Qué había en las jaulas Capítulo 13
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Capítulo 13

El león

P ara el lunes por la mañana, la nota que había escrito en mi teléfono parecía ridícula.

Calvin: posible león en su residencia. Cicatrices. Lesión en una pata trasera.

Había escrito cosas más extrañas en mis cuadernos de policía, pero no muchas.

La primera noche con el equipo de vigilancia no había aparecido ningún camión de caja. Volveríamos a intentarlo aquella noche. La cámara todavía vigilaba el nuevo almacén, pero no tenía ninguna observación confirmada de Krissy desde que aquella mujer la llevó al edificio original.

Eso dejaba el asunto del león.

Comencé con la dirección que Luke me había proporcionado.

Cinco acres cerca de los límites de la ciudad. Una casa grande. Un taller independiente. Piscina. Cancha de tenis. La propiedad pertenecía a Sterling y Karen Watson.

Sterling era más fácil de localizar que la mayoría de los sospechosos, lo que me recordó por primera vez que él no era uno de ellos.

Tres concesionarios de automóviles. Participación en juntas directivas de organizaciones benéficas.

Patrocinios deportivos juveniles. Fotografías con alcaldes, administradores de hospitales y enormes cheques ceremoniales.

Ningún antecedente penal. Un puñado de demandas civiles relacionadas con los concesionarios, ninguna fuera de lo común.

Nada sugería que se tratara de un hombre que mantenía un león detrás de su casa.

Por eso, una hora después, estaba conduciendo hacia allí.

La propiedad se encontraba detrás de un muro de piedra y una puerta de hierro forjado. La puerta estaba abierta.

Estacioné cerca de la casa.

Antes de llegar a los escalones de la entrada, escuché algo. No era un rugido. Era un sonido más grave. Una vibración profunda que parecía viajar a través del suelo antes de instalarse en algún lugar detrás de mis costillas.

Me detuve.

—De acuerdo.

Luke no había exagerado.

La puerta principal se abrió. Una mujer salió.

—¿Puedo ayudarlo?

—¿Karen Watson?

—Sí.

Le mostré mi placa.

—Detective Steve Benson.

El reconocimiento reemplazó la cautela.

—Ah. Usted es el tío de Luke.

—Más bien un tío adoptivo.

—Y el novio de Carmen.

Al parecer, mi condición de detective ocupaba el tercer lugar.

—Eso también.

Su sonrisa desapareció.

—¿Ocurre algo?

—Probablemente no. Luke mencionó un animal poco común el sábado.

Karen cerró brevemente los ojos.

—Calvin.

—Luke, en realidad.

—Por supuesto.

—Me gustaría asegurarme de que todos estén a salvo.

Miró hacia mi camioneta.

—¿Alguien presentó una queja?

—No.

—Entonces, ¿qué tan oficial es esta visita?

—Soy un detective de policía que está de pie en su porche preguntándole si tiene un león.

Lo consideró.

—Es justo.

Karen salió y cerró la puerta detrás de ella.

—Está atrás.

—Entonces sí hay un león.

—Oh, sí.

De alguna manera, aquella confirmación tan sencilla resultaba más inquietante que una negativa.

Me condujo alrededor de la casa.

El recinto estaba más allá de la piscina: una cerca de gruesa malla metálica y una construcción techada lo suficientemente grande como para albergar a algo mucho mayor que un perro.

Un león macho descansaba a la sombra. Lo primero que noté fue el tamaño de una de sus patas delanteras, extendida sobre la tierra oscurecida por una manguera que goteaba.

Varias moscas levantaron el vuelo de un recipiente de comida vacío.

El olor era intenso incluso junto a una piscina tratada con cloro.

El animal levantó la cabeza. Detrás de mí, la bomba de la piscina seguía zumbando. Podía escucharla con demasiada claridad.

—Ese es Solomon.

El león se puso de pie.

Dejé de caminar.

Karen no.

—¿Está realmente segura de que esa cerca es lo suficientemente resistente para contenerlo?

—Sí.

—Suena muy convencida.

—Estoy eligiendo estarlo.

Solomon comenzó a acercarse.

Lentamente.

Su melena era más oscura de lo que esperaba y, cuanto más se acercaba, más fácil resultaba comprender a qué se había referido Luke cuando mencionó las cicatrices.

Varias le cruzaban el hocico. Otras le marcaban un hombro. El pelaje de uno de sus costados había vuelto a crecer de manera irregular y, al caminar, evitaba apoyar demasiado peso sobre la pata trasera izquierda.

Se detuvo a unos tres metros de la cerca. Entonces me miró directamente.

Un gruñido profundo salió de su garganta.

Todos los instintos útiles que poseía me recomendaron aumentar la distancia. Retrocedí un paso.

Karen estuvo a punto de sonreír.

—No le gustan los hombres.

—Habría sido útil saberlo antes de acercarme a la cerca.

—Tampoco le gusta Sterling.

—¿Le gusta alguien?

—Yo. Calvin. Sarah.

Una adolescente salió por la puerta trasera llevando un cepillo de mango largo. Extendió una mano hacia la entrada del recinto.

—Quédate afuera —le dije.

Su mano se detuvo.

—Él me conoce.

—Deja el cepillo.

Karen se colocó entre ella y el pestillo. Sarah apoyó el cepillo contra la casa, furiosa con los dos. Cuando pronunció el nombre de Solomon, el león dejó de gruñir y volvió la cabeza hacia su voz. Ella permaneció junto a la madre de Calvin.

—¿Cuánto tiempo llevan teniéndolo? —pregunté.

—Unos meses.

—¿De dónde vino?

Karen tardó demasiado en responder.

—Sterling sabe más sobre eso.

—¿Dónde está?

—Adentro. Se rompió una pierna la semana pasada.

—¿Qué ocurrió?

—Una escalera.

Sonrió débilmente.

—Se ha asegurado de que todos en la casa comprendamos lo miserable que se siente.

Volví a mirar a Solomon.

—¿Qué le pasó al león?

—¿Las cicatrices?

—Y la pata.

—Llegó así.

—¿De dónde?

—Sinceramente, no lo sé. Pensamos que tal vez venía de un circo.

Me volví hacia ella.

—¿Aceptó un león sin saber de dónde lo había conseguido su esposo?

—Cuando lo plantea de esa manera, suena peor.

—Me está costando encontrar otra manera de plantearlo.

Karen suspiró.

—Sterling lo trajo aquí. Solomon estaba delgado, herido y asustado. Sterling dijo que alguien iba a matarlo. Calvin lo vio y me suplicó que lo ayudáramos.

—¿Veterinario?

—Calvin trabaja para él.

—¿Quién?

—El veterinario no lo sabe.

—¿Permisos?

Su expresión respondió antes de que hablara.

—Estábamos intentando salvarlo y después devolverlo a África.

—Le creo. Pero eso no significa automáticamente que sea legal mantenerlo aquí.

—Nunca ha lastimado a nadie.

Solomon volvió a gruñir.

Miré hacia la cerca.

—Está haciendo un trabajo terrible respaldando su argumento.

Karen me condujo al interior de la casa.

Sterling Watson estaba sentado en un enorme sillón reclinable, con la pierna izquierda enyesada desde el pie hasta el muslo.

Se parecía a sus fotografías de internet: cabello plateado, reloj caro, bronceado intenso y la sonrisa despreocupada de un hombre que había pasado décadas vendiendo cosas.

—Detective Benson.

—¿Sabe quién soy?

—Karen me envió un mensaje mientras usted estaba afuera.

Plausible.

Me senté frente a él.

—¿Qué le pasó en la pierna?

—Una estúpida escalera.

—¿Cuándo?

—El otro día.

—¿Dónde?

—En uno de los concesionarios. Estaba cambiando una lámpara.

—¿Alguien lo vio?

Su sonrisa se amplió.

—¿Están investigando mi pierna rota?

—No.

—La escalera ya aceptó toda la responsabilidad.

Me cayó bien.

Eso era irrelevante.

—Hábleme de Solomon.

El humor desapareció de su rostro.

—Me imaginé que llegaríamos a eso.

—¿Cómo lo consiguió?

Sterling miró hacia las ventanas traseras.

—Va a pensar que soy un idiota.

—Depende de la historia.

—Un cliente me habló de un taxidermista.

Dejé de escribir.

—¿Un taxidermista?

—Sí.

—¿Qué tiene que ver eso con un león vivo?

—Ahí comienza la parte en la que soy un idiota.

Se acomodó en el sillón.

—Un cliente llega a mi concesionario y me cuenta que un tipo tiene un león disecado que alguien abandonó porque no podía pagarlo. Me dice que puedo conseguirlo barato.

—Usted quería un león disecado.

—Para el vestíbulo principal.

Me quedé mirándolo.

—He tomado algunas decisiones decorativas cuestionables.

—Continúe.

—Me da una dirección. Un almacén viejo. Me reúno con un tipo que se hace llamar Sal. Dice que el león ya está embalado en una caja.

—¿Cuándo se dio cuenta de que estaba vivo?

—Cuando lo escuché moverse.

—¿Antes de pagar?

Sterling miró hacia Karen y después volvió a mirarme.

—Sí.

Esperé.

—Me había dicho que costaba cinco mil. Yo pensaba que estaba comprando algo para el vestíbulo del concesionario. Entonces abrió un panel y vi al animal.

—¿Qué dijo Sal?

—Que estaba demasiado dañado para servir de algo. Que, si quería la piel, podía sacrificarlo yo mismo.

Karen permaneció en el umbral. Sterling dejó de intentar sonreír.

—Le pedí un minuto. Salí e hice dos llamadas. En el primer lugar no conseguí comunicarme con la persona que buscaba. En el segundo me pidieron detalles que yo no tenía. Sal salió y dijo que tenía que irse.

—Así que le pagó.

—Yo tenía un remolque. Él tenía un montacargas. Pensé que podía sacar al león de allí y resolver lo demás después.

—¿Ya tenía un recinto preparado?

—Un refugio cercado detrás del taller. Lo reforzamos. Sé que no es lo mismo.

Miró hacia las ventanas.

—Se suponía que sería solo una noche. Después no encontramos a nadie que pudiera recibirlo inmediatamente y Calvin comenzó a tratarle la pata. Cada día que lo manteníamos aquí hacía más fácil justificar el siguiente.

—¿Por qué no llamó a control animal?

—Porque pensé que se lo llevarían y lo sacrificarían.

—¿Alguien le dijo eso?

—No.

Se pasó una mano por el rostro.

—Ya me había convencido de que estaba salvándolo. No quería que alguien me dijera que había empeorado las cosas.

—¿Tiene el nombre completo de Sal?

—Nunca lo tuve.

—¿Número de teléfono?

—Ahora está desconectado.

—¿Todavía lo conserva?

Me entregó su teléfono. Copié el número.

—¿La dirección del almacén?

También me la proporcionó.

—¿Vehículo?

—Una pickup vieja. Café o verde oscuro.

—¿Descripción?

—Delgado. Unos cincuenta años, quizá. Barba. Gorra de béisbol.

No era mucho.

—¿Cómo conoció su cliente a Sal?

Sterling vaciló.

—¿Quién era el cliente?

—¿Es necesario?

—Sí.

Me dio un nombre.

Lo anoté y después miré su pierna enyesada.

—¿Solomon no le hizo eso?

—¿Lo de la pierna?

—Sí.

—No.

—Al parecer, no le cae muy bien.

—El sentimiento es mutuo.

—Karen dice que gruñe cada vez que usted se acerca.