Que parezca de verdad Quique
7%

Quique

A las ocho menos cuarto de aquel miércoles yo estaba sacándole un anzuelo del dedo a un señor de setenta y dos años.

Setenta y dos. Se había ido a pescar a la Malvarrosa de madrugada porque su mujer le había dicho que no fuera, y en el rato que tardé en prepararle el campo ya me había contado que la mujer se llama Fina, que llevan cuarenta y seis años casados y que el anzuelo no se lo iba a mencionar en su vida. Lo dijo dos veces.

— Eso no se lo va a poder ocultar, Emilio — le dije, y le puse el brazo donde tenía que ponerlo —. Que le va a quedar el dedo como una berenjena.

— Le digo que me di con la puerta.

— Con una puerta con anzuelo.

— Usted no conoce mi casa.

Ese es el turno de noche en Urgencias del Clínico a principios de julio.

La gente llega deshidratada y quemada, o mareada, o con una tontería que a las cuatro de la mañana se ha hecho enorme, y tú tienes doce horas para caerles bien, porque si les caes bien te dejan hacer tu trabajo y si no, no.

Yo tardo catorce segundos. No es ninguna virtud.

Es economía pura: pregunto una cosa que no venga a cuento, ellos contestan, y a partir de ahí ya somos dos personas hablando y no un uniforme y un número de box.

Aquella noche, además de Emilio, pasaron por mis manos un chaval que se había caído del patinete sin casco y con un vaso en la mano, dos golpes de calor de gente que había ido a la playa a las cuatro de la tarde como si el sol fuera un rumor, y Encarna, que viene cada quince días desde hace dos años, que tiene una hija en Zaragoza y dos nietos y a la que llamo por su nombre desde el pasillo porque le hace ilusión. Y porque a mí me cuesta cero.

Berto me esperaba en el control con dos cafés de máquina y esa cara suya de quien lleva desde las tres de la mañana guardándose algo, moviéndose de un pie al otro, con el cuello de la bata torcido y con prisa por contármelo.

Berto tiene treinta y seis años, dos críos, una mujer que se llama Sonia y que es la persona más paciente del Levante, y una incapacidad clínica para no contar las cosas.

Lo de la incapacidad es diagnóstico mío. Lo sostengo.

— Yo me callo — dijo, y me pasó el vaso.

— Gracias.

— Pero la del box 4 le ha dicho a la Bernabé que no se va sin una resonancia.

— No se calla usted ni debajo del agua.

— Y la Bernabé le ha dicho que aquí no se hacen resonancias por gusto — siguió Berto, y se apoyó en el mostrador con todo el cuerpo, como si fuera a quedarse a vivir ahí —.

Y la señora le ha dicho que en la privada se la hacen enseguida, y la Bernabé, sin levantar la vista del ordenador, le ha dicho: pues qué suerte.

— Es que la Bernabé es una artista.

— La Bernabé un día nos matará a todos y lo hará bien.

A las ocho y diez firmé el relevo, me cambié, saqué la bici del aparcabicis y salí por Blasco Ibáñez con esa luz de las ocho de julio que todavía no ha decidido si va a ser cruel.

De Blasco Ibáñez a mi casa hay ocho minutos.

Nueve con el del cruce en rojo, que te lo encuentras siempre.

Mi bici es azul, tiene quince años, chirría por un sitio que ya no consigo localizar y delante lleva una cesta de mimbre que me puso mi madre hace seis años, que odio con toda mi alma y que no he quitado nunca, porque cada vez que voy a quitarla me acuerdo de la cara que puso el día que me la enseñó y acabo comprando pan solo para meterlo en la cesta.

Llegué a casa a las ocho y veinte, subí los tres pisos de dos en dos por costumbre y no por prisa, me metí en la ducha, me comí de pie en la encimera dos tostadas con tomate y me acosté con la persiana bajada del todo y el aire puesto a veinticuatro, que es el número exacto en el que mi aparato hace ruido pero enfría.

Y me desperté a la una y cuarto con el móvil vibrando en la mesilla como si tuviera vida propia y cuarenta y un mensajes sin abrir, todos del mismo sitio: Els Sanchis, doce miembros, foto de grupo una paella que hizo mi padre hace seis años y que nadie se atreve a cambiar.

El primero era un audio de mi madre. Tres minutos y once segundos. Los audios de mi madre empiezan todos igual y llevan empezando igual desde que existen los audios, y yo me los escucho enteros, sin adelantar ni un segundo. No me preguntéis por qué.

Nene, ¿estás? Nene. Que te digo. Que ha llamado la de la floristería, que si los centros los queremos altos o bajos, y yo le he dicho que eso es cosa de tu hermana, y ella me ha dicho que tu hermana no le coge el teléfono. Que tú a tu hermana la ves. Díselo.

Después venían dieciséis mensajes de Neus.

Mi hermana se casa el trece de septiembre y desde marzo funciona como un sistema de alerta temprana: manda las cosas en cadena, primero el archivo, luego la explicación del archivo, luego una advertencia por si se te ocurre no abrir el archivo.

Entre medias, cuatro de Aleix, su novio, que es ingeniero y que ha convertido esta boda en un documento con pestañas del que habla como se habla de un país, así que tú le preguntas cualquier cosa, la hora, y Aleix te contesta que eso está en la B.

La B. Y detrás, como siempre, mi primo Ximo poniendo un vídeo de un tío cayéndose de una barca sin ninguna relación con nada.

Abrí la foto que había mandado Neus. El plano de las mesas de la alquería, hecho a mano con rotulador porque Aleix se lo hizo primero en el ordenador y ella dijo que así no se entendía nada: doce mesas redondas, ciento veinte nombres en letra pequeña, las flechas de los pasillos y una nota al margen que decía sin niños cerca de la barra.

Mesa 1, los padres. Mesa 2, los abuelos de Aleix y mi tía Amparo, que va a hacer todo lo posible por cambiarse antes del postre.

Mesa 3, la mía. Y en la mesa 3, con una letra clarísima y sin la más mínima duda, justo al lado de Quique, ponía Rafa.

Me quedé sentado en la cama con el móvil en la mano y el aire en la nuca, y estuve un rato largo pensando en lo cómodo que sería estar muerto. No en morirme. En estar muerto ya, sin el trámite.

Vamos a explicarlo rápido, porque cuanto más despacio se explica, peor queda.

Hace dos años yo tenía treinta y dos, un divorcio ajeno del que todavía me estaba recuperando —el de Berto y Sonia, que al final no se divorciaron, pero yo lo pasé fatal— y una familia que en cada comida de domingo me ponía a alguien delante.

El hijo de una vecina. El fisio del centro de salud.

Un chico majísimo de Llíria que hacía cerámica y que me enseñó fotos de todos sus cuencos, y había cuencos.

Sigo. Mi familia lleva quince años sabiendo que soy gay y lo lleva estupendamente, ese no es el problema; el problema es que lo lleva tan estupendamente que lo ha convertido en una afición, como el pádel, y cuando llevas ocho años seguidos diciendo que estás bien solo, la gente que te quiere deja de creerte y se organiza por su cuenta.

Total, que en Nochebuena, con veinte personas en la mesa de Alfarra y mi tía Amparo preguntándome desde el otro extremo si yo pensaba quedarme así toda la vida, dije que estaba con alguien.

Y ahí se me acabó el control. Porque lo que yo creía que era una frase, para mi familia era la apertura de un expediente.

¿Cómo se llama? Rafa. Lo primero que se me pasó por la cabeza, porque en la tele estaban dando un partido y el comentarista se llamaba Rafa.

¿Y a qué se dedica? Sumiller. No sé por qué.

Estaba mirando el vino. ¿Y de dónde es? De Xàtiva. ¿Y tiene perro?

Yo podía haber dicho que no. Yo iba a decir que no. Y dije que tenía un podenco que se llamaba Trufa.

Dos años después mi madre pregunta por ese perro más que por mí.

Me ha mandado fotos de una tienda de piensos.

Le compró un collar en Reyes, rojo, con un hueso de metal, y ese collar sigue en un cajón de su casa esperando a un podenco que no existe, y cada vez que lo veo me entran ganas de confesarlo todo y de tirarme por el balcón.

Por ese orden. Que yo no me inventé un novio para nadie.

Me lo inventé para que me dejaran en paz veinte minutos, y luego pasó lo que pasa cuando dejas una mentira suelta en una familia grande, que la adoptan, la crían y le compran cosas.

Y ahora hay una boda.

Las invitaciones las mandó Aleix en abril, en un sobre precioso, con una tipografía que le costó tres días de discusión con mi hermana, y la mía ponía Enrique Sanchis Poveda + 1.

Ese más uno lo he mirado más veces de las que ningún ser humano ha mirado un más uno en la historia.

A ver: un más uno es una casilla de dos caracteres, la cosa más pequeña del mundo, y a mí me pesa como un armario de tres cuerpos.

Le contesté a Neus lo único que se puede contestar a un plano de mesas, que es un pulgar hacia arriba.

A mi madre le puse que sí, que lo de los centros me parecía bien, altos, que ya hablaba yo con la floristería y que no se preocupara.

Y después escribí en el grupo. Que llevaba desde el lunes esquivándolo y ya no me quedaba sitio por donde salir corriendo.

Rafa está liado con la campaña de verano y anda de bodegas hasta arriba, pero contad con él para el trece. Os digo algo la semana que viene. Y ya está.

Me leí la frase antes de mandarla. Y ya está.

Lo pongo siempre. Lo pongo cuando no quiero que me pregunten más, y lo pongo tantas veces que si alguien me hiciera un estudio saldría que llevo diez años cerrando las conversaciones con un portazo pequeñito y muy educado.

La mandé igual. Treinta segundos después escribió mi tía Amparo, que a esa hora ya había vuelto del mercado con el carro.

Pues yo lo acabo de ver en la plaza.

Se me cayó el móvil encima de la cama. Lo cogí.

Lo volví a leer. Escribí tres respuestas y borré las tres, y mientras las borraba mi tía siguió escribiendo, porque mi tía nunca manda una sola cosa: guapísimo, un poco flaco.

Y luego: le he dicho lo del traje. Y luego un emoticono de una novia que no venía a cuento en absoluto.

Fui a la cocina descalzo, abrí la nevera, la cerré sin coger nada y me quedé de pie con las dos manos en la encimera, mirando el calendario de imán donde está marcado el trece de septiembre con un círculo rojo que hizo mi hermana con mi propio boli, en mi propia casa, sin pedirme permiso.

Sin pedirme permiso. Faltaban diez semanas y media.

Ocho personas escribiendo a la vez en el grupo, y lo que iba cayendo era del tipo por fin, ya era hora, que se venga a la paella del domingo.

Salí al balcón, que es un balcón de metro y medio con una silla en la que no me he sentado nunca, y me asomé por costumbre.

Desde ahí se ve la esquina, y en la esquina está el solar, y en el solar está la pared que lleva pintando desde mayo un tío subido a un andamio.

La señora de la regadera es Chelo, la del segundo, aunque Chelo todavía no lo sabe y en el barrio hay una porra sobre quién se lo va a decir.

Llevo dos meses viendo crecer esa pared desde aquí arriba con el café en la mano, y no había caído hasta ese momento exacto en que las dos cosas, la pared y mi problema, llevaban todo el rato siendo la misma.

Un tío al que yo, hace diez días, en un momento de imbécil absoluto, le hice una foto desde este mismo sitio.

— Collons — dije en voz alta, para nadie.

Y en ese momento llamaron a la puerta.

Miré el reloj del horno. Las dos menos cinco.

En este edificio no llama nadie a ninguna puerta: Chelo grita desde el rellano, el cartero deja los paquetes en el buzón aunque no quepan, y mi madre avisa por audio con cuarenta y ocho horas de antelación, o sea que fui a abrir con el móvil en la mano y el grupo vibrándome contra la palma.

Al otro lado había un hombre de mi altura menos un palmo, muy delgado, moreno, con una camiseta de tirantes decolorada y unas ojeras que no eran de aquella noche sino de un régimen de vida.

Los dedos manchados de negro. Olía a disolvente.

Y estaba tan derretido por el calor que lo primero que se me ocurrió fue que se me estaba muriendo una urgencia en el felpudo.

Me miró, miró el felpudo, volvió a mirarme.

— Hola — dijo —. Soy Marc, el del bajo. Y por lo visto llevo dos años saliendo contigo.