Pastel de huérfano
La afanosa señora se levantó de la cama con la gracia de un cisne obeso.
Se embutió en su camisón de flores tras asearse y se ató bien su característico mandil rojo.
Tenía el pelo muy rizado y cano, en su rostro de anchos rasgos la edad era visible y una fina sonrisa estaba perpetuamente dibujada en su cara.
Su casa y su negocio eran uno, pues era la cocinera más famosa de toda la ciudad.
Las tartas de la tía abuela Remilgos eran aclamadas por grandes y pequeños en cualquier ocasión y las colas a las puertas de su hogar eran kilométricas desde que el sol nacía en el horizonte.
Bajó a la cocina, era rústica y de madera, heredada por generaciones en su familia materna, todas ellas galardonadas y aclamadas cocineras en la ciudad de Hetburgh.
Un día más encendió el horno que comenzó a calentar la casa y comenzó su peculiar danza.
Se dirigió a la despensa y cargando todos los ingredientes los dispuso en la mesita auxiliar.
Puso los huevos a hervir, batió la mantequilla fresca, cortó finamente las verduras y molió las especias.
Con todo ya en marcha solo faltaba la carne para coronar el perfecto relleno.
Con ánimo bajó al sótano de la casa, en una esquina se escuchó un murmullo de terror y la anciana encendió la luz.
Una cárcel de hierro se extendía de pared a pared y en ella cinco niños asustados se aglutinaban en una escena.
La sonrisa de la vieja se hizo más notoria y dejó relucir unos dientes perfectos.
Cogió a uno de los chicos del brazo y hundió con fuerza su dentadura en la carne, se retiró escupiendo y negando con la cabeza, no estaba listo.
En dos ocasiones más lo hizo, hasta que dio con el sujeto perfecto.
Tomó al niño por la cabellera y con una fuerza sobrehumana lo estampó contra la pared opuesta de la habitación.
Cerró los barrotes de nuevo dejando tras ellos a los sollozantes huérfanos que recogía del orfanato de Santa Fraunces y que vislumbraban una vida mejor.
El pequeño de diez años se había desmayado y a ella le daba igual, seguía con una sonrisa turbia en la cara y lo puso encima de la mesa de trabajo que tenía en mitad de la sala.
Con maestría comenzó a descuartizar al niño, haciendo un festival de vísceras y sangre que se disimulaban en su delantal rojo.
Martilleó los huesos y el craneo con ansia y ganas.
Se giró a los niños y tapándose la boca se rió inocente.
Ya con toda la carne, huesos y órganos machacados los pasó por la picadora, obteniendo así una gran bola de carne que transportó en una tela de lino.
Ya arriba rellenó las tartas con todos sus ingredientes y tras una hora de horneado estaban listas y perfectas. La gente comenzó a salivar al ver el humo perfecto y blanco salir de la casa de la tía abuela Remilgos y un día más disfrutaron servido con una sonrisa amable de su pastel de huérfano.