Que parezca de verdad Marc
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Marc

Lo primero que hizo el hombre del tercero fue cerrar los ojos un segundo, como quien recibe una factura que ya se esperaba, y lo segundo fue apartarse de la puerta y decirme que pasara, que fuera, que hacía un horno.

Yo pensaba decir que no. Tenía la frase preparada desde el segundo escalón y todo. Pero desde dentro de aquel piso salió una corriente de aire a veintitantos grados que me dio en la cara como una mano fresca en la frente, y mi cuerpo, que es un traidor, entró antes que yo.

— Madre mía — dije.

— ¿Qué?

— Nada. — Me quedé parado en mitad del salón con los brazos colgando, empapándome de frío —. Que aquí se está bien.

— Está a veinticuatro. — Cerró la puerta —. ¿Tú tienes el aire roto?

— Yo tengo el aire muerto.

— Joder.

El piso era de sesenta metros y parecía de alguien que se había mudado el mes pasado.

Un sofá gris de tres plazas, una mesa baja con un cargador y nada más, una estantería con cuatro libros y una foto de una boda que no era la suya.

En la pared, dos clavos sin cuadro. Las paredes limpísimas, blanquísimas, sin una sola marca de nada, y a mí eso me impresionó más que si hubiera encontrado la casa llena de basura, porque a los siete años de vivir en un sitio uno ya ha dejado huellas aunque no quiera.

Quique Sanchis, que fue como se presentó dándome la mano igual que si estuviéramos en una reunión, mide algo más de metro ochenta, es ancho de hombros, tiene barba de tres días de las que se cuidan poco y se llevan bien, y unas zapatillas blancas de trabajo que a esa hora de un miércoles de julio no tenían ninguna justificación.

En el antebrazo izquierdo lleva una golondrina tatuada, azul, de las de los veintiuno, con el ala derecha torcida hacia arriba en un ángulo que ningún pájaro ha conseguido nunca.

Le calculé cuatro o cinco años más que yo.

Y no se sentó. Fue a la cocina, tres pasos, se apoyó de espaldas en la encimera con las manos agarradas al canto, y desde ahí me habló todo el rato, como si estuviera atendiendo a alguien en un mostrador.

— Vas a tener que contármelo — le dije —. Porque yo llevo dos horas intentando entenderlo solo y no me sale.

— Ya. — Se pasó la mano por la cara —. ¿Quieres agua?

— Quiero que me lo cuentes.

— El agua es porque yo lo cuento mejor si el otro tiene algo en la mano.

Me dio un vaso de agua fría. Me lo bebí entero de pie. Y entonces Quique me contó, en once minutos y sin pararse casi a respirar, la historia más ridícula que me han contado en persona.

Nochebuena de hace dos años. Alfarra del Túria, un pueblo a media hora larga por la pista de Ademuz, veinte personas en una mesa que se monta con dos tableros y una sábana, y una tía llamada Amparo que aquella misma mañana me había agarrado a mí del brazo en una plaza.

Le preguntó desde el otro extremo de la mesa si pensaba quedarse así toda la vida.

Y Quique, que llevaba ocho años diciendo que estaba bien solo y ocho años sin que le creyeran, contestó que estaba con alguien.

— Y ya está — dijo —. Esa era la idea. Decir eso y seguir comiendo.

— Pero.

— Pero mi familia es un juzgado. — Cambió el peso de un pie al otro —.

En cuatro minutos yo ya le había puesto nombre, oficio, provincia y perro.

Nombre, porque lo preguntó mi madre. Oficio, porque lo preguntó mi cuñado.

Provincia, porque lo preguntó mi primo Ximo, que pregunta cosas como quien tira piedras.

Y perro, porque lo preguntó mi tía, y a esas alturas yo ya no controlaba lo que salía de mi boca.

— ¿Qué perro?

— Un podenco. — Cerró los ojos —. Trufa.

— Trufa.

— Trufa.

Me tuve que sentar. Me senté en el borde del sofá, en el sitio donde se sienta la gente que va a irse enseguida, y me tapé la boca con la mano, y me estuve un rato así porque no me apetecía nada reírme delante de aquel hombre y me estaba costando un trabajo enorme.

— Ríete — dijo Quique —. Ya me río yo solo todos los días.

— Es que su tía me ha preguntado por el perro.

— No me digas eso.

— Me ha preguntado que cuándo la llevo.

— Es una podenca — dijo, y se tapó la cara con las dos manos —. Le puse un perro y luego dije que era hembra, y ahora mi madre le habla en femenino y ha comprado un collar.

Lo peor no fue el podenco. Lo peor fue que Quique se puso a hacer las voces.

Se apartó de la encimera, se colocó en mitad de la cocina y me representó la mesa entera de aquella Nochebuena poniendo un tono distinto para cada uno, y a la tía Amparo la imitó con una precisión que me puso los pelos de punta, porque la mujer me había hablado a mí seis horas antes exactamente así, con ese cariño de martillo neumático.

— Y yo ahí, con el cuchillo del turrón en la mano, mintiendo como un descosido y viendo a mi madre poner una cara de felicidad que llevaba diez años sin ponerse — terminó, y volvió a apoyarse en la encimera con las manos agarradas al canto —.

Eso es lo que hay que entender. Que yo iba a rectificar al día siguiente.

— ¿Y qué pasó al día siguiente?

— Que era Navidad, y en Navidad no se rectifica nada.

Yo entiendo bastante bien cómo se construye una cosa a base de decisiones pequeñas.

Es lo que hago: uno no dibuja un mural, uno decide dónde va una línea y luego dónde va la siguiente, y cuando llevas ochocientas decisiones tienes ocho metros de pared y ya no puedes cambiar la primera.

Lo que Quique me estaba contando era exactamente eso, pero con una familia dentro.

— ¿Y yo? — le pregunté.

Ahí se calló. Fue el único momento de toda la conversación en que aquel hombre se quedó sin frase, y le duró lo suficiente para que se le notara. Sacó el móvil, buscó, y me lo dio con la pantalla hacia mí, y no lo soltó del todo, como si soltarlo lo hiciera más real.

En la foto se veía un andamio de dos cuerpos, con la lona a medio subir, y encima un tío de espaldas con una camiseta de tirantes y el brazo derecho estirado hacia la pared, en ese punto de la pincelada en que el hombro tira del omóplato y se le marca toda la línea desde la cadera.

Se veía el sol de lado, a las nueve o las nueve y media.

Se veía media pared pintada. Se veían las zapatillas manchadas.

No se veía la cara.

— La hice desde el balcón — dijo Quique, muy deprisa —.

El domingo veintidós, a media mañana. Llevaban dos años pidiéndome una foto y dos semanas pidiéndomela todos los días, y yo tenía que mandar algo o confesar.

Y estabas ahí. Y estabas de espaldas. Y pensé: mando esto, se callan un mes y en septiembre digo que lo hemos dejado.

— Se le escapó una risa por la nariz que no tenía nada de risa —.

Fue lo más rápido que se me ocurrió. Y es lo peor que he hecho en mi vida, y mira que he hecho cosas.

— ¿Y por qué no has dicho ya que lo habéis dejado?

— Porque a los dos días mi madre la puso de fondo de pantalla.

— Hace diez días — dije.

— Hace diez días.

— Llevamos dos años saliendo y la única foto que existe de mí es de hace diez días. Eso lo va a ver alguien.

— Nadie mira las fechas.

— Todo el mundo mira las fechas.

Miré la foto un rato más. Quique seguía sujetando el móvil por su lado y yo por el mío, los dos de pie en mitad de aquel salón blanco, y en la pantalla un hombre pintaba una pared sin que se le viera la cara.

— Está bien hecha — dije.

— ¿Qué?

— La foto. Está bien encuadrada. Cogiste el andamio entero y no cortaste la pared.

— Marc.

— Es una observación profesional.

— Es que te estoy pidiendo perdón.

— Ya me he dado cuenta.

Le devolví el móvil. Y le dije que no.

No lo dije enfadado, y creo que eso fue lo que más le desconcertó.

Yo no soy de escenas: cuando algo se me pone encima, lo que me pasa es que me entra un cansancio antiguo, como si el asunto no fuera de hoy sino la última entrega de algo que llevo pagando mucho tiempo.

Le dije que lo sentía por él, que me parecía que su familia era encantadora y que su tía Amparo tenía una vista impresionante, y que yo tenía un mural que acabar, dos facturas sin cobrar y un aire acondicionado roto, y que en esa lista no me cabía ser el novio de nadie durante dos meses y medio.

— Es solo un día — dijo Quique —. La boda. Un día.

— Y una comida antes, y otra después, y un grupo de WhatsApp.

— Bueno, el grupo no, el grupo es intocable.

— Ya.

Quique se quedó callado un momento y luego señaló con la barbilla hacia la ventana, hacia donde estaba el solar aunque desde el salón no se viera.

— ¿Y eso es tuyo? La pared.

— La pinto yo.

— Eso he dicho.

— No es lo mismo. — Cogí el vaso otra vez, aunque estaba vacío, porque tenía que hacer algo con las manos —.

Lo pinto yo. Lo diseñé yo. Lo firma un estudio del Cabanyal que se llama Estudi Rovira y para el que llevo cuatro años trabajando.

El hueco de la firma está ahí abajo, a la derecha, marcado a lápiz desde mayo.

Voy y lo relleno yo mismo con su tipografía, que además tiene una erre mayúscula hecha a mano de la que están muy orgullosos.

— Espera. — Quique se separó de la encimera —. ¿Tú vas y escribes en tu propia pared el nombre de otro?

— Con dos capas, para que no se transparente.

Se me quedó mirando de una manera nueva, con la cabeza un poco ladeada, como se mira una radiografía que no acaba de cuadrar con lo que el paciente te ha contado.

Y yo, que hasta ese momento había llevado la conversación bastante bien, me arrepentí de haber abierto la boca, porque hay cosas que uno puede decir en voz alta durante nueve años sin que le pasen factura y luego llega un desconocido y las oye por primera vez.

Y entonces la lio.

— Te pago — dijo.

Fue un segundo. Lo dijo sin pensarlo, con las manos abiertas, con la mejor intención del mundo, con la misma cara con la que un rato antes me había ofrecido agua.

Y a mí se me subió una cosa por el pecho que no era orgullo exactamente, porque el orgullo se puede permitir la gente que llega a fin de mes, pero se le parecía bastante.

— No hace falta — le dije.

— No, si no lo digo como...

— Que no hace falta. — Dejé el vaso en la mesa baja, en el posavasos, que era el único objeto de aquella casa que parecía puesto por alguien —. Gracias por el agua.

Quique me acompañó hasta la puerta y por el camino intentó dos cosas más, una broma y una frase que empezaba con mira, y las dos se le quedaron a mitad porque yo ya estaba en el rellano.

En el descansillo del segundo, Chelo había vuelto a regar y el suelo estaba mojado en un círculo perfecto.

Bajé despacio, agarrado a la barandilla, notando cómo el aire iba subiendo de temperatura escalón a escalón, y para cuando abrí la puerta del bajo ya estaba otra vez a treinta y cuatro grados y el cubo del split seguía haciendo su trabajo de gotera educada.

Me senté en la silla de la mesa de caballetes. Encendí el ventilador de mesa. Me quedé mirando el cartel del ciclo de cine, que seguía sin ser más alegre.

A los diez minutos me vibró el móvil. Un número que no tenía guardado.

Perdona otra vez. Te mando la foto para que la tengas tú, que es tuya más que mía. Q.

Y debajo, la imagen.

La abrí, la puse a pantalla completa y la estuve mirando mucho más rato del que hace falta para mirar una foto.

El andamio. La lona. El brazo estirado. La línea del hombro, bien cogida, exactamente la que yo habría dibujado si me hubiera tocado dibujar a otro haciendo eso.

Y encima de todo, el sol de junio dándome en un lado de la nuca.

En aquella foto había un hombre trabajando en algo que había hecho él y que iba a llevar el nombre de otro, y no se le veía la cara.

Amplié con dos dedos, por si acaso. Se le veía todavía menos.

Dejé el móvil boca abajo encima de la mesa, cogí el lápiz y me puse a dibujar la marquesina del tranvía. Me salió torcida. La borré. Empecé otra vez por el poste de la izquierda.