Mi adicción favorita
Subo las escaleras de casa con ganas y prisa, en mi mente solo se reproduce una y otra vez la imagen de mi tan adorada fruta.
Papá me dice que espere y que tenga cuidado, pero aun así lo espero en la puerta hasta que llega recuperando el aliento y la abre.
Recorro como una bala el pasillo de suelo canelo como mi pelo.
Mi padre se empieza a quitar el abrigo y yo solo puedo pensar en lo que viene, la saliva se desliza levemente por la comisura de mis labios.
Mi mirada va de la cocina a él una y otra vez, no puedo esperar a que me dé lo que nos a prometido a mi hermano y a mí.
Un antojo voraz se apoderó de mi durante el paseo matutino que siempre damos en familia.
Él me llama y me dice que me acerque, yo le doy una mirada fugaz a mi objetivo encima de la encimera de madera antigua y voy hacia él.
Me quita mi atuendo de calle y poniéndome una mano entre mi melena, se siente bien, pero yo solo deseo poner la delicia dorada que me vuelve a recordar en la boca.
Con paso ligero nos acercamos a la cocina, yo siempre cerca de mi padre para asegurarme de que cumpla lo que nos ha dicho.
Yo me pongo a un lado y sentado lo observo bien, veo que sus manos van a la exquisitez amarilla y maldigo no haber aprendido a pelarla yo solito.
Entre sus manos está ese dulce manjar de los dioses al que nunca me puedo resistir.
Con delicadeza la abre y el olor estalla en la estancia, mis ojos se abren ante el aroma y en mi boca la saliva se desborda llegando hasta el suelo haciendo un charco.
En mí la impaciencia se acrecienta y empiezo a dar vueltas en el sitio, incluso a su alrededor con mis ojos fijos en mi bocado.
De mientras veo a mi hermano como una estatua a su lado, nunca he sabido cómo puede quedarse así.
Papá espera a que me relaje, pero él no entiende que no puedo.
Con desesperación, pero delicadeza, la mitad de la pieza entra en mi boca.
Al contacto con mi lengua siento su textura suave y pastosa y un éxtasis me invade el cerebro, nado en un mar de placer frutal y casi sin masticar me la trago.
Siento como baja por mi garganta y cae en mi estómago haciéndome sentir de maravilla.
Miro las manos de mi padre, sigue teniendo la monda y se dispone a tirarla, la huelo con fuerza y quiero morderla.
Él riéndose me aparta y me acaricia de nuevo la cabeza.
—Venga, Dusty, si te portas bien luego te doy más mi perrito precioso. —Me dice él lleno de amor.
Yo resoplo para indicarle que estoy de acuerdo, aunque dentro de mí no puedo esperar a que papi me grite de nuevo mi palabra y adicción favorita: ¡Banana!