Capítulo 2
La noche anterior
D ebí haber cancelado la cena.
Mañana por la tarde, Vic entraría solo en Denson Park y esperaría instrucciones de un hombre al que llevábamos dos años intentando identificar.
Estar sentado en un restaurante lleno de gente, fingiendo que me importaba cuánto tiempo tendríamos que esperar, me parecía una pérdida de la poca atención que todavía me quedaba.
Carmen sabía en qué estaba pensando. Jason también.
Los encontramos a él y a April bajo el toldo del restaurante, donde habían ocupado un extremo de una banca. Jason me vio acercarme y negó con la cabeza.
—Estás trabajando.
—Estoy parado frente a un restaurante.
—Tu cuerpo sí.
Carmen entrelazó su brazo con el mío.
—Lleva todo el día con la mente en otra parte.
—Mañana es un día importante —dije.
April le dirigió a Jason una mirada que impidió que hiciera la pregunta que estaba a punto de formular. Carmen sabía de Oscar. Sabía que Vic era policía y mi mejor amigo. Su misión era una de esas cosas de las que nunca hablaba en casa.
—Espero que por fin lo atrapen —dijo.
Había algo en su voz que me hizo volver la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Parecías enojada.
Su expresión se suavizó.
—Personas como él destruyen familias, Steve. Un muchacho toma una pastilla en una fiesta porque alguien le asegura que es inofensiva, y sus padres pasan la semana siguiente organizando un funeral. No siento mucha compasión por el hombre que se enriquece con eso.
Yo tampoco.
Miró hacia las puertas del restaurante.
—¿Estarás en casa mañana por la noche?
—No puedo prometerlo.
—¿Vas a salir de la ciudad?
—Depende de cómo vaya el día.
April rescató la conversación sin saberlo.
—Hablando de cosas que intentan matarme, la alarma de nuestra casa está poseída.
Jason soltó un gemido.
—Una falsa alarma.
—Dos. Las dos después de medianoche.
—¿Qué tipo de sistema tienen? —preguntó Carmen.
April la miró fijamente.
—Del tipo que no deja de sonar hasta que mi esposo recuerda el código.
—¿Está conectado por cables? ¿Tiene un teclado independiente?
—Creo que sí.
—Probablemente sea un contacto defectuoso en alguna puerta o ventana. Durante un par de años, cuando estaba en la universidad, trabajé instalando alarmas. Puedo echarle un vistazo.
A April se le iluminó el rostro.
—¿En serio?
—Claro.
Jason me señaló.
—¿Por qué tu novia no puede tener pasatiempos inútiles?
Carmen se rio. Cada pocas semanas descubría algo nuevo sobre su pasado. Instructora de yoga. Dueña de un negocio. Antigua instaladora de sistemas de alarma. Una mujer capaz de pasar diez minutos hablando de meditación y después vencer a todos los presentes en un concurso de preguntas deportivas.
El localizador que Jason tenía en la mano emitió un zumbido.
—Salvado por la cena —dijo.
Una vez dentro, el ruido del restaurante ayudó.
También Jason, que era capaz de mantener viva una conversación mucho después de que los demás se hubieran quedado sin nada que decir.
April se quejó de un vecino que había empezado a alimentar a las ardillas tan cerca de su casa que los animales ahora consideraban el porche una propiedad heredada.
Carmen habló del contratista que estaba remodelando su estudio de yoga y de su creciente convicción de que los plazos de entrega eran conceptos filosóficos.
—Quiere que traslade la clase de yoga en silla al piso de arriba —explicó—. Como si las personas que necesitan esa clase fueran a subir un tramo de escaleras para llegar.
—¿No puedes usar el salón principal? —preguntó April.
—Ahí es donde quiere instalar el piso caro.
Jason tomó otro trozo de pan.
—¿A los pisos caros no les gustan las sillas?
—Al parecer, al suyo no. Le dije que las sillas se quedan.
Me ofrecí a hablar con el contratista. Carmen me apuntó con el tenedor.
—Puedes cargar las sillas cuando lleguen. Yo puedo encargarme de la discusión.
Se volvió hacia April y comenzó a explicarle cómo quería distribuir el salón, hasta el espacio que necesitaría una persona con andador para pasar entre las colchonetas. Nunca había imaginado con tanta claridad cómo sería el estudio terminado.
Durante media hora, casi conseguí dejar de pensar en la llegada del día siguiente.
Dividimos la cuenta y nos despedimos bajo el toldo. Carmen me tomó de la mano mientras cruzábamos el estacionamiento. Había logrado pasar casi toda la cena sin mirar el teléfono.
Menos de diez minutos después, el tráfico se detuvo delante de nosotros.
Las luces de freno se extendían en dos largas filas rojas.
Los automóviles comenzaron a cambiarse al carril izquierdo, algunos de manera demasiado brusca, y reduje la velocidad lo suficiente para distinguir un BMW volcado a un lado de la carretera.
Un camión de carga se había detenido unas cincuenta yardas más adelante.
Varios conductores estaban fuera de sus vehículos, con los teléfonos en las manos.
Nadie se acercaba al automóvil. Una columna de humo salía de debajo del capó.
Carmen se enderezó en su asiento.
—Steve.
Me detuve en el carril de emergencia.
—Llama al 911.
—Ya hay gente llamando.
—Tengo que ver si hay alguien dentro.
Me sujetó de la manga, pero yo ya estaba abriendo la puerta.
El olor me llegó cuando todavía estaba a medio camino: gasolina, caucho caliente y algo eléctrico que se estaba quemando. El BMW estaba boca abajo, con el costado del conductor aplastado contra el pavimento.
Me agaché junto a la ventanilla.
—¿Puede oírme?
Una mujer gritó desde el interior.
—¡Estoy atrapada!
La bolsa de aire lateral le cubría casi todo el rostro. La sangre le corría desde una herida cerca de la sien, pero estaba consciente y podía moverse.
—Voy a sacarla de aquí.
—Está ardiendo.
—Lo sé. Siga hablando conmigo.
La puerta no se movía. Saqué la navaja del bolsillo y golpeé la esquina inferior de la ventanilla con el extremo del mango.
Los fragmentos de vidrio que quedaban cayeron hacia el interior.
Aparté los que pude con el antebrazo, corté la bolsa de aire que colgaba y busqué el botón para soltar el cinturón de seguridad.
No cedía.
Las llamas comenzaron a aparecer debajo de la parte delantera.
—Cúbrase la cara.
Pasé un brazo por debajo de sus hombros y corté el cinturón con movimientos rápidos. Su cuerpo cayó de golpe. Estuve a punto de perder el agarre, pero conseguí sujetarla por debajo de los brazos y arrastrarla a través de la ventanilla rota.
Avanzamos unas veinte yardas antes de que la dejara sobre el césped.
—Quédese aquí.
Me agarró de la muñeca.
—Mi perrita.
Pensé que había oído mal.
—¿Qué?
—En el asiento trasero. Esther. Está en una transportadora.
Me volví hacia el BMW. Las llamas comenzaban a subir por el guardabarros delantero.
—Por favor.
Hay decisiones que uno toma después de sopesar las consecuencias, y otras que ya están tomadas antes de que la mente alcance a intervenir.
Corrí de regreso.
El vidrio trasero se había roto durante el vuelco. Desprendí los fragmentos que quedaban y me incliné hacia el interior. El humo me quemaba los ojos. En algún lugar, más allá de los asientos volcados, ladraba un perro pequeño.
La transportadora estaba asegurada con el cinturón. Una dueña responsable.
Metí el brazo, solté el cinturón y tiré. La transportadora se atascó contra el techo. Cambié el ángulo y jalé con más fuerza. Finalmente quedó libre.
Un neumático estalló.
El estruendo me hizo agacharme por reflejo y casi dejé caer la transportadora. Un instante después ya estaba corriendo otra vez, alejándome del automóvil con ella en brazos mientras el sonido de las sirenas se elevaba por encima del tráfico.
La mujer comenzó a llorar cuando dejé a Esther a su lado.
Una perrita shih tzu asustada nos observaba a través de la puerta de la transportadora.
—¿Salieron todos? —preguntó un agente de patrulla mientras corría hacia nosotros.
—La conductora y su perrita. No había más ocupantes.
Le mostré mi placa.
Miró el BMW en llamas y después la transportadora.
—¿Volvió por el perro?
—Ella me lo pidió.
Los paramédicos se hicieron cargo. Solo entonces advertí que la sangre me corría por el antebrazo, donde me había cortado con los cristales.
Carmen estaba junto a mi camioneta.
Estaba furiosa.
A esas alturas la conocía lo suficiente para reconocer el miedo cuando se manifestaba de una forma mucho más ruidosa.
—Volviste.
—Era una perrita.
—Yo no lo sabía. Te vi sacar a una mujer de un automóvil en llamas y después darte la vuelta y correr otra vez hacia él.
—Ella no podía sacar a Esther por sí misma.
—¿Esther?
—La perrita.
—Eso ya lo había deducido.
Intenté sonreír. No funcionó.
Carmen se acercó y tocó una zona chamuscada cerca de mi sien.
—Tienes el pelo quemado.
—Apenas.
—Estás sangrando.
—También apenas.
Bajó la mano.
—Podrías haber muerto.
Estuve a punto de responderle que no había muerto. Por suerte, conseguí contenerme.
—Lamento haberte asustado.
Parte de la ira desapareció de su rostro.
—¿Por qué siempre tienes que ser tú quien corre hacia el peligro?
Detrás de nosotros, los bomberos estaban combatiendo el incendio del BMW. Todavía había personas junto a sus vehículos grabando lo que ocurría.
—Porque a veces todos los demás están esperando a que alguien sea el primero.
Carmen me observó unos momentos y luego negó con la cabeza.
—No sé si eso es admirable o increíblemente irritante.
—Pueden ser las dos cosas.
—Eso suena como algo que diría Jason.
—Eso es un insulto.
Por fin conseguí arrancarle el principio de una sonrisa.
◆◆◆
Cuando regresamos a nuestro edificio de apartamentos, Carmen me llevó al suyo y me hizo sentar a la mesa de la cocina.
Brutus apareció desde el pasillo, olfateó mis zapatos y pareció decidir que el olor a humo y gasolina no merecía su atención. Carmen limpió la herida de mi brazo mientras yo intentaba no reaccionar.
—Esto va a arder.
—Ya está ardiendo.
—Bien.
—Estás disfrutando esto.
—Un poco.
Cubrió la herida con una gasa, la sujetó con cinta adhesiva y se sentó frente a mí. El apartamento había quedado en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador y el sonido tenue de un televisor que llegaba a través de la pared.
Carmen reunió los envoltorios rotos y los dejó sobre la mesa.
—Si te pasara algo, ¿a quién llamaría?
La miré.
—Acaba de pasarme algo.
—Te cortaste el brazo.
—Y me arruiné el peinado.
—Hablo en serio.
—Lo sé.
Dobló la gasa que no había utilizado y la guardó de nuevo en el botiquín.
—Conozco a Jason. Pero si Jason está contigo cuando algo sale mal, ¿quién sería el siguiente?
La pregunta tenía sentido después de haber pasado la noche viéndome correr hacia un automóvil en llamas.
—Rich.
—¿Tu jefe?
—Sí.
—¿Confías tanto en él?
—Sí.
Asintió.
—¿Y Vic?
Estuve a punto de reírme.
—Vic no entra en la lista.
Levantó las cejas.
—Él es la lista.
—Eso suena muy saludable.
—Nos conocemos desde los quince años.
—Lo sé.
—Si lo llamara a las tres de la mañana y le dijera que lo necesito, se pasaría todo el camino quejándose.
—Pero vendría.
—Ya estaría poniéndose los zapatos.
Carmen sonrió.
—Entonces, Jason, Rich y Vic.
—¿Para qué?
—Las personas en quienes confías sin tener que pensarlo.
Consideré corregirla.
No pude.
—Sí.
Cerró el botiquín.
—Es una lista bastante corta.
—Así debe ser.
Me observó otro momento y luego apartó el botiquín.
—¿Sabes qué es ridículo?
—¿Qué?
—Que vivamos a seis metros de distancia.
—Pasamos casi todas las noches juntos —continuó—. Tú cenas aquí o yo ceno en tu apartamento, y después, alrededor de las once, cruzas el pasillo porque, aparentemente, esos últimos seis metros protegen a la civilización.
—En mi caso, protegen una promesa.
Ella ya conocía mi regla. Lo que no sabía muy bien era de dónde provenía.
—Mi madre me tuvo antes de casarse —expliqué—. Mi padre se marchó antes de que yo llegara a conocerlo. Unos meses antes de morir, mi madre me hizo prometerle dos cosas: que me mantendría alejado de las drogas callejeras y que esperaría hasta el matrimonio.
La expresión de Carmen cambió.
—¿Cuántos años tenías?
—Doce.
—¿Y has cumplido las dos promesas?
—Sí.
Extendió la mano por encima de la mesa y la apoyó sobre la mía.
—Entonces no te estoy pidiendo que rompas ninguna.
—Lo sé.
—Me reservo el derecho de quejarme de los inconvenientes.
—Me parece justo.
Sonrió, pero la sonrisa desapareció rápidamente.
—¿De verdad quieres todo eso algún día? ¿Matrimonio, hijos?
—Sí.
—¿Conmigo?
Había preguntas que necesitaban tiempo para responderse. Aquella no era una de ellas.
—Sí.
Levantó las cejas.
—Eso sonó peligrosamente seguro.
—Tú preguntaste.
—No estoy diciendo que esté lista.
—No te he pedido que lo estés.
—Bien.
Se inclinó sobre la mesa y me besó. Cuando se apartó, volvió a tocarme el vendaje.
—Vete a casa. Duerme un poco.
—Tengo que repasar la operación.
—Ya has repasado la operación.
—Esta noche no.
—Eso no es un argumento tan bueno como crees.
Me levanté y volví a besarla antes de dirigirme hacia la puerta.
Al otro lado del pasillo, mi apartamento parecía más frío que el suyo.
Revisé el teléfono.
Ningún mensaje de Vic. Nada de Fritz. Harding no había llamado. El plan seguía exactamente como lo habíamos dejado.
Mañana, a las cuatro de la tarde, Vic entraría solo en Denson Park.
Programé la alarma y me acosté.