PYR PUM
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PUM

El sol huyó por el horizonte arrastrando sus uñas de fuego contra el pequeño pueblo de Chossonne mientras sus habitantes luchaban por apurar un gélido otoño.

Rodrick seguía en sus mundos de fantasía, columpiándose una y otra vez mientras sentía el viento en la cara y soñaba con ser un cuervo volando.

Lo que lo sacó de su mente no fue la oscuridad o el silencio que imperaba como un viejo amigo en el parque, fue la lluvia.

Pequeñas gotas como agujas caían de un cielo amenazante.

Mirando las nubes una de esas gotas impactó en la mitad de su frente y como si removiera las aguas de un lago le vino idea de su madre haciendo la cena y pegándole una bofetada por llegar tarde una vez más.

Saltó del columpio sin pensar en las consecuencias, aterrizó con las rodillas en lugar de los pies en la grava gris y sucia.

Se inspeccionó y al ver sus pantalones azules rotos empezó a sentir la marca de la mano de su madre en sus tiernos cachetes.

Rodrick no era mal niño, tenía una gran imaginación y pese a pederse frecuentemente física y mentalmente sus notas eran buenas.

No tenía amigos, pues su parche en el ojo a los otros niños les parecía raro, pero él se sentía todo un pirata.

Muchas veces jugaba a que su cama era su barco y sus peluches su fiel tripulación que luchaban contra Puki, el perro-kraken gigante de los mares del sur.

La batalla terminaba cuando el san bernardo le devoraba la cara, a besos babosos entre las risas del pequeño.

La lluvia se intensificó y el niño delgado de cabellos negros corrió todo lo que pudo pese al dolor, hasta que en medio de la tormenta vio algo.

Se paró de súbito y la humedad hizo que un escalofrío le recorriera.

El petricor se metía en sus fosas abiertas y forzadas a respirar por el ejercicio y el sonido de la lluvia quedaba opacada por su propia respiración.

Un brillante molino de viento giraba poco a poco ante él, tenía los colores del arcoíris y como una mosca atraída por el azúcar sus manos pueriles fueron directas a agarrarlo.

Cuanto más se acercaba el molino más giraba hasta que lo agarró con fuerza y como un trofeo lo levantó al cielo como una varita mágica.

—Tormenta, te obligo a que pares, pum pum pum —Exclamó con arrojo.

La tormenta como si le hiciera caso cesó su rugido y la calma pareció reinar.

Rodrick dio saltos de alegría ante el descubrimiento de su magia y comenzó a agitar el molino de un lado a otro.

Pero la tormenta vibró de nuevo y como si se hubiera ofendido le contestó con un PUM.

Un rayo enorme y fulminante alcanzó al objeto giratorio que Rodrick llevaba en la mano.

Aquella noche la cena se enfrió en la mesa, como el cadáver calcinado del niño en el pavimento de la calle ligado por siempre a sus fantasías.