PYR Pesicola
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Pesicola

La llave giró en la cerradura haciendo que la madera vieja rechinase bajo su peso, de su boca salió una queja como cada día ante el esfuerzo y le dio un puntapié para terminar de abrir la entrada a su refugio.

Arrastrando los pies se adentró en la penumbra de la estancia, que la recibía con ese olor característico de cera derretida y libros empolvados.

Tiró su bolsa en el sofá y desprendiéndose de toda su ropa se dirigió al baño, pequeño y funcional, donde dejaría atrás todo el estrés y el mundo exterior en el desagüe.

Se puso ropa cómoda, hizo un té y sin pensarlo dos veces se dejó abrazar por su butaca de color borgoña.

Una manta hacía de escudo encima de sí y como arma tenía un libro en las manos.

Comenzó a pasar las páginas, una tras otra, los capítulos ardían entre sus dedos y su imaginación se expandía como llamas al pensar en los personajes.

Llegó a una escena que le dejó la boca seca y reposando el libro bocabajo salió de su rincón para beber algo.

De la nevera zafiro sacó una botella de gaseosa y se sirvió un gran baso de aquel líquido dulce y de color tostado.

Bajó por su garganta dándole una satisfacción inmediata y con premura volvió a su lugar en el mundo.

Al cabo de un de un rato el sonido vibrante y estruendoso del timbre la despertó de un sobresalto, se había quedado traspuesta en la silla.

Se limpió la baba con la manga y se recogió el pelo en una coleta alta antes de abrir la puerta.

Cuando giró el pomo se encontró en el umbral a un hombre alto, de sonrisa cautivadora y ojos ardientes.

Comenzó a balbucear y él le pidió permiso para pasar, a lo que ella solo pudo asentir y moverse a un lado para dejarlo pasar.

Tuvo que parpadear varias veces, se pellizcó la piel y lo sintió.

Ahora allí en su cocina su crush literario, el protagonista de su libro, al principio se quedó pasmada, pero luego su vena de lectora empedernida no dejaría escapar una oportunidad como aquella.

El hombre perfecto que solo existía en los libros servía ahora dos vasos de refresco en su apartamento.

Se dio dos palmadas en la cara y con la emoción salió disparada hacia su cuarto.

Del armario sacó un vestido vaporoso de color azul que se ajustaba a su cuerpo a la perfección, se puso su perfume de vainilla y azotó su pelo suelto para dejarlo como a ella le gustaba.

Volvió a la sala y allí estaba él esperándola con la cadera apoyada en la encimera y brindándole un vaso de aquel líquido que compartirían.

Ella lo agarró con gusto y mirándole a los ojos comenzó un juego del que no se arrepentiría.

Desde su interior surgía una sensación burbujeante que hacía que su cuerpo flotase y la tensión acumulada en las páginas llegara hasta aquel momento que aprovecharía hasta el último segundo.