso.

Y le besé.

Y el beso, que iba a durar segundo y medio, duró lo que no tenía que durar, porque yo empecé y él siguió, o él siguió y yo no paré, y a mitad de camino Marc me puso la mano en la mandíbula, con esa callosidad que tiene en el lado del dedo corazón, y ahí ya se acabó todo lo que yo tenía previsto para aquel domingo.

Olía a limón y a lápiz. La mesa desapareció.

El toldo desapareció. Los ventiladores, la paella de mi padre, mi tía, la comarca entera del Camp de Túria, todo desapareció durante un tiempo que después, cuando lo comentamos, ninguno de los dos supo calcular.

Volvió el patio de golpe, con dieciséis personas aplaudiendo.

Aplaudiendo. Como en un bautizo. Imaginaos el cuadro. Ximo silbando con dos dedos, mi madre con las manos en la cara, Aleix dando palmadas muy rápidas y muy cortas, y mi padre, desde la paella, con la espumadera levantada.

Me separé con la cara ardiendo. Y me reí, que es lo que hago yo.

Dije alguna tontería. Dije que ya está bien, que hay niños.

No había niños. Marc se puso a doblar la servilleta del dibujo en cuatro, muy concentrado, sin mirar a nadie, y cuando la terminó de doblar se la guardó en el bolsillo, y esa servilleta era la de mi tía y él lo sabía perfectamente.

Mi tía Amparo no dijo nada. Se bebió el café, dejó la taza en el plato y se quedó mirándonos con una cara que en aquel momento me pareció rendición, y que era otra cosa, y que yo tardé seis semanas en aprender a leer.

Total, que nos fuimos casi dos horas después. En mi casa nadie se va cuando dice que se va. Mi madre le puso a Marc dos tápers en las manos, y mi hermana le dio dos besos y me dio a mí un abrazo raro, de lado, sin decir nada.

Salimos de Alfarra a las siete y cuarto con una bolsa de naranjas. No era temporada de naranjas. Marc bajó la ventanilla porque el aire del coche huele raro, y el aire de fuera entraba caliente y con olor a campo quemado, y hacía tanto ruido que era imposible hablar sin gritar.

No dijimos nada en veintiocho kilómetros. En el kilómetro nueve le entró una mosca por la ventanilla y la echó con la libreta.