La flor y el pájaro
Hastiada de la constante cháchara y requerimientos de su madre Zella se dirigió con premura haciendo que su cabello de fuego ondeara tras ella y su madre como una polilla siguiera su rastro.
Dobló pasillos, cruzó puertas y dio pequeñas carreras con el cuerpo prieto para zafarse, pero lady Eldora Baldry era conocida por ser la duquesa más insistente de todo Mouthport.
Como un milagro la joven de piel nívea alcanzó el manillar de sus aposentos y se introdujo en la estancia como si estuviera llena de una gelatina densa y aliviadora.
Cerró la puerta y al otro lado pudo escuchar las quejas y reclamos de su madre.
Ella lo ignoró todo, era el día de su cumpleaños y a su madre solo le importaban las apariencias delante de la sociedad y de las multitudinarias personas que acudirían aquella noche a Bloomsdown, su hogar, para “celebrar” con ella su decimosexto año de vida, justo antes de la nueva temporada.
A ella todo aquello le dama más bien igual, en su cabeza ese día (igual que todos) estaba llena de su amada Birdie, su pajarito, como le decía ella.
Un rubor malicioso la sorprendió en las mejillas al recordar la hermosa redondeada y los cabellos castaños enmarcando los ojos color miel de lady Vabsley, los que podría y se pasaba mirando horas.
Se sentó en su tocador y mirando sus ojos zafiro en el reflejo comenzó a acicalarse con rutina, dándole la oportunidad a su mente de vaciarse y estar en paz.
Estado que no duraría mucho, pues unos golpes en la puerta hicieron que se molestara.
Pensaba que era su madre de nuevo y abrió con brusquedad.
Para su sorpresa era Radley, su mayordomo, quien con una sonrisa le entregó una paquete cuadriculado y envuelto en un elegante papel de color morado, su favorito.
Revisó la letra que dejaba una simple dedicatoria: Para mi flor.
Un millón de mariposas revolotearon en su estómago y la felicidad la embargó de pies a cabeza.
Cerró y comenzó a dar vueltas con el paquete en las manos y los brazos estirados.
Se sentó en su silla y con nerviosismo lo abrió.
Se encontró primero un broche de pelo de nácar y oro que llevaba dibujado un pequeño y adorable pajarillo con una flor en su pico en medio de un campo primaveral.
Su corazón de derritió al instante y decidió usarlo aquella noche en el baile.
Además Birdie le había regalado una copia del libro con el que se conocieron en su club de lectura y una extensa carta que leyó despertando lágrimas en sus ojos y dándole llamas más vivas a su amor por ella.
Ese era el gesto que Zella necesitaba para determinarse y decidir que ese nuevo año de vida sería el comienzo de una vida libre y sin ataduras donde amaría a Birdie sin tapujos y dándole igual la sociedad.
En la fiesta se divirtieron más unidas que nunca y un dulce beso cerró la noche y el baile.