Marc
El viernes terminé el mural a las once y cuarto de la mañana, con la marquesina resuelta a la cuarta y el reflejo del cristal puesto en dos minutos. Lo que llevas tres días peleando se arregla el día que te da igual.
Bajé del andamio, me aparté doce pasos y lo miré entero desde el otro lado del solar, con la lona colgando y el sol ya dando de plano. Once figuras esperando un tranvía que no va a llegar nunca, con esa manera que tiene la gente de esperar sin mirarse.
Se tarda seis minutos.
Dídac apareció a la una en El Corralet con una bolsa de nísperos de su suegro y con la energía de un hombre que ha dormido bien toda su vida.
El Corralet es un bajo de la calle Utiel con seis mesas, una impresora que se atasca, un baño con la puerta que no cierra y noventa euros al mes que yo pago con una puntualidad que a mí mismo me da rabia.
Yaiza tiene la mesa del fondo con la camilla y la máquina, yo tengo la de la ventana, y de las otras cuatro solo se llenan tres.
— Marc. — Dídac me dio dos palmadas en el hombro, dejó los nísperos encima de mis bocetos y sacó el móvil —. Mira. Mira, mira, mira.
Me enseñó la pantalla. Era el mural. La foto la habían hecho a las doce, con dron, seguramente los chicos de las otras mesas, porque Dídac es capaz de conseguir cualquier cosa a cambio de una cerveza y una conversación de veinte minutos.
En la publicación de la cuenta del estudio se veían los ocho metros completos, el solar, la valla, un trozo de acera.
Y debajo, un texto que empezaba: en Estudi Rovira llevamos meses trabajando en esta pieza para el barrio.
— Cuatro mil quinientas en dos horas — dijo —. Cuatro mil quinientas. Y me ha escrito el del ayuntamiento, el de cultura, ese que te dije. Marc, esto es lo mejor que ha hecho el estudio este año.
— Está bien — dije.
— Está mejor que bien. — Se sentó en la esquina de mi mesa y cogió un níspero —. Esto es equipo. Lo del equipo es lo bonito, ¿eh?, que sale una cosa así y no sabes ni de quién es. Sale del estudio y ya está.
— Ya.
— Ah, y te he hecho la transferencia esta mañana.
— ¿Entera?
— Novecientos cincuenta. — Se metió el níspero en la boca y siguió hablando con él dentro, sin ninguna maldad, con una tranquilidad absoluta, como quien te dice que va a llover el martes —. Lo otro en cuanto entre lo del ayuntamiento. Es que estamos con el trimestre y ya sabes cómo es esto.
Y yo dije que no pasaba nada.
Y aquí conviene decir una cosa, porque si no parece que estoy contando la historia de un canalla y no lo es.
Dídac Rovira tiene treinta y ocho años, montó el estudio solo, con un ordenador y un local de veinte metros en el Cabanyal, y trabaja más horas que yo.
Se acuerda del nombre de mi hermana, a la que ha visto dos veces.
Cuando estuve con la muela el invierno pasado, me llamó tres días seguidos y me mandó a su dentista.
Y no me firma las cosas para joderme: me las firma porque de verdad, de verdad, con toda su alma, cree que un estudio es una cosa que existe por encima de la gente que hay dentro, y que eso es bonito.
Se lo cree tanto que me lo ha contagiado durante cuatro años.
Eso es lo que dije. Novecientos cincuenta de mil novecientos veinte, mes y medio tarde, con el nombre de otro en mi pared desde las once y cuarto de la mañana, y yo dije que no pasaba nada y que ya me diría.
Dídac se fue a las dos, encantado con la vida, dejándome los nísperos y una idea nueva para septiembre que me contó de pie y en tres frases.
Cuando se cerró la puerta, Yaiza paró la máquina.
— ¿Te ha pagado la mitad?
— Un poco más de la mitad.
— Marc.
— Le ha entrado el trimestre.
— A ese hombre le entra el trimestre cuatro veces al año. — Se quitó los guantes y los tiró a la papelera de un capirotazo —. ¿Y la firma?
— La firma la he puesto yo esta mañana. A mano. Con el pincel del ocho.
Yaiza no dijo nada. Se puso otros guantes y siguió con el brazo del chaval que tenía en la camilla, y en el silencio de El Corralet se oía la máquina y el ventilador de techo, que ese sí funciona.
Es un tema en el que no entramos desde marzo. Ella opina que llevo cuatro años haciéndole la carrera a Dídac gratis. Yo opino que Dídac me da de comer y que si mañana se acaba, se acaba. Las dos cosas son verdad y por eso no sirve discutirlas.
Lo que Yaiza no sabe, porque no se lo he contado nunca con estas palabras, es que a mí lo de la firma no me duele desde hace tiempo, y que eso es exactamente lo malo.
A los veintidós publiqué un álbum ilustrado que se llamaba Casi todo el mundo, sobre un niño que dibujaba a los vecinos de su edificio uno por uno hasta que se le acababan.
Lo sacó Ediciones Barbeta, ganó un premio pequeño que se llama Ruedo y del que nadie se acuerda, y vendió unos cuatro mil ejemplares, que para un álbum en este país está muy bien.
A los veinticuatro entregué el segundo. Se llamaba El último en irse.
Lo rechazaron tres editoriales seguidas con la misma frase, que es una frase educadísima sobre líneas editoriales, y luego no lo rechazó nadie más porque dejé de mandarlo.
No hubo drama. No hubo villano. Nadie me robó nada.
Me pasó algo mucho más limpio: que lo enseñé, que no lo quiso nadie, y que entendí perfectamente el mensaje.
El primero había sido una carambola. Un chaval con suerte.
Y desde entonces trabajo, cobro tarde, dibujo todos los días de mi vida y no firmo, porque lo que no lleva tu nombre no puede volver a decirte que no vales.
Eso, dicho así, suena a herida. Vivido por dentro es mucho más cómodo. Es de las cosas más cómodas que he hecho nunca.
A las siete, cuando se fue el chaval de la camilla con el brazo envuelto en film, Yaiza se quedó de pie mirando el móvil con esa cara de estar leyendo un correo dos veces.
— Cuarenta y tres días — dijo.
— ¿Cuarenta y tres días qué?
— Los que llevo esperando a que el ayuntamiento me conteste lo del local.
— ¿Qué local?
— El de Emilio Baró. El de la mercería. Te lo conté en mayo, Marc.
— Ah.
— Ah — repitió, y guardó el móvil y se puso a limpiar la camilla.
Quique llegó a las siete y media, cuando ya se había ido todo el mundo menos Yaiza, que seguía limpiando la camilla con una parsimonia sospechosa.
Entró mirando el sitio como miran los sitios las personas que hablan con desconocidos, o sea, buscando a quién saludar.
Llevaba una camisa de manga corta en vez de la camiseta del día anterior, y esa camisa era un dato.
— Buenas — dijo, y le tendió la mano a Yaiza antes que a mí —. Quique.
— Yaiza. — Le miró el antebrazo izquierdo dos segundos y medio —. Esa golondrina tiene el ala rota.
— Ya.
— Te la puedo arreglar.
— Es que le tengo cariño.
— Se le puede tener cariño y encima que vuele.
Antes de sentarse, Quique se quedó de pie mirando mi mesa.
En mi mesa hay siempre un desastre organizado: los bocetos del cartel de cine, la carpeta de facturas, un bote de rotuladores, tres cuadernos, y en la esquina de arriba, sujeta con una pinza de tender, una hoja con veintitantas cabezas dibujadas a línea, gente de la parada del tranvía que llevo cogiendo desde marzo mientras espero a que abran la ferretería.
— ¿Esto lo haces mientras esperas? — preguntó.
— Lo hago mientras espero.
— Este de aquí es Ramón. — Señaló una de las cabezas, la de un señor con la boina echada para atrás —. El de la pescadería del mercado. Este es Ramón clavado.
— Puede.
— No, no puede. Es Ramón. — Se giró a mirarme con la boca todavía abierta, sorprendido de verdad, y me dio la impresión de que no le pasaba a menudo —. Yo no había visto nunca un dibujo de alguien que conozco hecho por alguien que también lo conoce.
Le quité la pinza a la hoja, le di la vuelta y la dejé bocabajo.
Nos sentamos en mi mesa, él en la silla de la traductora, y me contó lo que venía a contarme en un orden que se le notaba ensayado y que se le desordenó a la tercera frase.
La papelería completa de la boda de su hermana: invitaciones, minutas, seating y un mural de tres metros para el photocall.
Dos mil cuatrocientos euros, todo junto y a la entrega. Plazo, el trece de septiembre.
— Y una cosa — dijo Quique, y se echó hacia delante con los codos en las rodillas —.
Esto es un trabajo. Es un trabajo de mi hermana, que tiene el dinero apartado desde febrero y que está desesperada.
Lo he hablado con ella y está hablado. Si tú me dices que no a lo otro, el trabajo sigue siendo tuyo.
Quiero que eso quede clarísimo antes de que sigamos, porque si no queda claro, lo otro es una compra y yo no he venido a comprarte.
— Y lo otro es la boda.
— Lo otro es la boda. — Se pasó la mano por la barba —. Y una comida en el pueblo antes, y aguantar a mi tía, y que mi madre te llame Rafa durante dos meses. El catorce de septiembre se acaba. Ese día decimos que lo hemos dejado, cada uno a su piso, y no me vuelves a ver más que en la escalera.
— ¿Y por qué haces esto?
— Porque el domingo pasado mi madre me volvió a mandar la foto del collar que le compró a ese perro en Reyes y que sigue en un cajón de su casa. — Levantó las dos manos —. Y porque si esto se cae ahora, se cae en la boda de mi hermana, y mi hermana no ha hecho nada.
Cogí un lápiz de la mesa y le di la vuelta dos veces. Lo tenía decidido antes de que llegara, y lo tenía decidido en contra, y llevaba desde las once y cuarto de la mañana con la mano acordándose de haber escrito el nombre de otro en mi propia pared con un pincel del ocho.
— ¿Y las invitaciones? — pregunté.
— ¿Qué pasa con las invitaciones?
— Que quién firma.
Quique me miró sin entenderlo. Y luego, como si estuviera repitiendo algo que le habían dicho y que a él le pareció una obviedad, contestó:
— Mi hermana dice que quiere que ponga quién las ha hecho. En pequeñito, abajo. Dice que si va a pagar dos mil cuatrocientos euros por unas invitaciones bonitas no piensa consentir que parezcan salidas de una imprenta.
— ¿Con mi nombre?
— Pues claro que con tu nombre. ¿Con el mío?
Estuve callado el tiempo suficiente para que se le pusiera cara de estar metiendo la pata.
Lo de dentro se me subió del todo y se me quedó parado en algún sitio entre el esternón y la garganta, y desde ahí no se movía ni para arriba ni para abajo.
Nueve años. Nueve años poniendo el nombre de otro en cosas mías, y llega un enfermero de Urgencias, me ofrece un trabajo para tapar una mentira y me lo ofrece con la única condición que yo llevo desde los veinticuatro sin atreverme a poner encima de una mesa.
Iba a decir que no hacía falta. Tenía la frase entera montada, con la modestia puesta y el gesto de la mano y todo.
— Hecho — dije.
— ¿Hecho hecho?
— Hecho hasta el catorce de septiembre.
Quique soltó el aire de golpe, se echó para atrás en la silla y se rio con una risa que le salió cinco años más joven, y yo me quedé con el lápiz en la mano y con la certeza exacta de haber hecho una cosa por el motivo equivocado, o por el motivo correcto disfrazado del equivocado, que a efectos prácticos se paga igual.
Antes de irse me dijo que el domingo veinte había comida en el pueblo y que me avisaba con tiempo para que pudiera arrepentirme dos semanas enteras.
Luego me dio la mano otra vez, en la puerta, con la misma formalidad ridícula del primer día, y se fue a las ocho y cuarto porque entraba a las diez.
Cuando cerró la puerta, Yaiza se apoyó en el marco de la cocinilla con el trapo en la mano y me dio ese margen que da ella, que son unos cuatro segundos.
— Dime la verdad y luego ya nos inventamos otra.
Dejé el lápiz.
— Voy a hacer de novio de un tío al que no conozco de nada. Delante de su familia. Hasta el trece de septiembre.
Yaiza se me quedó mirando. Tiró el trapo al fregadero, cogió una silla, se sentó del revés con los brazos cruzados encima del respaldo y me dijo:
— Esa me vale. Sigue.