El vals de las camelias
Era una tranquila mañana de primavera, Arnald abrió los ojos en su extensa cama y se desperezó de buena manera.
Como cada día, se asomó por el ventanal de su cuarto y se quedó observando el jardín mientras los pájaros revoloteaban cantando.
Los resquicios del invierno seguían presentes y una niebla espesa lamía las flores de los arbustos de camelia.
Su tranquilidad fue interrumpida cuando una sombra alta y de índole masculina atravesó su jardín y se paró debajo de su ventana.
Se miraron desafiantes y Arnald bien predispuesto bajó a la planta inferior para averiguar la identidad de aquella persona.
Pese a los consejos de los guardias, ordenó la apertura las puertas en abanico del ala este y salió a la intemperie.
Su piel al contacto con el fresco se reveló y un escalofrío lo recorrió desde sus desnudos pies hasta la punta de sus castaños cabellos.
La figura seguía allí y cuando intentó acercarse ordenándole que se identificara se introdujo presurosa en la niebla.
Esto para el joven rey de Saulliers era una ofensa imperdonable y decidido fue a por él.
Sin vacilar un momento se introdujo de lleno en la niebla, que lo acogió como una criatura hambrienta y lo guió hasta su interior.
Arnald miraba de un lado a otro, pero no veía nada más que su propio cuerpo.
De improvisto encontró una mano tendida ante él.
Dudó, pero al final la agarró y la mano lo llevó consigo.
Apareció en medio de una gran sala de baile, blanca, impoluta y decorada hasta el más mínimo detalle.
El rey se quedó asombrado y más aun cuando se vio ataviado con ropas de gala acordes a su estatus.
Levantó la vista y escrutó al hombre que sostenía su mano, era apuesto, joven y vestía de la misma manera que él, una máscara decorada con camelias le cubría la mitad del rostro.
Se acercó a su oído y le susurró que continuara o se perdería para siempre.
El rey, aterrado de esto, le siguió el juego y comenzaron a bailar un vals que parecía no tener fin.
Arnald se deshizo de sus miedos y continuó danzando con aquel hombre misterioso.
El rey necesitaba saciar sus dudas y comenzó a preguntarle sobre aquel lugar y lo que sucedía, a lo que su acompañante le respondía con disposición y seguridad. Envuelto en la niebla y alejado del mundo se dejó llevar por el romance, cosa que añoraba en palacio solo por mantener las apariencias.
Sus labios se maridaron junto a sus pasos de baile en el gran salón y Arnald le pidió una última cosa a su amante misterioso.
—Quiero saber vuestro nombre, por favor.
—Podéis llamarme Gildas Vallard, majestad —dijo retirándose la máscara.
Dicen que esa fue la última vez que se vio con vida al rey Arnald III en sus tierras. Desde entonces cuando las camelias florecen y la niebla baja una música de vals se escucha en el jardín del palacio de Saulliers.