Que parezca de verdad Marc
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Marc

El grifo era una tontería. Lo supe en cuanto abrí el armario de debajo del fregadero: junta reseca, tuerca floja y dos años de un hombre echándole la culpa a la finca.

— Es esto — dije desde abajo, con la cabeza dentro del mueble —. Cinco minutos.

— Ya, pero es que hay que cerrar la llave general.

— La llave general está aquí.

— ¿Dónde?

— Aquí. Justo donde estás mirando tú con la linterna.

— Yo estoy iluminando.

— Estás iluminando mi oreja, Quique.

Aquel hombre sostenía el móvil con la linterna encendida apuntando a un punto que no tenía nada que ver con el fregadero, y lo hacía con una convicción absoluta, y cada vez que yo movía la mano él movía la linterna al sitio donde mi mano había estado un segundo antes.

Es un enfermero de Urgencias. Le he visto después coger una vía a un señor de ochenta y siete años con el pulso en las nubes y hacerlo a la primera.

Pero delante de un fregadero se le va todo.

Aquella cocina, por dentro, era la confirmación de todo lo que ya se le veía por fuera.

En el armario de debajo del fregadero había un estropajo, un producto de limpieza y una bolsa de bolsas, y nada más.

En los cajones, cubiertos para seis y ni un solo cacharro raro de esos que se acumulan en las casas donde alguien lleva siete años viviendo: ni un molde, ni un abrelatas de más, ni el aparato ese que compras un día para hacer una cosa que no vuelves a hacer nunca.

Era la cocina de una persona que come de pie, apoyada en la encimera, mirando a la pared.

Le cambié la junta, apreté la tuerca, abrí la llave y el grifo dejó de gotear por primera vez desde que aquella casa tenía historia. Quique se quedó mirándolo como si acabara de aparecerse alguien.

— ¿Ya está?

— Ya está.

— Pero si llevo dos años.

— Llevas dos años sin abrir el armario.

Recogí el trapo, la llave inglesa que le había bajado yo de mi casa y la junta vieja, que se quedó en la encimera como una prueba, y me estaba lavando las manos cuando el móvil que estaba encima de la mesa baja empezó a vibrar y a moverse solo hacia el borde.

— Es mi madre.

— Pues cógelo.

— Es videollamada.

Nos miramos. Yo tenía las manos mojadas y una camiseta con una mancha de grasa negra a la altura del estómago. Quique tenía la cara de quien ha oído una alarma que ya sabía existente y que no esperaba oír hoy. El móvil siguió vibrando, avanzando dos centímetros más hacia el vacío.

— Puedo esconderme — dije.

— No.

— Puedo irme al baño.

— Marc, que si me pilla contigo en casa y no te saco, mañana lo sabe la comarca. — Cogió el teléfono, lo giró hacia mí un segundo y me miró por encima —. ¿Estás?

Y yo, que llevaba cuatro días repitiéndome que esto era un encargo con una fecha de entrega y un presupuesto aceptado, dije que sí. Descolgó al sexto tono, con el brazo tenso hasta el hombro, y ahí empezaron los veintiséis minutos más largos que he pasado nunca de pie en una cocina ajena.

En la pantalla apareció, primero, un techo.

El techo de un comedor con una lámpara de cinco brazos y una moldura de escayola.

Luego media frente. Luego un ojo enorme.

Y luego, por fin, Pepa Poveda entera, sentada en una silla de comedor con un mantel de hule detrás y una televisión encendida sin voz.

— Nene, ¿estás?

— Que te estoy viendo, mamá.

— Es que se me va. — Se acercó más —. ¿Estás en casa?

— Estoy en casa.

— ¿Y esa mano?

Y ahí Quique giró el teléfono. Sin avisar. Yo estaba a metro y medio, secándome las manos con un trapo de cocina, con la mancha de grasa en la camiseta y sin ninguna frase preparada.

La mujer se quedó completamente callada tres segundos largos, con la boca un poco abierta y la mano izquierda metiéndose debajo de la derecha encima de la mesa, muy despacio, como si eso lo hiciera desde hace diez años sin pensarlo.

— Ay — dijo.

— Mamá, este es Rafa.

— Ay, ay, ay.

— Hola — dije.

Y con eso, con esas dos sílabas, aquella señora ya estaba de mi parte. Lo cual, visto ahora, es una información importante sobre esa familia y sobre lo que a esa familia le habían dado de comer durante dos años.

Se puso a hablar. Habló durante seis minutos casi sin pausa, y yo aprendí ahí mismo la lección más útil de todo el verano: que para mentirle a la madre de alguien no hace falta mentir, hace falta callarse.

Pepa preguntaba y contestaba. Preguntaba si había ido mucho a Valencia últimamente y antes de que yo abriera la boca ya estaba diciendo que claro, que con la campaña, que su cuñado también trabajó en el vino y que eso en verano es una locura.

Preguntaba si me trataba bien su hijo y luego decía que ya sabía ella que no, que este chico es muy suyo.

Preguntaba y rellenaba. Yo asentía, decía sí, decía a veces, decía bastante, y cada vez que decía tres palabras la mujer se ponía más contenta.

Quique, mientras tanto, estaba fuera de plano haciendo una pantomima que si la llega a ver su madre acabamos todos en el hospital.

Movía los brazos. Se pasaba el dedo por el cuello.

Señalaba la libreta de la ficha, que la tenía abierta encima de la nevera, con el dedo clavado en la palabra XÀTIVA como si eso me fuera a servir de algo.

En un momento dado escribió en una hoja de papel de cocina, con un rotulador mío, la palabra PERRO y la levantó a la altura de la cara, y a mí me entró una risa que tuve que convertir en tos.

— ¿Estás malo? — dijo Pepa.

— Es el aire.

— Ay, el aire. — Se puso una mano en el pecho —. Es que este chico lo pone a diecinueve.

— A veinticuatro, mamá.

— Rafa, hijo, tú no le dejes ponerlo bajo, que luego se pone malo y no dice nada.

— No le dejo — dije.

Y Quique, detrás del teléfono, dejó de moverse durante un segundo entero.

Vinieron las preguntas de verdad y las esquivé todas con el mismo método. ¿Cómo va el trabajo? Mucho lío. ¿Y el viaje ese que teníais? Al final no. ¿Y Trufa? Bien. ¿Come? Come.

Y luego llegó la que Quique llevaba diez días temiéndose, porque desde el otro lado de la encimera le vi ponerse recto.

— Rafa, ¿tú de verdad le llevaste a una horchatería la primera vez?

— Sí.

— ¿Y de dónde sacaste tú que a este le gusta la horchata?

Y esa era la pregunta buena, porque esa no la habíamos previsto y porque a esa no se contesta con tres palabras. Quique, detrás del móvil, abrió mucho los ojos y se quedó con las manos a media altura, sin ninguna idea que ofrecerme.

— No lo sabía — dije —. Lo que pasa es que era agosto y no se me ocurrió otro sitio con aire.

Pepa se rio con la boca cerrada, muy despacio, moviendo la cabeza de un lado a otro.

— Anda que — dijo —. Anda que.

Y con eso quedó archivado para siempre, porque las madres no archivan lo verosímil: archivan lo que suena a que alguien lo pasó un poco mal.

Y de la horchata, sin ninguna transición, Pepa saltó al perro.

Se llevó las dos manos a la cara y se puso a contarle a su hijo, que estaba a un metro de ella, una historia larguísima sobre una perra que tuvieron en Alfarra cuando Quique era pequeño, que se llamaba Rita y que se escapaba a la acequia todos los veranos.

Duró tres minutos. Yo miré a Quique por encima de la pantalla y Quique me miró a mí, y los dos aguantamos la cara con un esfuerzo que noté en la mandíbula.

Y en mitad de la historia de Rita, por el fondo del comedor, cruzó un señor.

Un señor de sesenta y tantos, en camiseta interior blanca, con un destornillador en la mano, andando muy despacio de una punta del comedor a la otra. Se paró un momento detrás de la silla, miró la pantalla, levantó la barbilla dos centímetros y dijo:

— Bueno.

Y siguió andando.

— Ese es mi padre — dijo Quique desde su lado.

— Encantado — dije yo hacia la pantalla.

Del pasillo, a lo lejos, cuando ya no se le veía y solo se oía el arrastre de las zapatillas contra el terrazo, llegó otra vez, más bajo, la misma palabra, dicha exactamente con el mismo tono y sin ninguna necesidad aparente:

— Bueno.

Al minuto veintiuno, Pepa pidió un plano general de la casa. Enséñame eso, nene, que hace un mes que no subo. Quique levantó el teléfono, giró sobre sí mismo y le enseñó su salón blanco, sus dos cojines, su estantería con cuatro libros. Y al pasar por la cocina, la cámara enfocó el fregadero.

— Espera — dijo Pepa.

— ¿Qué?

— Vuelve atrás. Al grifo.

Quique volvió atrás. El grifo estaba cerrado y no goteaba, y encima de la encimera, al lado, seguía la junta vieja, y el trapo, y mi llave inglesa.

— ¿Has arreglado el grifo?

— Lo ha arreglado Rafa — dijo Quique.

Hubo un silencio que duró lo que dura una pausa cuando alguien está decidiendo si emocionarse. Después, la voz de aquella mujer cambió de sitio: se le fue un poco hacia abajo, se le puso más lenta, y dijo el nombre falso de una manera que no le he oído a nadie decir el mío desde hace mucho tiempo.

— Ay, Rafa.

— No es nada — dije —. Era la junta.

— Es que a este hijo mío las cosas se le rompen y se queda tan ancho. — Se acercó a la pantalla —. ¿Y tú vienes el domingo veinte?

Miré a Quique. Quique tenía la libreta en una mano y el papel de cocina con la palabra PERRO todavía en la otra, y se le había quedado una cara que no se parecía a ninguna de las que le había visto en aquellos ocho días.

— Voy — dije.

Se despidió tres veces. Nos dijo que fuéramos con tiempo por la pista, que los domingos hay mucha caravana a la vuelta.

Nos dijo que la paella la hace Vicent y que no le llevemos nada, que luego se enfada.

Y a la tercera, ya con el dedo encima del botón, se paró y me miró de esa manera con que la gente mayor te mira cuando ha decidido decirte una cosa que le sale de dentro y le da un poco de vergüenza.

— Rafa, hijo, qué callado eres.

— Ya — dije.

— Se ve que eres bueno.

Y colgó.

Quique dejó el móvil en la encimera boca abajo, soltó todo el aire de golpe, se rio, se pasó las dos manos por la cara y estuvo un rato diciendo joder, joder, joder.

Luego me dijo que había estado increíble, que no se lo esperaba, que qué frialdad la mía, que si me dedicaba a esto profesionalmente, y que cómo lo había hecho.

— No he mentido — dije.

— Marc, le has dicho que le das de comer a una perra que no existe.

— He dicho que come. — Doblé el trapo y lo dejé en el borde del fregadero —. Yo no le he contado nada a tu madre. Tu madre se lo ha contado todo ella sola y yo he dicho que sí. Eso lo hace la gente todo el rato y no lo llama mentir.

Quique se me quedó mirando desde el otro lado de la encimera, con la libreta todavía en la mano, y tardó en decir algo. Era lo único que no le había visto hacer en ocho días.

— ¿Y a ti eso te sale así?

— Me sale desde hace bastante.

— Ya.

— Es más cómodo — dije, y cogí la llave inglesa de la encimera para tener algo en la mano —. Si no dices nada, nadie tiene que estar de acuerdo contigo.

Aquello se me escapó. Lo noté al oírmelo, que es cuando se notan estas cosas, y para entonces ya estaba en el aire de una cocina de sesenta metros con un desconocido delante.

Quique abrió la boca, la cerró, y luego tapó el hueco con otra cosa: me ofreció una cerveza, me ofreció quedarme a cenar y me propuso pedir una pizza.

Le dije que no a las tres, me bajé a mi casa con la llave inglesa y la mancha de grasa en la camiseta y no le di importancia.

Trabajé bien aquella tarde. Terminé el cartel de cine y me lo aceptaron a la primera.

Cené de pie. Metí en el ordenador el archivo de las invitaciones de Neus y elegí tres tipografías, y a las once y media empecé el mural del photocall, tres metros de patio de alquería con los naranjos al fondo, y me salió del tirón, y me acosté a las dos de la mañana con la espalda hecha polvo y contento.

Y a lo largo de todo aquel día, mientras hacía todo eso, se me estuvo repitiendo la misma frase por dentro cada media hora, como una gotera.

Que se ve que soy bueno.

Se lo había dicho a un hombre que se llama Rafa, que es sumiller, que tiene una perra podenca y que es de Xàtiva.

Pero el grifo lo había arreglado yo.