Pradera dulce
El estómago le rugió con vehemencia para que ingiriera algo después de las largas horas que llevaba organizando las cajas de la mudanza.
Haciendo caso a su organismo comenzó a buscar la caja de las ollas, pero no tuvo éxito tras girarlas todas excepto una.
Con desespero le dio la vuelta, pero tampoco era lo que buscaba y la ira pintó su rostro de rubí al pensar que los de la mudanza le habían perdido la caja.
Miró de nuevo la que tenía delante que rezaba en permanente negro “Gema bebé”, negó con la cabeza haciendo que sus rizos rosas se alborotaran como muelles.
Se apartó el pelo de sus labios gruesos y nariz respingona.
Por pura curiosidad se olvidó del hambre y abrió aquel recipiente de cartón que contenía parte de un pasado que recordaba borroso.
Al hacerlo encontró juguetes, ropa, diplomillas y una cinta VHS a la que se le fueron las manos.
Con la pulcra letra de su madre sobre un folio amarillento por el paso del tiempo pudo leer “Tus dibus favoritos: Padeda duse”.
Le hizo gracia que lo hubiera escrito como lo pronunciaba en aquel entonces y con una sonrisa ladeada se sentó en su recién estrenado sofá.
Introdujo la cinta en un lector que era una codiciada reliquia familiar y que se había apropiado y le dio al play.
En el interior del aparato la cinta negra hizo un ruido escacharrado y un escalofrío recorrió la espalda de Gema sin motivo.
Tras unos segundos en la pantalla y a color se empezaron a reproducir las imágenes que ya tenían sus buenos veinticuatro años.
Una pradera plagada de caramelos, dulces y colores se extendía como fondo para cuatro personajes de marioneta que jugaban, reían y creaban adivinanzas para lanzarlas al otro lado de la pantalla.
La mente de la muchacha voló con la imaginación y le volvió a dar hambre imaginándose chupando una de aquellas piruletas gigantes.
Fue entonces cuando percibió escuchar su nombre y negando con la cabeza, pues vivía sola, regresó a su viaje mental.
Hasta que tras la insistencia del ruido y un golpe seco miró hacia su regazo, allí estaba un caramelo de menta que había impactado contra su vientre, acrecentando su hambre.
Miró a su alrededor y no vio nada, pero unos golpes en el cristal del televisor la alertaron.
Las marionetas se pegaban junto al cristal y sus deformadas expresiones eran macabras y horripilantes.
Desalentada Gema buscó el mando y la tele no se apagó al pulsar los botones.
Tras insistir el cristal cedió y el miedo la dejó paralizada en el acto al ver salir a las criaturas con sus cuerdas a por ella.
Pese a sus pataleos y berrinches como cuando era niña la llevaron a su mundo, que si antes le parecía adorable ahora era una pesadilla.
Con sus cuerdas la ataron a cuatro bastones de caramelo y comenzaron a alimentarla con todo tipo de golosinas hasta que su cuerpo explotó en un baño de sangre.