PYR De Tuin der Lusten
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De Tuin der Lusten

Un suspiro convulsionó en su boca semi abierta provocando una tos corta y seca.

Sus ojos se desesperaron en busca del oxígeno que le faltaba dejando atrás un sueño oscuro.

Al cerrar sus manos el pánico invadió su cuerpo, sus sábanas habían desaparecido, al igual que la seguridad de su cuarto.

Se miró el cuerpo comprobando que seguía llevando la delicada túnica de seda marina que Ingrid le había regalado.

Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar sus cabellos de espiga y sus hermosos ojos azules.

Se abrazó a sí misma y dejó caer de nuevo una perla de luto por su mejilla fría.

Un ruido arbóreo hizo que dejara el mundo de los recuerdos y miro a su alrededor.

Estaba sentada en la hierba de un jardín extenso del que no podía ver el final.

Se giró y vislumbró como una pareja desnuda se deslizaba entre las hojas hasta un claro.

Apartó la cara y se puso en pie con presteza, la hierba era suave como el pelaje de una cabra, pero aun así le molestaba en la planta desnuda de los pies.

Empezó a caminar con calma, jamás había visto un lugar así y se encontraba perdida, pero algo en su interior le decía que lo que más ansiaba estaba justo en aquel paraje.

Paso a paso se adentró, por todas lados había parejas, tríos y grupos dándose al placer de la carne, retorciéndose de gusto y dejando fluir sus más pasionales fantasías sin pudor.

Junto a ellas criaturas informes de aspecto gótico les incentivaban a continuar.

Petra estaba disfrutando del espectáculo, lo que provocó que comenzase a llenarse de la lujuria que flotaba en el ambiente del jardín.

El olor salado y dulce que se respiraba hizo que se mordiera el labio, una llama creció en su bajo vientre y quiso darse a un grupo que ante ella apareció cerca de una laguna.

Al acercarse se quedaron mirándola, sin mediar palabra el círculo se disolvió unos metros para mostrar su mayor deseo.

Ingrid la esperaba con su cuerpo de porcelana como lo había disfrutado tantas noches y el fuego del averno iluminando su mirada.

Con premura comenzó a desvestirse y la tela cayó por su cuerpo ondulando como una caricia.

Soltó su cabellera pelirroja como una lluvia de sangre ferviente bañando su piel.

Le tendieron un espejo para mirar su reflejo y entonces lo supo, ella era la última delicia del jardín.

Retornó su mirada a su amada y los que antes fueron posibles compañeros de juegos lascivos se transformaron en aquellas criaturas.

Sus alargadas garras se deslizaron por ella hasta llevarla con su alma gemela.

Por fin volvían a estar juntas después de que el sufrido calor de las fiebres del invierno las hubieran separado.

Las dos mujeres se unieron en una danza de amor y sexo con triunfo y desespero donde todos sus labios se saboreaban como jugosos frutos tiernos y así un nuevo calor placentero se hizo el protagonista por toda la eternidad.