Que parezca de verdad Quique
20%

Quique

Marc subió el domingo a las seis de la tarde con una libreta negra de bolsillo, un boli y la cara de un hombre que viene a hacerte una inspección. No a pasarla.

Yo había limpiado la casa, y lo digo porque me parece importante para entender el nivel de desquiciamiento al que había llegado: limpié la casa para recibir a un vecino que iba a fingir que salía conmigo. Puse los cojines. Tengo dos cojines. Los puse.

— Buenas, vecino — dijo Marc en la puerta.

— Buenas.

Se sentó en el sofá, en el borde, con los codos en las rodillas, y abrió la libreta por una página en la que ya había escrito cosas, y yo me quedé donde estoy siempre, apoyado de espaldas en la encimera, con las manos agarradas al canto.

— ¿Tú no te sientas?

— Llevo doce horas sentado — dije.

Eso era mentira. Mentira entera. Yo un domingo no me siento nunca, entre otras cosas porque los domingos que trabajo estoy doce horas de pie y los domingos que no trabajo también, pero salió sin pensarlo, como sale todo lo mío, y Marc me miró un segundo y medio y no dijo nada más.

Ese hombre no insiste. Y su manera de no insistir es mucho peor que insistir.

— He hecho una lista — dijo —. Si vamos a hacer esto, no lo vamos a hacer improvisando, porque tú improvisando eres un peligro público.

— Eso me lo has dicho tres veces.

— Es que tienes un podenco.

Y ahí empezó la cosa más rara que he hecho en mi vida, que fue pasarme dos horas y cuarto de un domingo de julio construyendo con un desconocido nuestro pasado en común, con orden, punto por punto, como quien rellena la declaración.

Marc preguntaba y apuntaba: preguntaba en un tono de administrativo del registro civil y apuntaba con una letra pequeñísima y muy recta, de esas que solo tiene la gente que dibuja.

— Uno. Dónde nos conocimos.

— Un concierto.

— ¿Qué concierto?

— Uno del Turia — dije —. De los de verano, en el cauce, esos que ponen el escenario y la gente se sienta en la hierba. Eso lo dije en enero del año pasado porque mi madre preguntó y era lo que estaba viendo en la tele.

— ¿Grupo?

— No dije grupo.

— Bien. — Apuntó —. Si no dijiste grupo, no ponemos grupo. Cuanto menos, mejor. ¿Cuándo?

— Pues eso... — Me rasqué la nuca —. Dos años y medio.

Marc levantó la cabeza del cuaderno por primera vez en diez minutos. Y me miró con esa cara suya de estar comprobando una medida antes de cortar, sin reproche ninguno, que es lo que la hace insoportable.

— Tu tía me dijo en la plaza que llevábamos dos años.

— Ya, es que yo lo conté en Nochebuena, hace dos años, pero lo conté como si ya lleváramos medio año. Porque si lo cuentas de recién, te preguntan más.

— O sea que tenemos dos calendarios.

— Tenemos dos calendarios.

Marc bajó la vista a la libreta y escribió tres líneas con esa letra de arquitecto pobre que tiene, y tardó en escribirlas más de lo que se tarda en escribir tres líneas, así que el que hablaba dentro de aquella cabeza estaba diciendo otra cosa distinta de la que salió por la boca, cosa que yo reconozco a diez metros porque llevo media vida haciéndola.

— Vamos a hacer una cosa. Los sitios y las fechas los llevo yo. Tú, cuando te pregunten algo de esos dos temas, me miras y yo contesto. Y si no puedo contestar, tú dices que no te acuerdas, que es lo que dice la gente de verdad.

— La gente de verdad se acuerda de cuándo conoció a su novio.

— La gente de verdad discute sobre cuándo conoció a su novio. — Pasó de página —. Dos. Primera cita.

— Eso no lo he dicho nunca.

— Pues lo tenemos que decidir, porque tu madre lo va a preguntar en los diez primeros minutos.

— Una horchatería — dije, y ya me estaba riendo antes de terminar la frase —. Ponemos una horchatería. Fartons y todo.

— ¿Por qué una horchatería?

— Porque nadie en la historia de la humanidad se ha inventado una primera cita en una horchatería. Si lo dices, es que es verdad.

Marc se quedó quieto con el boli en el aire, y luego lo apuntó y dijo, muy bajito, hablando con la libreta:

— Eso está bien pensado.

Y a mí, y esto lo cuento porque después he tenido tiempo de darle vueltas, aquello me duró en el cuerpo bastante más de lo que dura un cumplido de dos palabras dicho por un vecino un domingo.

Seguimos. Tres: a qué se dedica Rafa. Sumiller en una distribuidora de vinos.

Cuatro: de dónde es Rafa. De Xàtiva. Marc me preguntó si yo sabía algo de Xàtiva y le dije que hay un castillo y que se quemó, y me dijo que eso lo sabe todo el mundo y que un tío de Xàtiva sabe otras cosas, y estuvimos veinte minutos con el móvil buscando calles de Xàtiva mientras yo intentaba que no me diera un ataque de risa.

Cinco: el perro.

— El perro no puede venir a la boda — dijo Marc.

— El perro no puede venir a ningún sitio, el perro no existe.

— El perro tiene que estar en algún sitio el trece de septiembre, porque tu madre lo va a preguntar.

— Con mi hermana. Con la hermana de Rafa. — Cerré los ojos —. Rafa tiene una hermana en Alemania.

— ¿Qué?

— Eso lo dije en Pascua. — Levanté una mano —. Espera, que hay más.

Y ahí es donde vino la parte humillante de la tarde, que fue el inventario, porque en dos años, en unas ciento y pico comidas de domingo, uno suelta cosas, y uno no se inventa un novio: uno se inventa un novio y luego lo va decorando cada vez que hay un silencio en la mesa, un poco cada domingo, como quien le va poniendo muebles a un piso vacío.

Y le fui contando a Marc todo lo que había dicho de él sin acordarme de haberlo dicho, y Marc lo fue apuntando en la libreta sin cambiar la cara ni una sola vez.

Que Rafa corre medias maratones. Que Rafa hace un arroz al horno buenísimo.

Que Rafa no bebe casi, cosa curiosa siendo sumiller.

Eso lo tuve que arreglar diciendo que precisamente por eso.

Que a Rafa le da miedo volar. Que Rafa tiene los pies planos, no me preguntéis.

Que Rafa arregló el grifo de mi cocina, un grifo que sigue goteando y que mi madre mira cada vez que sube.

— El grifo lo arreglo — dijo Marc.

— No, si el grifo lo puedo arreglar yo.

— Llevas dos años sin arreglarlo. — Escribió —. Lo arreglo el jueves.

— Marc, que no hace falta.

Levantó la vista despacio. Y por primera vez en toda la tarde le vi algo parecido a la guasa en la boca. En una esquina, poco, pero estaba.

— Esa frase es mía — dijo —. No me la cojas.

Después vinieron las alergias, porque él insistió en las alergias, y yo le dije que eso no lo había mencionado nadie nunca.

Y Marc me contestó que en una boda de ciento veinte personas alguien te va a preguntar por las alergias, que es lo primero que preguntan los que organizan, y que es mejor tener una preparada que quedarse pensando delante de la gente. Ahí llevaba razón.

— Marisco — dijo —. Ponemos marisco.

— ¿Tú eres alérgico al marisco?

— Yo no soy alérgico a nada. Por eso lo pongo. Es fácil de recordar, en las bodas siempre hay alternativa y nadie te pide un papel.

Lo apuntó. Rafa: alérgico al marisco. Y siguió a lo suyo con una tranquilidad de funcionario, sin saber que acababa de escribir en una libreta la frase que dos meses después me iba a doler más que ninguna otra cosa de esta historia.

Cuando terminamos el inventario, Marc pasó una página. Escribió una palabra sola arriba del todo, en mayúsculas. Y la subrayó dos veces: CONTACTO.

— Ah — dije.

— Hay que hablarlo ahora y no allí.

— Hombre, hablarlo...

— Prefiero hablarlo. — No levantó la vista —. Somos dos tíos que se conocieron el miércoles. El domingo veinte vamos a estar en un patio con dieciséis personas mirándonos, y si tú me pones una mano en la espalda y yo pego un bote, se acabó.

Tenía toda la razón y me fastidió muchísimo que la tuviera, así que lo hablamos, y lo hablamos como se habla de un turno: qué sí, qué no, qué avisando.

La mano en la espalda, sí. Sentarnos juntos, sí.

Y comiendo del mismo pan si hace falta, que en mi familia el pan es común, y cogernos de la mano por la calle, no, porque ninguno de los dos hace eso ni con gente de verdad, y que yo le pase el brazo por el hombro delante de mi madre, sí, pero avisando con una frase antes, cualquier frase, con que yo dijera algo estaba avisado.

— ¿Y besos? — pregunté, y lo pregunté con toda la ligereza que pude, que fue poca.

Marc apuntó algo, tachó lo que había apuntado y dijo:

— En la boda igual hay que darse uno.

— Igual.

— Pues cuando llegue el momento, lo decimos antes.

— ¿Cómo se dice antes?

— No lo sé — dijo Marc —. Tú avisa.

Y pasó de página tan tranquilo, con el boli otra vez en marcha, y yo me quedé mirando la nevera un rato largo por motivos que en aquel momento no me apetecía ordenar.

Y nada, lo siguiente lo hice yo, porque a las siete y veinte caí en que llevábamos dos horas hablando de un hombre que no existe y en que del que sí existía no sabía absolutamente nada.

— Oye, ¿y tú? Cuéntame tres cosas tuyas, que si me preguntan por mi novio y me quedo en blanco, quedo peor que si no voy.

Marc se lo pensó. Se lo pensó de verdad, mirando el suelo, moviendo el boli.

— Nací en Sueca. Tengo una hermana en Castellón que se llama Ester y a la que veo poco. Y trabajo por mi cuenta desde los veinticuatro.

— Eso son tres cosas de currículum.

— Es lo que hay.

— ¿Y de las otras?

— ¿Qué otras?

— Pues las otras — dije —. Si te gusta el mar. Si duermes bien. Si tienes a alguien.

Marc se quedó un momento con el boli parado encima de la libreta, y luego lo dejó en la mesa baja y contestó las tres seguidas, muy rápido, como quien se quita una tirita.

— Me da igual el mar. Duermo fatal. Y no.

A las siete y media abrí la nevera. Saqué dos cervezas y le pasé una. Me quedé de pie con la mía en la encimera. Marc se quedó en el borde del sofá. Cada uno en su sitio.

— Falta lo peor — dijo.

— ¿Qué falta?

— El nombre.

Y ahí nos quedamos callados los dos, porque llevábamos dos horas y cuarto esquivándolo y porque la familia entera de mi madre, mi padre, mi hermana, mi cuñado, mi tía, mis primos, el grupo de doce personas, la floristería y probablemente ya media Alfarra, llamaban Rafa a un hombre que se llama Marc.

— Podemos decir la verdad — dije, sin creérmelo ni yo —. Decir que te llamas Marc y que yo me equivoqué.

— ¿Te equivocaste de nombre de tu novio durante dos años?

— Puedo tener una lesión.

— Quique.

Fue la primera vez que me llamó por mi nombre. Hasta ese momento había sido oye, o nada, o vecino.

— Rafael Marc — dije.

— ¿Cómo?

— Rafael Marc. Dos nombres. Tu familia te llama Marc y la mía te llama Rafa porque yo lo dije así el primer día y ya se quedó. Eso pasa. Eso pasa en las familias todo el rato: a mi primo Ximo no le llama Ximo ni su mujer, le llama Joaquín, y ella es la única.

Marc se lo pensó menos de lo que yo esperaba. Muchísimo menos. Bajó la vista a la libreta. Escribió Rafael Marc en mayúsculas, subrayó Rafa y dijo:

— Bien.

— ¿Ya está? ¿Así de fácil?

— Es un nombre. — Se encogió de hombros con una tranquilidad que en aquel momento me pareció comodidad y que ahora, contándolo, no me parece nada cómoda —. Yo llevo nueve años respondiendo a nombres que no son el mío. Este por lo menos me lo han puesto a la cara.

No supe qué contestar a eso. Así que hice lo que hago siempre, que es cambiar de tema con un chiste.

— Pues bienvenido a la familia, Rafa.

— Hasta el catorce.

— Hasta el catorce — dije —. El trece es la boda. El catorce comemos con ellos por la mañana, porque hay comida del día después y no se puede faltar, y esa misma tarde ya nos hemos dejado. Yo lo cuento en el grupo el lunes o el martes, con mucha pena, y en tres semanas nadie se acuerda.

— Sesenta y nueve días.

— ¿Los has contado?

— Los he contado esta mañana. — Cerró la libreta y se la guardó en el bolsillo de atrás, al lado del rotulador —. Es un encargo. Los encargos tienen fecha de entrega.

Se levantó, yo me despegué de la encimera, y en mitad del salón, delante de los dos cojines que yo había colocado como un idiota, nos dimos la mano para cerrar el trato, muy formales los dos, muy serios, como en las películas de los abogados.

Marc tiene la mano seca y caliente. Y una callosidad rara en el lado del dedo corazón, de apoyarlo al dibujar.

Se la noté perfectamente, y sé que se la noté perfectamente porque me dio tiempo de sobra a notársela, y sé que me dio tiempo de sobra porque cuando por fin nos soltamos, en aquel salón donde no se oía absolutamente nada más, la nevera había arrancado el motor.

— Bueno — dije.

— Bueno.

— Xe, ahora hablo como mi padre.

Marc se rio por la nariz. Se fue hacia la puerta y desde el rellano, ya de espaldas, con la mano levantada, dijo:

— Hasta el jueves, vecino. Lo del grifo.