Estela del alba
Había sido una tarde tranquila en el criadero, Imukias sorbía despacio su té amargo de una taza opaca que había vivido tiempos mejores.
Observaba el vacío sentada en una silla verde, como las múltiples plantas que crecían y colgaban por todos lados.
Aquella casa cristal adyacente a su cabaña había sido su refugio por treinta y siete días exactos con todas sus noches.
Pero no podía, ni debía, descuidar que todo estuviera en perfectas condiciones para que los futuros dragones de aquellas tierras nacieran de manera óptima.
Su estirpe de criadragones era la más antigua de los reinos de Hustrea y ella no iba a ser la vergüenza de las Hadhot o de su reina.
Debía mantener el honor y demostrar que el buen hacer de sus conocimientos y hechicería tenía el valor de cada smorkin que cobraba.
Su mente había viajado lejos y daba espirales a la música que de fondo sonaba, dándole banda sonora a sus días.
Con un movimiento de su mano chispas rojas flotaron haciendo que la taza llegara hasta el pequeño fregadero de la esquina derecha.
Se puso en pie y los abalorios rúnicos de sus rastas hicieron un tintineo suave, hasta que aumentaron con brusquedad con el giro de cabeza que dio al escuchar el primer característico crack y aquel único olor ácido llegar a sus fosas nasales haciendo que sus aletas vibraran de emoción.
Con premura tomó de una pequeña estantería de madera un grueso grimorio de color turquesa y lo depositó en la alargada mesa de trabajo.
Con habilidad extendió un pañuelo negro que tenía bordado el estandarte de su familia, un dragón con las tres lunas en campo de azur.
De un frasco cogió un pellizco de polvo de strónfalum y lo espolvoreó haciendo que una fina niebla plateada flotara en el ambiente.
Del libro abierto surgió un hechizo calorífico reguló la temperatura de la habitación.
Todo estaba listo para que diera comienzo el alumbramiento.
Con delicada firmeza sacó uno a uno los huevos de las urnas asignadas a cada espécimen según su raza, había un par de Guris, otro de Krirross y Phatzal y un solitario ejemplar de Sadnac.
Los puso en alineación perfecta en la mesa y observó las finas líneas que se empezaban a formar en todos ellos.
La llegada de los siete dragones de ese año era inminente y una excitación chisporroteante comenzaba a burbujear en el interior de la bruja.
Había pasado casi la noche entera y las escamadas crías ya empezaban a soltar las primeras flamas entre las risas de la bruja.
Aunque seguía preocupada por el huevo de Sadnac, se había quedado inmóvil y temía que hubiera muerto.
Las horas se desgranaron y el sol ya despuntaba, Imukias se preparaba para lo peor hasta que un rayo de sol dio directo en el huevo y reaccionando estalló en mil pedazos.
Una pequeña dragona de escamas iridiscentes y blancas trepó por ella, con una sonrisa de satisfacción le otorgó su nombre: Moghy, estela del alba.