Cajón que no cierra
Las últimas brasas bajo el caldero se extinguieron y vertió la morada pócima en sendos frascos con forma cuadrada.
Los encorchó bien y apartándose la larga melena turquesa de la cara los agarró con fuerza en la cesta de mimbre.
Con su reducida estatura recorrió los pasillos de su palacete de madera hasta llegar a sus aposentos.
Con un suspiro y limpiándose la oscura frente dejó su trabajo encima de la gavetera.
Abrió el cajón para organizar los hechizos con sumo cuidado y habilidad con sus finas y fuertes manos.
Al acabar el cajón chirrió y apretó los dientes con molestia.
Una queja estalló en el aire con su melódica suave voz.
Trasteó con el cajón, pero no cerraba, haciendo que su frustración creciera y sus ojos se tornaran rojos de ira.
Sin descanso lo intentó hasta que golpeó la madera con desespero.
Su aliento se entrecortaba y una furia malsana trepaba desde el interior de su ser.
En su nerviosismo no se dio cuenta que la habitación se había empezado a llenar de un fino humo que lo recorría todo como una bruma delicada.
Subió su mano una vez más y antes de que impactara en el guardián de su magia se la agarraron con firmeza.
El frío le recorrió la espalda y un rostro se acercó a su oreja.
—Ezhor, no dejes que la ira consuma tu alma —le susurró con una voz profunda liberando su muñeca.
—Thigaris, por fin estás aquí—soltó dándose la vuelta.
Sin pensarlo dos veces se lanzó contra su definido cuerpo de piel arenosa y se deslizó por sus dunas.
Sus labios gruesos se unieron en un pasional beso despertando una tormenta eléctrica entre ellos.
Recorrió su pelo alborotado y picudo de tonos violetas y blancos.
Una profunda fragancia a lavanda invadió sus fosas y aspirando su aroma dejó caer su cabeza hacia atrás.
Ambos abrieron los ojos y clavando su mirada en los dorados del dios de los truenos cayeron en el camastro.
Los adornos, ropajes y demás complementos se deslizaron hasta el suelo y su danza de la lluvia comenzó.
El mago recorrió el cuerpo de su dios y rezando se entregó al placer haciendo que las plegarias realizadas por su boca se sintieran bien.
Las manos recorrían ambos cuerpos y la electricidad a cada roce aumentaba.
Cuando Ezhor notó que los gemidos tronaban en la habitación escaló el cuerpo de Thigaris y quedando a horcajadas sobre él dejó que entrara en él.
Se movía como el viento tempestuoso en sus caderas, sintiendo la respiración.
El sudor se esparcía en ellos como un fino rocío.
Solo existían ellos dos. Con la mirada fija se agarraron de la mano e incorporándose Thigaris lo atrajo hacia sí para unirse en un beso lento.
Vibraban en sintonía y aumentando el ritmo comenzaron a elevarse de las sábanas.
Y ahí en mitad de su cuarto, el mago llegó al clímax en el abdomen del dios y el rey tormenta llovió sin control en su interior.