Quique
La librería Bassols está en Ciutat Vella, en una calle estrecha a diez minutos andando de las Torres de Serranos.
Ochenta metros cuadrados y tres columnas en medio que estorban muchísimo.
El catorce de marzo, a las siete de la tarde, había dentro ciento y pico personas y fuera otras treinta esperando en la acera, y el chico de la puerta iba dejando entrar según salía gente, como en las discotecas de Russafa pero con más gente mayor.
Yo llegué a las siete menos cinco y me puse el último de la cola de fuera. El último.
A propósito, que conste. Podía haber entrado por la puerta de atrás, la que da al almacén.
La librera se llama Empar y llevaba desde enero mandándome mensajes para organizar aquello sin que Marc se enterase de la mitad.
Podía haberme puesto en primera fila con la familia.
Podía haber estado dentro desde las seis colocando sillas, que es lo que se me da bien.
Y me puse a hacer media hora de cola en la acera para que me firmara un libro un tío con el que duermo todas las noches.
Delante de mí había dos chicas de unos veinte años. Se habían leído el primero, el de los veintidós años, y hablaban de él como se habla de una cosa de la infancia. Una decía que su madre se lo leía en voz alta. La otra decía que llevaba nueve años esperando el siguiente y que ya no se lo creía.
Yo no dije nada. Estuve a punto, que ganas no me faltaron. Pero llevo desde octubre entrenando eso de no rellenar los silencios de los demás.
Aunque de poco me sirvió. A los cuatro minutos ya estaba hablando con el chico de la puerta, que se llama Nel, que estudia Historia y lleva dos años en la librería los sábados.
En los treinta minutos de cola me enteré de que su madre se acaba de operar de la rodilla y de que las presentaciones de álbum ilustrado son las que más gente traen y las que menos libros venden, porque la gente viene a mirar los dibujos y luego se lo piensa.
Lo del precio, dijo Nel. La gente ve veinticuatro euros por un libro de dibujos y se le pone una cara.
Ese día vendieron ciento sesenta y cuatro. Nel se pasó los últimos veinte minutos yendo al almacén y volviendo con pilas de siete.
El libro se llama El último en irse. Ediciones Barbeta. Tapa dura, guardas naranjas igual que las del primero. Es el mismo que le dijeron que no a los veinticuatro salvo por el final, porque ahora, cuando el chaval se queda el último apagando luces, un día alguien se queda con él a apagarlas.
Lo rehízo entero entre octubre y noviembre en una mesa de caballetes de un bajo de Benimaclet, con un enfermero durmiendo dos metros más allá y quejándose de la luz.
En la página de la dedicatoria pone: Para Chelo, del segundo, que sale en la página 31 y todavía no lo sabe.
Chelo estaba dentro, en la segunda fila, con el bolso en las rodillas y la chaqueta buena, porque en cuanto mi tía se enteró de que venía la vecina del segundo le guardó el sitio con el abrigo desde las seis y media. Todavía no lo sabía.
Entré a las siete y veinte. El clan Sanchis ocupaba las cuatro últimas filas de la izquierda como una excursión del imserso: mi madre con la chaqueta buena, mi padre de pie al fondo apoyado en la sección de cocina porque no hay quien le siente en una silla plegable, mi hermana embarazada de cinco meses y con las piernas hinchadas, Aleix con el móvil en modo avión porque se lo hicimos jurar, Ximo, Merche, la niña.
Berto y Sonia en el pasillo. Yaiza en la esquina, con los brazos cruzados y esa cara suya de aquí he venido a llorar y no pienso hacerlo.
Y mi tía Amparo de pie en el lateral, grabando en vertical con el brazo estirado los cincuenta y un minutos que duró la presentación. Luego los mandó al grupo en catorce trozos y mi madre contestó a cada trozo con un corazón.
De cómo se llega desde una carpeta azul debajo de una cama hasta una mesa con micrófono, la versión corta es esta: Marc mandó un correo el diecisiete de octubre a la misma editora que le había dicho que no hace siete años, que ya no era editora sino directora editorial, con las setenta y una páginas escaneadas y tres líneas de texto en las que no pedía perdón por molestar.
Le contestó en nueve días. Eso, para el que no lo sepa, en ese mundo es como si te contestaran gritando.
Yo estaba delante cuando abrió el correo, un martes por la noche, y ese hombre lo leyó dos veces, cerró el portátil, se levantó y se puso a limpiar pinceles que ya estaban limpios, uno por uno, con muchísimo cuidado, y a los cuatro minutos me dijo, de espaldas y sin soltar el trapo, que a lo mejor salía.
Marc habló sentado, con el micrófono demasiado cerca de la boca.
Y contestó las preguntas de la editora con frases de seis palabras.
La gente se ríe con eso. Es un tío que dice tres cosas y el público le rellena el resto, y lleva funcionándole desde la primera videollamada con mi madre en julio del año pasado.
Le preguntaron por qué había tardado nueve años.
Se quedó callado un rato largo. De los suyos. De los que en una sala con ciento veinte personas duran una eternidad.
— Porque a los veinticuatro me dijeron que no y me pareció razonable — dijo Marc —. Y no había ninguna prisa. Y luego resulta muy fácil dibujar toda la vida para que firme otro.
Y luego, en la mesa de firmas, no volvió a hablar de eso, porque una cosa es contestar una pregunta delante de ciento veinte personas y otra ir contándola de uno en uno.
El mural del solar sigue con las dos firmas.
La del estudio abajo y la suya encima, torcida hacia arriba en la ele final y con una gota seca colgando del segundo pie de la eme.
Nadie ha ido a borrarla. Dídac Rovira publicó en enero una foto de esos ocho metros con un pie que decía ilustración de Marc Adell para Estudi Rovira, y le puso un corazón a la publicación de la librería la semana pasada, y en la vida real esas cosas se arreglan así o no se arreglan.
El ventilador sigue en el rellano del segundo, porque Chelo lo ha adoptado y le ha puesto un potus encima.
Y hay cosas que no se arreglan y que me parece justo dejar por escrito.
Yo sigo levantándome a las cuatro de la mañana después de un turno de noche y andando por el pasillo, solo que ahora el pasillo tiene cuatro metros y hay que esquivar una mesa de caballetes.
Él sigue diciendo que no hace falta unas doce veces por semana, y cuando lo dice yo le digo el número, y él dice que qué número, y así llevamos cinco meses.
Y en enero me pilló un domingo delante de la nevera calculando cuánto de lo que hay dentro lo he traído yo, una cuenta que llevo haciendo desde los veinticuatro años.
Se dio la vuelta con el café en la mano, me miró la cara y no me preguntó nada.
Me dijo que le pasara la leche. A veces eso es todo lo que hace falta.
Los domingos vamos a Alfarra. Todos. Mi padre hace el arroz y desde noviembre lo hace un poco menos seco, y no ha dicho nada al respecto, y nadie ha dicho nada al respecto, pero está menos seco. Mi madre le enseña a Marc fotos de gente muerta. Ximo pregunta cosas. La niña le trae papel.
Y sigue habiendo un podenco que no existe. Eso ya no hay quien lo pare. En la página 47 de El último en irse hay un perro pequeño y feo dibujado en tres viñetas al fondo. Y en el pie de página, en letra de siete puntos, pone Trufa. Mi madre lo encontró la primera noche. Me llamó a las doce y media.
Mi tía, cuando acabó la charla, se acercó a la mesa antes que nadie con el libro pegado al pecho y le dijo delante de la editora que ella lo conocía de antes de que fuera nadie, y luego se le quebró la voz y lo arregló diciendo que hacía mucho calor ahí dentro.
Marc le firmó el suyo, y otro para su vecina, y otro para la hija de la vecina, y a la cuarta le llegó por detrás el murmullo de doce personas esperando y se retiró con cuatro libros y una dignidad enorme.
La cola de firmas duró hora y media.
Yo era el último. Eso también fue a propósito, porque delante de mí, de pie, había pasado la mitad de la gente que me importa, y me estuve todo ese rato apoyado en la columna del medio, viéndole hacer una cosa que no le había visto hacer nunca: estar en un sitio en el centro.
Marc Adell se pone siempre en la esquina de las fotos.
Se sienta en el borde de las sillas. Se ofrece el primero para irse el último.
Y allí estaba. En una mesa con una pila de libros con su apellido en el lomo, con el rotulador del bolsillo de atrás en la mano y una fila de gente esperándole.
Chelo llegó a la mesa con su libro comprado por ella, veinticuatro euros pagados en caja como todo el mundo, aunque Empar le había ofrecido uno de la editorial y aunque mi madre intentó pagárselo.
Dejó el bolso encima de la mesa para tener las dos manos libres.
Marc no le dijo nada: le cogió el libro, lo abrió por la página treinta y uno y se lo giró.
Ahí hay una parada de tranvía. Ocho personas de espaldas mirando la vía y una señora mayor en el centro, de frente, con una regadera de plástico en la mano.
Chelo se puso las gafas. Miró el dibujo un rato largo, sin prisa y sin dar nada por bueno. Desde la columna del medio se oye todo: esa librería tiene ochenta metros y muy mala acústica.
— Esta tiene cara de mala leche — dijo Chelo.
— Sí — dijo Marc, y no la corrigió.
Y entonces se quedó muy quieta. Se le fue la mano al asa de la regadera dibujada y se paró a dos centímetros del papel, y ahí se le quedó, con doce personas esperando detrás sin decir nada.
— ¿Y esto está en todos?
— En todos.
— ¿Cuántos son?
— Tres mil — dijo Marc.
Chelo cerró el libro y se lo puso contra el pecho igual que las dos chicas de la cola. Y lloró un poco, tres o cuatro segundos, de pie, sin taparse la cara. Luego cogió el bolso de la mesa, dijo que llevaba mucho rato de pie y se volvió a su silla de la segunda fila.
A la dedicatoria no llegó hasta el martes.
La leyó en el rellano del segundo, con la regadera en la otra mano, y lleva desde entonces parando a todo el que sube por esa escalera para preguntarle si sabía que ella sale en un libro, y para preguntarle también, ya de paso, por qué la ha dibujado con esa cara.
Le firmó a Yaiza, que le dijo algo al oído que le hizo bajar la cabeza.
Le firmó a mi madre, que le pidió que le pusiera también la fecha.
Le firmó a Dídac Rovira, que apareció a las ocho menos cuarto con una camisa buena, compró dos ejemplares, le dio un abrazo de los suyos y le dijo delante de todo el mundo que era el mejor ilustrador que había pasado por su estudio, y lo dijo en serio, y luego se fue a su casa tan contento.
Le firmó al último de la cola de las siete menos cinco, que era yo.
Cuando me tocó, Marc levantó la vista y me preguntó a nombre de quién se lo firmaba. Se lo dije entero, el mío y el suyo, sin prisa y sin rematar la frase con nada. Ya no las remato. Las dejo abiertas, que es como se queda uno.