PYR San misterín
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San misterín

El espejo le devolvía a Mara un pulcro reflejo en el traje que la abrazaba como una espuma marina.

Recorrió con las manos el blanco perlado de la tela tweed por la chaqueta y la falda de pincel.

Su oscura piel brillaba y quedaba resaltada con los detalles dorados del conjunto y los complementos que hoy se había permitido lucir.

Por detrás sintió unas manos que la abrazaban y cerró los ojos para dejarse mecer en un arrumaco lento y cálido, como la primera vez.

Mara se dio la vuelta e hizo que su novia Shania diera un giro levantándole la mano.

El vestido de raso verde onduló como una brisa en los campos de primavera y mirándola a los ojos con pasión se fundieron en un beso.

Las manos de ambas recorrieron sus cuerpos y estallaron en una sonrisa con los ápices de sus narices haciendo contacto.

Se separaron dejando caer sus manos entrelazadas con calma y terminaron de prepararse para la cena de su cuarto aniversario.

El restaurante estaba a pocas manzanas de casa, pero aun así decidieron compartir una sesión de karaoke en el coche, pues ambas llevaban tacones altos.

Por el ruido que formaban la policía las paró en la intersección de la estatal, pero la placa de la inspectora Fénix tenía peso en la ciudad así que las dejaron continuar hasta llegar a su destino.

El restaurante aquel San Valentín estaba repleto, como era de esperar, pero con unas cuantas llamadas la inspectora había conseguido una mesa para ella y su chica.

Ambas con las emociones burbujeando se sentaron y fueron atendidas.

Era un lugar lujoso y refinado, pero la carrera artística de Shania en la pintura era exitosa, por lo que se podían permitir un capricho y más para celebrar todos sus años de amor y los venideros.

Ya en los postres Mara le hizo una señal al camarero indicando que quería las dos copas de champán, que sirvieron con elegancia y complicidad, pues en el fondo de una la pintora tenía un anillo delicadamente colocado para pedirle de matrimonio.

La inspectora comenzó a hablar y los nervios hicieron que le temblara la voz, así como empezó a titilar la luz, que se fue e interrumpió su discurso.

En la oscuridad la tensión se notaba y tanto los comensales como los trabajadores se revolvieron inquietos.

Tras siete eternos minutos la luz volvió y los gritos de la gente inundaron el local.

Delante de una estupefacta Mara un cuerpo voluminoso descansaba en la mesa sobre un charco de sangre roja.

Con violencia se movió hasta el cadáver y lo levantó, descubriendo así que no era Shania, sino otra mujer.

Esto no le trajo alivio a la inspectora, pues una D brillante se hallaba gravada en la frente de la víctima y ella sabía quien era el asesino y secuestrador.

Aquel San Valentín que prometía ser uno de los mejores de su vida se había emborronado en un cuadro macabro y ahora era un nuevo misterio.