Que parezca de verdad Marc
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Que parezca de verdad

Que parezca de verdad

Por Teo Marchal

© inepub.com

Marc

La señora me agarró del brazo en mitad de la plaza de Benimaclet, con las dos manos y con una alegría que no me correspondía a mí, y lo primero que me preguntó, antes que el nombre y antes que nada, fue si al final iba a ir de traje claro o de oscuro.

— Perdone — le dije —. Creo que se ha confundido.

— Ay, no me hagas eso. — Me apretó el brazo un poco más, como quien comprueba si una fruta está en su punto —. Que yo a ti te tengo muy visto. El del andamio.

Y ahí ya no pude decir que no, porque el del andamio sí era yo.

Llevaba desde mayo subido a uno en el solar grande de la esquina, pintando ocho metros de medianera a razón de cuatro horas por la mañana, antes de que el sol pegara de frente, y a esas alturas medio barrio me había echado la bronca por no ponerme gorra.

La señora tenía sesenta y pocos, el pelo corto y muy bien puesto, un carro de la compra con la red por fuera y dos tomates a punto de escapársele por la malla.

Con la mano libre se abanicaba con un sobre del banco.

— Es que a mí — siguió — no me hace falta que me cuenten nada. Yo con verte, ya está. Y le dije a mi hermana: ese es. Ese es el que sale en la foto.

— ¿Qué foto?

— Pues la foto. — Me miró como se mira a alguien que pregunta si el agua moja —. La del andamio. Del solar de enfrente de tu casa, hijo, que la tengo yo aquí.

Empezó a buscar en el bolso con esa concentración de quien va a tardar diez minutos, y yo aproveché para ordenar la información que tenía.

Uno: una señora desconocida sabía dónde vivía.

Dos: existía una foto mía. Tres: había una boda.

Cuatro: mi bolsa de hielo se estaba convirtiendo en una bolsa de agua a una velocidad que en mi casa iba a repetirse igual, porque el aire acondicionado del bajo llevaba tres días muerto y el casero llevaba tres días sin cogerme el teléfono.

— Perdone — insistí —. Es que yo creo que de verdad se está confundiendo de persona. Yo me llamo Marc.

Ella levantó la vista del bolso un segundo, sonrió con un cariño enorme y siguió buscando.

— Que sí, hijo, que sí.

Hay una cosa que aprendí a los veintidós y que llevaba nueve años sin necesitar recordar: que uno puede decir su nombre en voz alta, con las vocales bien puestas, y que la otra persona lo oiga igual que oye un coche pasar.

Aquella señora no me estaba llevando la contraria.

Me estaba dejando decir lo mío y siguiendo a lo suyo, que es distinto y es peor.

— La boda es el trece de septiembre — dijo, y sacó del bolso unas gafas, no el móvil —.

Sábado. En la alquería, en el pueblo. Y a las siete todavía pega el sol en el patio, así que tú hazme caso a mí y ve de oscuro solo si aguantas, porque el año pasado el marido de mi prima acabó con la chaqueta en el respaldo y una cara de pollo hervido que no veas.

— Señora.

— Amparo.

— Amparo. — El hielo me chorreaba por la muñeca —. ¿La boda de quién?

— De Neus. — Se puso las gafas y me enfocó, y por primera vez me miró de verdad, de arriba abajo, como si estuviera calculando cuánta tela iba a hacer falta —. La hermana de Quique. Mi sobrina.

Silencio. Un chico pasó con un carrito de horchata y me pareció un espejismo. Al fondo, en la terraza de El Fumeral, tres jubilados discutían de fútbol debajo de un toldo que no daba sombra a nadie.

— ¿Quique? — pregunté.

— Quique. — Amparo se rio, encantada, y me dio un golpecito en el brazo —.

Mira este. Quique, el del tercero. El de tu casa.

— Bajó la voz para lo siguiente, que era lo bueno —.

Que ya era hora, ¿eh? Dos años. Dos años y nosotros sin verte el pelo, Rafa, hijo, que en esta familia se come todos los domingos y tú siempre tienes guardia.

Yo tengo por costumbre no reaccionar deprisa.

Es un defecto que a veces pasa por virtud.

Me quedé quieto en mitad de la plaza con tres kilos de hielo derritiéndoseme contra las costillas, repasando la frase entera, palabra por palabra, buscando por dónde tenía que estar el error, y no lo encontré.

La señora se llamaba Amparo. Su sobrino se llamaba Quique.

Quique vivía en el tercero de mi edificio.

Y por lo visto Quique tenía novio desde hacía dos años, un tal Rafa, que trabajaba mucho, que nunca iba a las comidas, y que era exactamente igual que yo de espaldas.

— Ya — dije.

— Claro que sí. — Amparo cogió el carro y se lo colocó bien, muy satisfecha de la conversación —. Y a Trufa me la traes, ¿eh? Que mi hermana lleva dos años preguntando por ese perro y ya está la mujer que no duerme.

— Trufa.

— El podenco. — Me miró por encima de las gafas, con una paciencia infinita —. Hijo, que es tu perro.

— Ya. — Me pasé la mano por la nuca, que estaba mojada, y le di al hielo un apretón que no venía a cuento —. Es que con este calor no me acuerdo ni de cómo me llamo.

Eso le hizo una gracia enorme. Se rio con toda la boca, muy fuerte, y una de las señoras de la parada del tranvía se giró a ver qué pasaba.

— Bueno, pues yo eso ya lo he dicho y ya está dicho. A mí que no me cuenten cuentos, que yo tengo muy buena vista. Y tú a Quique dile que su tía le ha visto y que se ponga bien la gorra en la moto, que va como un descosido.

— Va en bici.

— Peor.

Y se fue hacia el mercado con el carro, saludando por el camino a dos señoras y a un chaval de la frutería, sin la más mínima duda de haber cumplido una misión importante.

Yo me quedé en la plaza mirándola marcharse, con la camiseta empapada por dentro y por fuera, y la única cosa que me salió en voz alta fue una palabrota muy corta que no repito porque estaba un niño cerca.

El camino a casa son cuatro minutos por la calle Utiel y yo tardé el doble, porque en la esquina está el solar y en el solar está el mural, y me paré delante como llevaba parándome desde mayo.

Ocho metros de medianera, una fila de gente esperando el tranvía, todos de espaldas: un tío con la mochila colgando de un hombro, una madre con el crío en brazos, un chaval con los cascos, una pareja que se ha peleado y se nota en cómo no se rozan.

Y en medio, la única figura que mira al frente, una señora mayor con una regadera de plástico verde y unas gafas que le hacen los ojos enormes.

Esa es Chelo, la del segundo, que riega las plantas de todo el rellano y a la que metí en la pared sin decírselo a nadie.

Me faltaba la sombra del toldo y el reflejo de la marquesina, dos mañanas más, tres a lo sumo.

Abajo a la derecha, en el rincón limpio que dejé a propósito, había un rectángulo marcado a lápiz, esperando.

Ahí iba a ir la firma. Estudi Rovira, en su tipografía, en su gris, con la erre mayúscula que Dídac dibujó a mano hace ocho años y de la que sigue muy orgulloso.

Cuatro años trabajando para ellos y treinta y siete piezas después, esto ya no me hacía nada. Era como quejarse de la lluvia.

El móvil vibró en el bolsillo de atrás, al lado del rotulador. Yaiza.

— ¿Has cobrado? — Ni hola.

— Todavía no.

— Marc.

— Me ha dicho Dídac que el viernes.

— Eso te lo dijo hace dos semanas. — Se oía la máquina de fondo, ese zumbido de mosquito enfadado, y a alguien quejándose bajito —. Te debe mes y medio. Mil novecientos.

— Mil novecientos veinte.

— Peor todavía, que encima llevas la cuenta y no llamas. — Paró la máquina —. Mira, yo tengo ahí un dinero de la reserva del Corralet que no toco hasta septiembre. Te lo paso ahora y me lo devuelves cuando te pague ese hombre.

— No hace falta.

— Marc.

— Que no hace falta, en serio. — Cambié el hielo de brazo, porque el izquierdo se me estaba quedando de piedra —. Tengo julio pagado.

— ¿Y agosto?

— Agosto está lejísimos.

Yaiza soltó por la nariz ese aire que suelta cuando decide no discutir para poder discutir mejor otro día, me dijo que me pusiera gorra y colgó.

Y yo llegué a mi portal, empujé la puerta y me metí en el bajo izquierda, donde el termómetro que compré en marzo por dos euros marcaba treinta y cuatro grados a la sombra, y la sombra era todo el piso, porque mis ventanas dan al patio de luces y ahí el aire no entra ni con invitación.

El split de encima del sofá seguía haciendo su ruido de señor mayor levantándose de una silla.

Goteaba en un cubo que llevaba tres días llenándose de un agua que ya olía a algo.

Puse el hielo en el congelador, saqué cuatro cubitos, los eché en un vaso con agua del grifo y me senté en el borde de la mesa de caballetes, entre los papeles, sin encender ninguna luz.

Al casero le había escrito el domingo por la noche, el lunes a mediodía y el martes a las nueve, cada vez con una frase más corta, que es como escribe la gente a la que no le contestan.

El domingo puse buenas tardes y le expliqué lo del aparato con detalle, incluso con la marca del ruido.

El martes puse: sigue sin funcionar. Los tres mensajes tenían las dos rayas azules de leído, así que en algún punto de la provincia de Valencia había un hombre perfectamente enterado de que yo me estaba asando y con la decisión tomada de que aquello era un problema mío. En eso, por lo menos, coincidíamos.

Encima de la mesa había un cartel a medias para el ciclo de cine de verano de un centro cultural, ciento veinte euros, tres bocetos y una nota del cliente que decía que le gustaba mucho pero que si podía ser más alegre.

Debajo, la carpeta de facturas. Y debajo del todo, porque ese es el sitio exacto que le corresponde, un correo impreso de hacía nueve años que ya no hacía falta que leyera porque me lo sé, y que decía que el proyecto era interesante pero que en este momento no encajaba en la línea editorial.

Eso lo firmaban tres editoriales distintas con las mismas palabras, lo cual siempre me pareció una casualidad bastante ordenada.

Y entonces me puse a pensarlo despacio.

Un hombre que vive tres pisos por encima de mí, al que no sé si he visto alguna vez en la escalera, lleva dos años contándole a su familia que sale conmigo.

Le ha puesto un nombre a eso. Rafa. Le ha puesto un trabajo, probablemente, y una vida y unas guardias que le impiden ir a comer los domingos.

Ha hecho una foto de mi espalda desde algún sitio y la ha mandado a alguna parte.

Y dentro de dos meses y pico hay una boda con un más uno y una señora con muy buena vista que ya ha decidido que ese más uno soy yo.

Y luego estaba lo del perro. Inventarse una pareja lo entiendo, porque una pareja es una idea y las ideas no dan trabajo.

Pero inventarle un podenco, ponerle nombre, aguantar dos años de una señora preguntando por él en cada comida familiar y no haberse rendido todavía, eso ya no es mentir. Eso es mantenimiento.

Debería haberme dado igual. Con calor, lo raro no es que la gente se invente cosas: lo raro es que aguantemos tanto sin inventárnoslas.

Yo llevaba nueve años dejando que mi trabajo se llamara de otra manera y no me había muerto.

Podía perfectamente terminar el vaso, ponerme delante del ventilador de mesa, dibujar la marquesina del mural y no volver a acordarme.

Me terminé el vaso. Me puse delante del ventilador. Estuve nueve minutos.

Después cogí las llaves, aunque para subir tres pisos en tu propio edificio no hacen ninguna falta las llaves, y las cogí igual porque las manos necesitaban llevar algo.

En la escalera olía a lejía y a comida de otro.

Del patio de luces subía una radio y el ruido de un ventilador mejor que el mío.

En el segundo, delante de la puerta de Chelo, había cuatro macetas en fila con el suelo mojado alrededor, regadas hacía nada, y me acordé de que en la pared del solar esa mujer era la única que miraba de frente.

En el tercero solo había una puerta y un felpudo con una bicicleta dibujada, gastada justo por donde la gente pisa. Me quedé un segundo mirándolo porque el dibujo era malísimo y aun así se entendía perfectamente lo que era, que es lo más difícil de conseguir en este oficio.

Llamé.