Last christmas I gave you my heart
Era la mañana de Navidad, Onni se levantó temprano y preparó todo para la llegada de Santa a su casa.
Vivía solo y desde aquel año en el que descubrió al verdadero señor Noel habían mantenido un romance secreto.
Ese año había sido frío, el cielo amenazaba tormenta y el chico estaba apoyado en el alféizar de la ventana esperando con ganas a su mayor regalo, su amado Claus.
Habían pasado ya horas, el joven de pelo rubio y ojos árticos empezaba a preocuparse.
Con desgana comenzó a comerse las galletitas de jengibre que con tanto amor había preparado.
A cada hundida en la leche templada se sentía más desanimado.
Suspiró y se dio la vuelta para dejar las sobras en el fregadero.
Un toque en su ventana hizo que se diera la vuelta súbitamente.
Estupefacto observó bien lo que había impactado en su cristal. Abrió la ventana y una pequeña bolita roja recubierta de purpurina rodó hasta el suelo. La cogió entre los dedos y mirando más allá de ella dándose cuenta de que no era la única.
Del cielo caían cientos, miles, de adornos navideños llenos de brillitos que cada vez eran más grandes.
La fuerza de estos empezó a incrementar y los curiosos que habían salido a recogerlos pagaron el precio.
Como estrellas de fuego refulgente impactaban en sus cuerpos y los órganos se esparcían por el congelado suelo.
Pronto la sangre tiñó las calles y Onni cerró su piso a cal y canto.
Se quedó observando horrorizado como las figuritas deformaban los cuerpos hasta hacerlos bolas de carne y comenzaban a atravesar techos y paredes, trasladando el horror de las calles a las casas.
Retrocedió unos pasos y un trineo enorme y reluciente pasó por delante de su casa. Se quedó paralizado por el miedo.
Tras unos segundos unos golpes sonaron en su puerta, al no responder fueron en aumento.
Hasta que la puerta reventó atravesada por un reno con los cuernos afilados llenos de sangre, el pelaje enrarecido, ojos desorbitados y espumarajos en la boca que caían pesados.
Un sonido de cascabeles irrumpió en la estancia y un hombre alto, gordo y vestido de blanco apareció.
Tenía el mismo aspecto que el reno, pero en su cara se dibujaba una sonrisa sádica.
—Hohohoney, I´m home.
Su voz sonaba distante y profunda, como si toda la alegría hubiese sido sustraída de su alma. Onni se quedó pegado contra la pared y Claus se acercó a él, un aliento a caramelos podridos le golpeó la cara y cuando lo asaltó metiéndole la lengua hasta el fondo el vómito llego a su boca.
Ante su rechazo el que fue su adorable amante entró en cólera, levantó su mano llena de uñas afiladas y quebradas y la introdujo en su pecho.
Sin esfuerzo arrancó el corazón del muchacho, la sangre manchó su impoluto traje blanco dándole ese color rojo característico.
Rió y dándole un gran mordisco al corazón que aun palpitaba se alejó.
—Merry christmas, my love.