Mariposa de recuerdos
Estaba nervioso, me frotaba las manos con el pañuelo bordado que Celia me había regalado por mi cumpleaños ese año.
El corazón se me estrujó con el recuerdo de su hermosa cara.
Hacía ya dos meses, según el calendario de estas tierras extranjeras, que había aparecido en el lago cerca de la ciudad de Hálitos.
Al principio tuve miedo, muchas veces en mi vida me había aventurado a lo desconocido, sobre todo en el aspecto de las mujeres y su conquista, pero esto me sobrepasaba.
La ciudad era muy distinta a las londinenses o italianas y recorrí sus calles en busca de respuestas que nunca habían llegado, pero este torneo en el que estaba era la oportunidad perfecta.
—¿Se encuentra bien señor Egoth? ¿Necesita algo? —se dirigió muy amable una hermosa mujer de cabello corto y alas azules sacándome de mis pensamientos.
Negué con la cabeza y volví a reparar en aquellas alas, tan distintas a las que me habían salido a mí.
Con el primer ángel que vi el shock fue descomunal y más aun fue ver en mi propia espalda unas imponentes alas rojas.
Y las alas no eran lo único, desde mi interior un poder sobrenatural, brujo, creció inconmensurable y el amor me dio su don.
—Es la hora señor Egoth, ¿necesita algún cambio más? —se volvió a interesar Marta, quien me había tratado entre algodones toda la competición.
—No, querida, todo está perfecto, este traje con chaleco morado que has confeccionado para mí es perfecto. Tus poderes con las agujas de hielo son abrumadores y tu atención hacia mí ha sido remarcable.
—Gracias señor Egoth, ha sido un placer para mí atenderle, ahora que está listo vaya a por el mundo.
Me acerqué a ella y le deposité un suave beso en la mejilla, su rubor pintó toda su cara al instante y con paso decidido salí a la arena.
El estadio rugió con mi aparición y la de mi contrincante al otro extremo.
La extravagante presentadora ataviada con un traje semejante a manchas de pintura y unas alas rosas nos dio paso.
—A mi derecha, con sus poderes amorosos, ingenio y un atractivo que ha vuelto loca a toda la ciudad de Hálitos y Sinoré.
Nathaniel Egoth, el beso de la mariposa; A mi izquierda, con su aire huracanado, su elegancia y su fino arte mortal, la revelación de la temporada.
Hema Klin, el abanico letal —dejó que nos aplaudieran y que el ambiente se volviera más frenético para luego continuar— Les recordamos que el premio de esta competición es una audiencia con nuestro amado regionador Catulus Rigadé en la que podrán pedir lo que más desean —acabó su discurso con suspicacia.
Y lo que yo más deseaba era volver a mi hogar con mi familia y nada ni nadie me detendría de ganar esta maldita competición.
La presentadora alzó el vuelo hasta el palco donde el sonriente regionador sonreía bajo su mostacho acompañado de dos ángeles de alas oscuras y otros más.
Sus ojos se clavaron en mí y el estridente sonido de inicio sonó.
Hema sin pensarlo dos veces agitó sus alas turquesas y su rojo pelo se revolvió suave, un abanico de su tamaño se originó en el aire y lo tomó con gracilidad.
Lo abrió y un hermoso paisaje oriental se desplegó ante la admiración del público.
Ella sonrió y con una reverencia comenzó su danza donde me atacaba sin cesar con sus ráfagas de viento afiladas.
Yo iba de un lado a otro, me recordaba a mi sobrina Claudia y me estaba costando dejar de darle vueltas a todo y sentir la presión.
Tratando de igualar la pelea comencé a crear mariposas moradas.
Eran casi cristalinas y su aspecto era delicado, pero su efecto era devastador para la persona que las rozase.
Las dirigí hacia mi oponente, lo que me dio un poco de respiro.
Una de ellas llegó hasta el público y una de las ángeles de la primera fila la atrapó.
Su efecto fue inmediato, su nariz se puso roja y sus ojos se salieron de las órbitas, una cascada de placer le recorrió el cuerpo hasta dejarla inconsciente por completo.
Nuestra pelea continuó por largo rato, un tira y afloja entre el abanico y las mariposas, hasta que un golpe certero me dio en la pierna y caí.
Me retorcía de dolor y la vieja cicatriz se había abierto.
Era mi fin, no volvería a ver a mi hogar.
Hema se acercaba cada vez más y sabía que no había marcha atrás.
Hasta que una pequeña mariposa se posó en mi muslo y me quedé observándola, los recuerdos de Celia aletearon en mi mente sin descanso y avivaron en mí la pasión desde el estómago.
Cogí fuerzas y me puse en pie. Alcé los brazos y dejé caer la cabeza por detrás, haciendo que el sudor se resbalara por mi cabello enmarañado.
De mi interior salió una tormenta de mariposas que volaban con ímpetu.
Abrí los ojos y me lancé hacia mi oponente envuelto en un tornado de alas violetas, Hema trató de crear una barrera con su abanico, pero fue inútil. Mi ataque dio de lleno contra su cuerpo y quedó fuera de combate al instante. El poder del amor es infinito y el que yo sentía por Celia lo era.