¿Qué haces conmigo? CAPÍTULO 29 UN DÍA A LA VEZ
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CAPÍTULO 29 UN DÍA A LA VEZ

Tenía que ir a la estación de bus, pero me perdí en mis pensamientos, no sabía dónde estaba, mis piernas avanzaron sin parar, me dolía el pecho, se sentía como un vacío y tenía dificultad para respirar.

Inhalé profundamente y observé un parque frente a mí, así que decidí sentarme y solo miraba al piso, el cemento tenía grietas, veía zapatillas y zapatos que cruzaban por mi vista, no veía de quiénes eran esos pies, no me importaba realmente.

Mi celular sonó y eso me distrajo de mi trance, revisé la pantalla y era mi mamá, me estaba llamando, no lo pensé y le contesté rápidamente.

— Hola mamá. – solté rápidamente.

— Hola hijita, al fin sé de ti, sí no te llamo, tú no me llamas. ¿Cómo estás? – reclamaba mi madre y con justa razón.

— Lo siento mamá. – le respondí en tono cansado.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? – preguntaba mi madre con preocupación. Eso me recordó que tenía que disimular, no quería preocuparla, más aún cuando está a muchos kilómetros de distancia.

— Si mamá, es que estaba distraída, me vine a un parque a relajarme y fue cuando me llamaste. ¿Cómo estás? – le dije en tono neutro para calmarla.

— Hijita, sí necesitas que regrese puedo ver la manera. – soltó mi mamá haciendo que me impresione, no sé sí lo decía de verdad o solo por decir, ella ya sabía mi respuesta a esa propuesta.

— No te preocupes, todo está bien. – le dije en tono calmado mientras mis manos se volvían puños.

— De acuerdo. ¿Cómo vas con tus vacaciones? – insistía mi mamá en conseguir información.

— Estoy pensando en buscar un trabajo, será bueno. – le comenté mientras pensaba en que trabajo podría buscar.

— Está bien hijita. A mí me está yendo bien en el trabajo, me llevo muy bien con todos, ya me estoy adaptando al cambio de horario. – farfullaba mi mamá sin parar haciendo que sonría ante su emoción.

— Me alegro mucho por ti. – le respondí cuando se detuvo un momento para tomar aire.

— Gracias hijita. – ya la escuchaba con voz somnolienta, por lo que me di cuenta que se estaba durmiendo.

— Bueno mamá, te dejo para que duermas, un abrazo. – le dije en tono tranquilo.

— Gracias hijita, que te vaya bien. – respondió con dificultad por el sueño.

— También tú. Adiós. – le dije y cortamos la llamada.

Miré mi celular aún con la pantalla apagada, y me di cuenta que extrañaba más a Mauricio que a mi mamá, eso me hizo considerar la clase de hija que soy.

¿Cómo podía sentirme así? Pero es la verdad, quizás es porque ya estaba preparada para que mi mamá se vaya y lo de Mauricio, no tanto, es frustrante.

Pase ambas manos por mi rostro y cabello, trataba de encontrar algo que me calmara o me aliviara de esto, pero no encontraba nada.

¿Qué haces cuándo estás decaída o triste?

Pizza...helado, revisé en mi celular para ver qué había más cerca.

¿Una pizzería o heladería? Encontré un local que estaba a solo diez minutos caminando y vendían helados naturales, así que me levanté de la banca para seguir el camino que me dictaba la aplicación, unos minutos después estaba en la heladería, el joven que atendía me sonrío mientras me saludaba y le respondí la sonrisa.

— Hola. – le dije mientras miraba las opciones de helado, había muchas opciones, pero yo ya sabía lo que quería.

— ¿En qué te puedo ayudar? – dijo en tono amable. Lo miré y pestañeé varias veces, tenía una mirada profunda, sus ojos son de color avellana, creo que es la primera vez que veo ojos de ese color, trate de reaccionar rápido para responderle.

— Me gustan los helados de chocolate y lúcuma, también los brownies. ¿Qué opciones hay que tengan eso? – le pregunté mientras me colocaba un mechón detrás de la oreja para verlo mejor.

— Hay un helado que es de chocolate, tiene fudge y brownies, también tenemos helado de lúcuma con brownie sin fudge y los tradicionales que sería solo chocolate y lúcuma. ¿Es la primera vez que vienes? – me pregunta sonriendo.

— Si, estaba cerca y decidí venir. Bueno sí tienes todas esas opciones, entonces me gustaría probar los cuatro sabores. – afirmé con seguridad.

— ¿Quieres un vaso de cuatro bolas? – exclamó con sorpresa, no pude evitar reírme.

— ¿No venden así? – le devolví la pregunta riéndome.

— En realidad solo vendemos hasta tres bolas, pero se puede hacer una excepción. – me mostró sus dientes en una sonrisa al añadir lo último.

— Perfecto, entonces quiero eso, gracias.

– respondí con ánimo. El joven de ojos avellana sonrío de nuevo y empezó a hacer maniobras para que entrarán cuatro bolas de helado en un recipiente de tres, traté de controlar la risa mientras me sentaba en una de las sillas y apoyaba mis antebrazos en la mesa mientras lo miraba preparar mi helado. Él se acercó con mi helado y le sonreí.

— Espero te guste. – dijo sonriéndome.

— Gracias, alegraste mi día, de verdad. – me sinceré con él.

— Me da gusto, esperaré tu opinión sobre los sabores.

– dijo con amabilidad y volvió a su puesto, así que empecé a comer el helado, realmente estaba delicioso, podía sentir el sabor de la fruta y el chocolate en mi paladar, el brownie era esponjoso, creo que podría volverse mi heladería favorita.

Unos minutos después desaparecí el helado, me sentía satisfecha y no pude evitar sonreír, me acerqué a él para agradecerle.

— Estaba delicioso, han hecho unas combinaciones excelentes. – le dije con alegría. Él me agradeció por los elogios, le pagué por el helado, y salí de allí, no sabía a dónde ir, otra vez, quizás debería volver a casa y empezar a buscar trabajo en la computadora.

Estaba caminando tratando de llegar a la avenida o a algún lugar que conozca o pase algún bus y sonó mi celular, miré la pantalla y tenía un mensaje.

— ¿Llegaste bien? – era un texto de Mauricio. ¿Por qué lo hace más difícil? Ya sé, debería bloquearlo, pero no quiero hacer eso, yo debería tener la fortaleza para parar esto, apreté mis manos para formarlas puños cuando guardé mi celular en el bolsillo.

¡No le escribas! Sí de verdad le importarás, te hubiera seguido, no habría dejado que te vayas así.

– me decía mentalmente, tenía que tener fuerza de voluntad, seguí caminando tratando de recordar el sabor de los helados para distraerme y funcionaba, finalmente llegué a la avenida, vi que pasaban algunos buses, así que decidí sentarme en el paradero a esperar que pasará algún bus que vaya cerca de mi ruta a casa, pero mi celular volvió a sonar, Mauricio estaba llamando, no le contesté y me mandó un mensaje.

— Solo dime si estás bien, por favor. – escribió con preocupación.

¿Qué debía hacer? Solo miraba la pantalla del celular y leía una y otra vez su mensaje, quería que este día fuera diferente, estar con él, cocinar y comer juntos, echarnos a la cama y abrazarnos hasta dormir, pero nada de eso pasó y me dolía inmensamente que no fuera así.

La pantalla de mi celular se encendió y era Mauricio llamándome, mi dedo se deslizó inconscientemente.

— ¿Sofía? ¿Estás bien? – escuchaba su voz de preocupación y mi pecho se contrajo.

— Si. – respondí cortante y el ruido de los buses se hizo presente.

— ¿Acabas de llegar? – insistía con sus preguntas.

— No, estoy en la estación de bus esperando. – hablaba en tono duro.

— ¿Sigues aquí? ¿Dónde estás? – estaba tenso, preocupado, decidí ser honesta con él.

— No sé exactamente en qué lugar estoy, solo estoy esperando que venga un bus que vaya por mi ruta. – me sinceré con él y tenía vergüenza por eso.

— Sofía mándame tu ubicación, por favor, espérame. – hablaba con rapidez.

— No te preocupes, puedo regresarme sola. – le respondí con el poco orgullo que me quedaba.

— Linda, por favor, mándame tu ubicación e iré pronto, por favor. – insistía.

¿Qué debía hacer?

Otra vez debería hacerle caso a mi cabeza o a lo que realmente quiero.

CAPÍTULO 30: CONFESIONES INESPERADAS

Mi mente y mis deseos no se coordinan, cuando se trata de Mauricio algo me impide pensar y actuar con claridad, odio ser tan vulnerable, débil con él. Tenía mi celular pegado al oído mientras escuchaba que me pedía mi ubicación para vernos, consideraba mis opciones, pero todo se reducía a lo mismo.

— ¿Sofía? ¿Estás ahí? – preguntaba Mauricio con inquietud.

Mi corazón latía sin parar, el nudo en mi garganta no se desenredaba, podía decirle que se alejará de mí, que no me hablará más, pero no quería, la verdad es que quería sentir sus brazos rodear mi cintura, que tocara mi mejilla, que besara mi cabello y mis labios, que me devorara como solo él lo sabía hacer.

— Mauricio, yo...no te entiendo. No entiendo qué es lo que quieres de mí. – decía con frustración, frotándome el rostro con las manos.

— Sofía, iré por ti y hablaremos. ¿De acuerdo? – propuso con mucha calma en la voz, deseando que yo también tenga esa calma, pero no podía, no lo lograba.

— Está bien. – me rendí ante lo inevitable.

Le envíe mi ubicación y unos minutos después estaba frente a mí.

¿Cuánto tiempo pasó? ¿Estaba cerca? No entendía nada, pero verlo...

no podía retener mi mirada en la suya, regresé mi mirada al piso y sentí su mano tocando la mía, veía nuestras manos enlazadas, mi mano estaba fría, helada, pero la de él era cálida, podía escuchar su respiración agitada, quizás corrió para venir rápido. ¿Realmente quería estar conmigo?

— Vamos. – ordenó sin soltar mi mano y comenzó a caminar, mis pies se dejaban llevar por su paso, yo no decía nada y él tampoco, mi mirada seguía fijo en nuestros pies, no quería verlo, me sentía mal con la situación, siempre sería así, eso es todo lo que él puede ofrecer.

Caminamos hasta llegar a su edificio, se detuvo en la puerta, seguía mi mano en la suya, así que metió su mano libre al bolsillo y sacó sus llaves para abrir la puerta, comenzamos a subir hasta el quinto piso que estaba su departamento y volvió a hacer lo mismo sin soltar mi mano, Luna apareció y se acercó a mis piernas, me hizo sonreír, no lo hacía desde que vi al hombre de los helados, Mauricio me guio al sofá y nos sentamos.