Que parezca de verdad Quique
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Quique

El jueves entré a las ocho con cuatro horas de sueño repartidas en tres tandas, y con la sensación de que el mundo se había vuelto ligeramente cómico a mi costa.

Aguanté hasta las once, y a las once, en el cuartito donde guardamos el material y donde caben dos personas si una de las dos mete la barriga, se lo conté a Berto.

Berto no se rio enseguida. Eso hay que reconocérselo.

Puso primero cara de estar procesando un dato clínico, luego cara de estar recordando algo, luego juntó las dos cosas, y entonces se apoyó en la estantería de las gasas y se rio hasta que le tuve que decir que bajara la voz porque estaba la Bernabé en el pasillo.

— Que te ha llamado a la puerta — dijo, secándose un ojo —. El de la foto. Que ha subido y te ha llamado a la puerta.

— Y me ha dicho que por lo visto llevamos dos años saliendo.

— Yo me callo.

— Cállate de verdad, no de mentira.

— Es que llevo diez meses diciéndote que esto iba a explotar — dijo Berto, y se puso a doblar una talla que no había que doblar, porque este hombre no sabe hablar sin tener las manos ocupadas —.

Yo te lo dije cuando lo del collar. Te dije: Quique, ese collar es el principio del fin.

Un collar es material. Cuando una mentira empieza a generar material, se acabó.

— Gracias, muy útil.

— Bueno, pues plan B. — Dejó la talla —. Rubén.

— ¿Qué Rubén?

— El del turno de tarde. Alto, simpático, tiene una moto.

— Berto, Rubén tiene novia y un hijo.

— Ya, pero un fin de semana.

— ¿Tú te estás oyendo?

— Rubén no, entonces. — Se lo pensó. Berto no se piensa las cosas, así que aquello fue un acontecimiento —. Hay aplicaciones.

— No hay aplicaciones.

— Hay aplicaciones para todo. Sonia contrató un tío para montar un armario.

— Eso es un montador de muebles.

— Pues igual, pero para bodas.

Aquello duró hasta las once y media. Y produjo, entre otras, las siguientes ideas: que le dijera a mi familia que Rafa había tenido que irse a Chile por trabajo; que le dijera a mi familia que Rafa era hipocondríaco y tenía miedo a las alquerías; que contratara a un actor; que se lo pidiera a un primo de Sonia que hace teatro amateur en Alboraia y que, según Berto, «hace de todo, hasta de mujer»; y que me pusiera yo malo el mismo día de la boda de mi hermana.

Ese lo descarté sin discutirlo, porque prefiero la cárcel.

Cada idea era peor que la anterior y cada una la defendió con más convicción que la anterior, que es el método Berto y que es también, si os fijáis, el método por el que yo llegué a tener un podenco imaginario, hasta que sonó el timbre del box 2 y estuvimos cincuenta minutos con un señor que se había clavado una espina de pescado en la garganta y que insistía en hablar.

Insistía mucho. Y ya al salir, con la mano en el picaporte del cuartito y sin darle ninguna importancia, como quien deja una llave encima de una mesa, Berto dijo la única cosa sensata de la mañana.

— Di que te ha dejado.

Y a mí, durante unos cuarenta minutos, aquello me pareció una solución perfecta.

Pensadlo. Es limpio. Es creíble. Es lo que pasa.

La gente lo deja constantemente. Sobre todo la gente que tiene guardias, vive en otra ciudad y trabaja en una distribuidora de vinos.

Nadie te pide pruebas de una ruptura. Nadie te dice enséñame la foto del desamor.

Además me quitaba de encima la boda, el más uno, el collar, el podenco y dos años de expediente, y solo me costaba tres semanas de cara triste en las comidas de los domingos, que las hago con los ojos cerrados.

Salí a las tres, me fui a casa, me duché, me hice unos huevos, me los comí de pie en la encimera y a las cinco menos cuarto llamé a mi madre.

— Nene, ¿estás?

— Mamá, que te estoy llamando yo.

— Ay, es verdad.

Estuvimos siete minutos con la floristería.

Los centros van altos, pero uno bajo en la mesa de los abuelos de Aleix porque la abuela no ve por encima.

Cuatro minutos con un vestido que ha visto en una tienda de la avenida y que dice que le hace de un color raro, y el color raro resultó ser verde.

Dos minutos con mi padre, que estaba en el garaje, que está siempre en el garaje desde que se jubiló de Correos, y que desde el fondo dijo bueno.

Y entonces cogí aire. Me agarré al canto de la encimera con la mano libre y le dije que tenía que contarle una cosa.

Y ella contestó con una voz que le salió cinco años más joven.

— ¿Que viene Rafa el domingo?

Un buen profesional sabe cuándo un procedimiento se ha complicado.

Yo llevo once años en Urgencias y reconozco perfectamente el momento exacto en que un plan deja de ser viable, y ese momento fue ese, ese justo, con mi madre esperando al otro lado del teléfono con una alegría que no le cabía en el pecho.

Y aun así lo intenté. Ahí está mi mérito, o mi tontería.

— No, mamá. Es que Rafa y yo... hemos estado hablando y...

Y no llegué al verbo. No hizo falta llegar al verbo.

Mi madre tiene sesenta y un años, un ictus a la espalda y una mano izquierda que no siempre le obedece y que disimula desde hace diez años poniéndosela debajo de la otra en las fotos, y esa mujer, con lo que había oído hasta ahí, ya se había puesto a llorar.

No a llorar de escándalo. A llorar bajito, que es peor.

Me dijo ay, nene. Me dijo pero si a mí me hacía tanta ilusión.

Me dijo que no le hiciera caso. Que ella era una tonta.

Que lo importante era que yo estuviera bien.

Y luego, porque mi madre siempre encuentra la frase que te termina de rematar, dijo que le daba pena por el perro.

— Por el perro no llores, mamá.

— Es que le tenía comprado el collar.

Colgué a los tres minutos habiéndole dicho que no, que qué va, que no era eso, que solo era que estábamos organizándonos con las fechas y que Rafa iba a la boda.

Se lo dije con una alegría de vendedor de coches.

Ella se lo creyó en seis segundos y volvió a los centros de flores como si nada, y yo me quedé de pie en mi cocina con el teléfono en la mano y las orejas ardiendo. De pie. Como siempre.

Total: que en un solo día había ampliado el problema en vez de resolverlo.

Estuve toda la tarde dándole vueltas en la cama sin dormir, con el aire puesto y la persiana bajada, buscando la manera de que la ruptura fuera creíble sin que mi madre volviera a poner esa voz, y a las seis y media ya había aceptado que no existe.

Que no existe. No hay ninguna versión de esta historia en la que yo salga por la puerta sin que alguien se quede llorando en una cocina de Alfarra por un perro que no existe.

A las siete me llamó mi hermana. Y mi hermana llama por teléfono como quien entra en una habitación pegando una patada.

— ¿Tú tienes a alguien que sepa dibujar?

— Hola, Neus.

— Que si tienes a alguien que sepa dibujar, es urgente.

— ¿Urgente de urgencias o urgente de bodas?

— Quique, te juro por lo que más quieras.

La cosa es que la chica que llevaba la papelería, una que le había recomendado una compañera del estudio, se había caído del proyecto.

No de una escalera: del proyecto. Se había ido a Berlín con un contrato.

Y les había mandado un correo muy amable el martes por la noche diciendo que lo sentía muchísimo.

Muy amable. Y a Neus le faltaban dos meses y le quedaban por hacer las invitaciones de la segunda tanda, las minutas de las ciento veinte, el seating grande de la entrada y un mural de tres metros para el photocall del patio, que era la ilusión de su vida y que Aleix ya había metido en el Excel con su casilla y su presupuesto.

— ¿Cuánto tenías presupuestado? — le pregunté, y no sé ni por qué lo pregunté.

— Dos mil cuatrocientos. Y ese dinero está apartado, que lo sepas, no es que yo vaya regateando por ahí.

— Ya.

— Aleix ha dicho que puede hacerlo él con una plantilla.

— Neus.

— Ya lo sé. Ni se te ocurra decirme lo que estás pensando, que ya me lo he dicho yo sola en el coche.

El caso es que me quedé mirando la pared blanca de mi cocina y me pasó por delante, muy despacio, como pasan los autobuses cuando no es el tuyo, todo lo que tenía delante: un hombre de mi edificio que pinta ocho metros de pared y luego escribe encima el nombre de una empresa.

Un hombre con el aire acondicionado roto que se había negado a que le pagara y que encima me dio las gracias por un vaso de agua.

Un hombre que necesitaba cobrar y que no iba a coger un céntimo por hacerme un favor.

Y al final de todo aquello, muy tranquila, esperándome, una boda con un hueco de dos mil cuatrocientos euros dentro y una casilla vacía en un documento de mi cuñado donde tenía que ir escrito un nombre que todavía no era de nadie.

— Igual tengo a alguien — dije.

— ¿Alguien bueno o alguien que es tu amigo?

— Alguien muy bueno.

— Mándame trabajos.

— Te mando una pared.

— ¿Cómo que una pared?

— Que te mando una foto de una pared y me dices.

Le mandé una foto del mural hecha aquella misma tarde desde el balcón, con la luz de las siete, que le sienta mejor a esa pared que la del mediodía, y mi hermana, que es arquitecta técnica, que se pasa el día mirando planos de gente que cobra por hacerlos y que no le ha dicho nada bonito a nadie desde la primera comunión, tardó cuatro minutos en contestar y contestó esto: joder.

Y luego: ¿ese es de aquí? Y luego, tres minutos después y en mayúsculas: QUIQUE, QUE ME LO TRAIGAS.

Bajé a la calle a las ocho y media con la excusa de comprar pan, que a esa hora es una excusa muy mala, porque lo que quería era pasar por el solar y verlo desde abajo.

Desde abajo es distinto. Y lo que quería sobre todo era llegar al portal habiendo ordenado en la cabeza lo que iba a decirle, porque a mí las cosas se me ocurren solas y salen solas y por eso estoy donde estoy.

Así que volví ensayando. En voz alta. Por la calle. Como un pirado.

— Es un trabajo — dije, subiendo el bordillo —. Es un trabajo pagado, no es un favor, y lo firmas tú. Eso es lo primero. Lo firmas tú.

Un chaval que pasaba con el perro me miró y aceleró un poco. Aceleró. Doblé la esquina, empujé la puerta del portal, que pesa una barbaridad y hay que empujarla con el hombro, y seguí a lo mío en el hueco de la escalera, que tiene una acústica de iglesia pequeña.

— Es un trabajo pagado, lo firmas tú, y lo otro es una condición del trabajo, como cuando te piden que vayas de negro a un evento.

— Habla más bajo, Quique.

Chelo estaba en el segundo, en el descansillo, con la regadera verde en una mano y el brazo apoyado en la barandilla, mirándome desde arriba por el hueco de la escalera con una tranquilidad absoluta, porque Chelo tiene setenta y un años, riega las plantas de todo el edificio, incluidas las mías, y desde ese descansillo se entera de cosas que no ocurren.

— Buenas, Chelo.

— Buenas. — Regó —. Que hables más bajo, hijo, que aquí se oye todo. Y menos en la escalera, que es como un altavoz.

— Estaba repasando una cosa del trabajo.

— Ya.

Subí un tramo. Me paré en el rellano del primero y desde ahí, sin verla, con la barandilla de por medio, le pregunté a la escalera lo que no le habría preguntado a nadie con la luz encendida.

— Chelo, si a usted un vecino le pidiera un favor muy raro, pero muy raro, y le pagara por él, ¿usted qué pensaría?

Hubo un silencio de dos segundos, el ruido del agua cayendo en una maceta y el chirrido de la regadera al apoyarse en el hierro de la barandilla, porque en un edificio sin ascensor todo el mundo se conoce por el ruido que hace al subir. Chelo me conoce a mí por los escalones de dos en dos.

— Pensaría que el favor le da igual — dijo Chelo — y que lo que quiere es el vecino.

Terminé de subir los dos tramos que me quedaban sin decir ni una palabra más, con las orejas ardiendo por segunda vez en el mismo día, cerré la puerta de mi casa, me apoyé de espaldas en ella y me quedé ahí un rato de pie con la barra de pan en la mano como si fuera un instrumento que no sé tocar.

Luego dejé el pan en la encimera. Cogí el móvil.

Y le escribí al número que me había guardado el día antes como Marc bajo.

Sé que has dicho que no. Esto es otra cosa. ¿Te va bien mañana en tu barrio, donde tú digas? Es de trabajo. Q.