PYR El laberinto del Fénix
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Por Irus de la Santa Cruz

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El laberinto del Fénix

La grava chirrió bajo sus zapatillas en la estrecha esquina y apoyando sus manos en la pared impulsó su huida.

El pecho le subía y bajaba con fuerza y el sudor le empapaba cada centímetro de piel.

Escuchó un alarido detrás de ella y su mente la obligó a correr más rápido por los estrechos pasadizos que parecían no llegar a ninguna parte.

La oscuridad se la tragaba una y otra vez para aparecer en los mismo sitios.

Tras varios intentos y una corazonada torció a la derecha y en lugar de darse de bruces con una de las paredes lisas de piedra gris entró a una sala.

Estaba en el centro del laberinto y se permitió respirar por unos segundos.

Agachó la cabeza y observó las quemaduras y pequeñas heridas que tenía repartidas por sus extremidades.

El dolor acudió a ella y trató de contener las lágrimas, pero se desbordó ante la rabia al recordar que había sido tratada como un simple sacrificio para aplacar la ira de un maldito dios.

En su abstraimiento Mina no se había cuenta de que Fénix la había encontrado.

Subió la mirada y vio a la inmensa criatura volando con gracia en la otra esquina.

Su cuerpo estaba cubierto de largas y afiladas plumas de color azul, así como las exuberantes llamas que surgían de ellas.

Sus ojos oscuros hicieron contanto con los azules del ave y en un instinto primario se lanzó por la primera entrada que encontró.

Una llamarada azul le rozó el pelo y un horrible olor la envolvió.

Mina corrió de un pasillo a otro solo encontrándose con la fría piedra que prometía ser su eterna tumba.

Giró a la izquierda en un pasillo casi invisible y trastabilló con algo al entrar en una pequeña sala.

Un esquelto humano yacía en el frío suelo.

La mente de Mina hiló rápido y arrancó una de las costillas para empuñarla.

Era raro tener parte de otro ser humano en las manos, pero no tenía ya nada que perder.

Sintió la presencia de Fénix cerca y el lúgubre crepitar de las llamas.

Se escondió en un lateral de la sala y esperó conteniendo la respiración.

Entre las sombras y con solemnidad el dios se deslizó en el cubículo y rebuscó con la mirada.

Sin pensarlo dos veces ella lo asaltó por la espalda y hundió como un puñal la costilla en la espalda del ser.

El brazo de la muchacha se calcinó con las últimas llamas del ave antes de que se desplomara al suelo y quedara muerta.

Mientras se sujetaba el brazo por el codo una sonrisa de victoria asomó en su cara.

Cuando tuvo la intención de irse escuchó un sonido peculiar y vio al cadáver moverse ligeramente.

Una fogata comenzaba a formarse y cuando la escudriñó una explosión de llamas azules se desató estampándola contra la pared.

Del fuego resurgió la majestuosa ave con más fuerza que nunca para darse un festín de la muchacha que descansaba abarasada en el piso.