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En la flor de la muerte

El sol del verano entraba por la ventana de la cocina como un dardo flamante.

Huyendo de él los insectos atraídos por el dulce olor de la muerte hacían una danza macabra alrededor de los cuerpos de la familia.

Narciso, el padre, reposaba en la encimera todavía con su pijama de cuadros azules y blancos, ahora ennegrecidos por el tiempo.

Los muebles habían sufrido las consecuencias del apocalipsis y se descuajeringaban con el roce de la leve brisa que soplaba en la mañana.

El silencio era ensordecedor, solo interrumpido por interferencias en la televisión que se había quedado encendida, teniendo como espectadora perpetua a Magnolia, la madre, con su cabeza colgando y el cuerpo flácido.

El hedor en la casa era insoportable o al menos lo hubiera sido si los habitantes de la casa hubieran estado vivos.

Por las escaleras se escuchó un estruendoso ruido y una pequeña niña con dos grandes coletas de pelo blanco rodó hasta el pasillo.

Su mano derecha se desprendió de su cuerpo y se quedó tirada en el piso.

—Margarita, recoge tu mano y levántate, el desayuno casi está —gruñó desde la cocina.

—Voooooy —espetó quejicosa mientras se ponía en pie.

Dando pequeños saltos y mostrando unos dientes afilados la pequeña niña de piel blancuzca manchada de sangre llegó a la cocina riendo.

Se sentó en la alta silla y empezó a agitar sus pies hasta que una rodilla se le desencajó y fue a por ella agachándose bajo la mesa.

Su padre se arrastró hasta donde estaba con un sonido sordo a cada paso y depositó un bol mellado lleno de helado.

—Maggy, déjate de boberías y cómete tu helado de cerebro.

—Pero papá, otra vez helado? Se me van a picar los dientes! —soltó mientras se golpeaba la cabeza contra la mesa y encajaba en su sitio la rótula.

—Hace calor, debemos comer fresco, ya lo sabes.

—Ya, pero jo, quiero seguir teniendo los dientes bien.

—Magnolia, mira lo que dice tu hija ahora, no gano para disgustos, me voy a morir otra vez, por satán —bufó con gran desesperación.

Desde la sala un sonó un crujido fuerte, pasos rápidos y luego un portazo que hizo vibrar la casa al completo.

Padre e hija levantaron los hombros y comenzaron a alimentarse con voracidad de los cuencos.

Pasado un rato la puerta volvió a retumbar y en la cocina entró una mujer elegante, alta y fría.

Con su traje ejecutivo cubierto de sangre fresca y jugosa se acercó a su hija que la observó con ternura y con un quejido amoroso depositó delante de ella un tubo de pasta de dientes y un cepillo de dientes amarillo.

La niña corrió al baño y cepilló sus fuertes dientes con delicadeza sacando hasta el último trozo de vísceras de ellos.

Miró su reflejo y sonrió de manera amplia con satisfacción.

Margarita estaba en la flor de la muerte y quería conservarse así por mucho tiempo, no como sus padres que eran unos zombies marchitos ya.