La jefa dorada
Sobrevolábamos el oeste de Sinoré por fin, era una región tranquila y la tormenta que dejamos atrás se seguía escuchando rugir en la distancia. Lhiam señaló al frente y siguiendo su brazo fijé mi mirada en nuestro majestuoso objetivo, la biblioteca Xinef.
Bajamos poco a poco, retomando el aliento y disfrutando de la vista de aquel imponente edificio cuadriculado compuesto por cientos de columnas superpuestas de piedra oscura como la noche y remates en cada una de ellas en color dorado.
Su intrincada pero limpia arquitectura hizo que mi piel se erizase.
Al llegar a la puerta ambos miramos hacia arriba y su envergadura fue abrumadora.
Entramos por la puerta, que llevaba el mismo diseño rectangular en escaleta que el resto de la construcción.
El interior fue aun más impresionante, un gran espacio se abría repleto de estanterías de color madera ancladas en todas las paredes desde el techo hasta el suelo.
En el suelo se formaba un rectángulo perfecto donde estaba grabado el símbolo de la biblioteca, un ave imponente en llamas.
Alrededor separadas por toda la sale en una disposición perfecta se ubicaban mesas y sillas con los motivos del gigante sinorino.
Ángeles de todos los tipos, lugares y apariencias se deleitaban en la lectura.
Caminando miramos hacia el techo, a través de los más de veinte pisos con sus barandas de madera coronaba una bóveda que dejaba pasar la noche y sus hermosas estrellas. Sin esperarlo llegamos al mostrador y me choqué con él dejando salir una queja demasiado alta.
—Silencio, respeta este lugar de calma y disfrute — me chistó la ángel que me miraba a través de sus gafas clavándome sus ojos azules con heterocromía central.
—Disculpe, es que me he quedado embobado mirando — dije frotándome el golpe y leyendo la chapa dorada que rezaba “Ariand, jefa de la biblioteca” colgada de su uniforme negro.
—Ah, ya veo —entrecerró los ojos y agitando su pelo castaño claro encrespado dejando al descubierto una cicatriz en su ojo derecho — te estaba esperando Mattai, bienvenido a la gran y honorable biblioteca de Xinef.
—Gracias, tenía muchas ganas de aterrizar aquí —solté con decisión.
—Venimos buscando un libro, lo necesitamos…
—Para completar vuestra misión, lo sé, yo lo sé todo. Bienvenido tú también Lhiam —contestó determinada, pero afable.
Sin pronunciar una palabra más se dio la vuelta dejando mostrar unas hermosas alas doradas.
Fue entonces cuando lo entendí todo, Ariand era una superviviente de guerra y su poder del saber la había llevado a controlar toda la biblioteca.
Súbitamente se dio la vuelta y nos sonrió con suficiencia.
Abrió un libro de par en par y nos tendió una pluma entintada.
—Para sacar ese libro tendréis que firmarme el registro. No, no es un contrato. No, no me quedaré vuestras almas. O sí, quien sabe — Puso una cara malévola, pero la risa salió suave de su garganta.
—Lo haremos, no hay problema —sentenció Lhiam cogiendo la pluma y estampando su firma.
Yo hice lo mismo y casi sin acabar cerró de súbito el libro para guardarlo de nuevo. Se dio la vuelta de nuevo y vi que detrás suya había cuatro ángeles muy parecidos a ella, todos estaban leyendo con concentración y sus alas doradas refulgían bajo la luz de las estrellas.
Lhiam y yo nos miramos, le ofrecí mi mano y él la agarró con fuerza.
Su tacto acompañado de su mirada esmeralda calmaron los nervios que borboteaban en mi interior.
Ariand se giró una vez más hacia nosotros e hizo una floritura con su manos a la misma vez que extendía sus doradas alas creando una pequeña corriente.
Un serie de pequeños pájaros comenzaron a volar a su alrededor, eran de color rojo y pequeñas llamas los acompañaban alrededor de su cuerpo.
Con otro gesto les ordenó acatar su propósito y comenzaron a volar alrededor de las estanterías, mesas y lectores sin entorpecer el ritmo de la biblioteca ni un ápice.
A los quince minutos, mientras manteníamos una conversación interesante y calmada regresaron portando entre todos un volumen de cuero oscuro.
Lo depositaron con cuidado sobre el mostrador y desaparecieron en partículas ígneas.
Me quedé mirando el relieve de la portada del libro, era el símbolo de Xinef.
En su interior estaba todo el saber que la jefa dorada guardaba en su mente y en su amada biblioteca.