Punto muerto Capítulo 62
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Capítulo 62

Cada vez que hace una vigilancia en el coche no puede evitar pensar en Superdetective en Hollywood . No recuerda ninguna escena concreta de la película pero es como un ancla. Algo que siempre le vie ne a la cabeza.

—¿Y si no aparece? —pregunta Sarabia volviendo a sentarse en el asiento del acompañante.

—¿Has mirado bien en todas las estancias?

—Las que he podido —dice dejando los prismáticos sobre el salpicadero—. Solo la he visto a ella. Él no parece estar.

—Si no llega… —dice resoplando—, entonces mañana le pondremos también vigilancia en su piso de Barcelona y solicitaremos al juez intervenir su teléfono.

Supongo que después de lo del hermano nos dará eso.

Podemos encontrar algo que le relacione directamente con su muerte o algo que le sitúe en el accidente.

Eso bastaría al juez para que tenga claro que ese tío quería a su hermano muerto.

Juanjo asiente en silencio.

Lidia vuelve a revisar las fotografías del lugar del accidente.

—¿Qué haces?

—Repaso si se nos ha escapado algo. Alguna cosa que le vincule directamente con el lugar. Tenemos el ADN en la furgo…

—Es el hermano. Eso no es nada —interrumpe Sarabia.

—También le tenemos ubicado en León —sigue ella—. Muy cerca de la chica de la gasolinera.

—Alma —matiza Juanjo.

—Sí, Alma. Esa era la pieza que faltaba. Si hubiese hablado ya le tendríamos. Y seguramente seguiría viva, joder.

—No te machaques más. Has salvado muchas vidas. No va de una.

Lidia le mira amenazante.

—¿Cómo puedes decir eso?

Su compañero saca dos KitKat del bolsillo y le ofrece uno.

—Es lo que hay, Lidia. Somos lo que somos y hacemos lo que hacemos. Trabajamos con la muerte.

Lidia coge una de las barritas de chocolate y tira la carpeta del caso sobre el salpicadero.

—¿Estás seguro de que tiene que pasar por aquí? —pregunta señalando por la ventanilla.

Juanjo muerde la chocolatina.

—Sí, allí está la entrada al garaje. Le veremos tanto si viene andando como en coche.

Lidia desprecinta el snack y se lo enseña a su compañero.

—¿Sabías que esta porquería tan deliciosa se empezó a fabricar en Estados Unidos en los años treinta?

—Emmm, no… —responde él mirándola de reojo.

—Estaba pensada como aperitivo para los trabajadores. Para que tuviesen algo barato que llevarse a la boca durante sus descansos en la fábrica. Que les cupiese en los bolsillos.

Sarabia asiente con la boca llena. Le pide que espere con la mano. Y cuando al fin traga le dice:

—¿Sabías tú que la fregona la inventó un español?

—Anda ya, ¡vete a la mierda!

—No, no. Que lo digo en serio. Igual que el Chupa Chups.

Lidia se ríe.

—A ver si lo nuestro va a ser meterle un palo a todo.

Sarabia le mira y pone los ojos en blanco.

—Es que me lo dejas a huevo, ¿eh…?

Un zumbido les envía de vuelta a aquella urbanización a las afueras de Madrid. Una furgoneta pasa junto a ellos y aparca un poco después de la entrada de la casa.

Los dos se miran.

—¿Es él?

—No lo sé. Espera.

La puerta del vehículo se abre. Lidia coge los prismáticos.

Los dos permanecen atentos.

—Sí. Es él —dice Lidia.

—¿Qué hacemos?

Ella no responde. Evalúa opciones. Calcula alternativas.

—¿Qué hace con una furgoneta? —insiste su compañero.

—No lo sé. Vamos a comprobar la matrícula —dice señalando hacia el vehículo—. Ese se va a meter en casa. Tú acércate e intenta ver lo que hace. A ver si tira algo a la basura o algo raro.

Sarabia coge los prismáticos y baja del coche. Ella saca el móvil y llama al centro operativo para pedir información sobre la matrícula.

Se trata de un vehículo perteneciente a una empresa de alquiler en Badalona. Al parecer alquilado a nombre de un tal Faisal.

Vaya, vaya. Nada sospechoso.

Lidia baja del coche. En la otra esquina está Juanjo con los prismáticos. Se acerca a él.

—¿Qué?

—Nada. Están cenando en el salón. Nada raro. ¿Tú?

—Es alquilada, y no a nombre de Lino.

—Estaría bien saber lo que hay dentro —responde Sarabia.

—Sí. Quizá lo que había en el trastero.

Juanjo chasquea con la lengua.

—Sería un poco tonto si llevase mierda ahí y la dejase en la calle.

—Lo sería. En fin. —Lidia aletea los brazos y los deja caer con resignación—. No lo vamos a saber…

—Bueno —dice Sarabia entregándole los prismáticos—, déjame acercarme un momento. Quizá se la haya dejado abierta.

Lidia le lanza un reproche con la mirada.

—¿Qué pasa? —dice Sarabia alejándose de ella—. No le he visto cerrarla. Tú quédate aquí.

—No puedes…

Pero ya da igual. Su compañero está demasiado lejos.

Unos minutos más tarde Lidia escucha el leve chasquido de una puerta al abrirse. Menudo…

Deja los prismáticos en el coche y va hacia allí cerciorándose de que no se le pueda ver desde la casa. No, la furgoneta está oculta tras unos árboles.

—Juanjo, ¿está abierta? —pregunta en voz baja.

—Un poco sí —responde él asomando la cabeza por encima de la puerta—. No la ha cerrado.

Lidia se acerca. Sarabia ya lleva puestos unos guantes de látex. Se cruzan una mirada cómplice. Él se encoge de hombros y levanta las cejas.

—Es un despistado. Vamos a ver si además se ha dejado algo dentro.

Lidia se pone también los guantes mientras su compañero revisa la guantera.

Le agarra del hombro.

—Déjame a mí, Juanjo. Tú ve atrás, no vaya a ser que la trasera también esté abierta.

Revisa la guantera, bandejas superiores, laterales, debajo de los asientos… Nada. Allí dentro no hay nada. Los papeles del coche, un bote de desengrasante. Nada que les sirva.

—Vaya. También se la ha dejado abierta —dice Juanjo volviendo a guardar las ganzúas en el bolsillo.

Lidia asiente y camina hacia la parte trasera.

—Menudo despistado, sí —dice Lidia—. Igual habría sido mejor que no se hubiese dejado también la delantera abierta, ¿no? Hubiera sido menos sospechoso.

—Ahora voy —responde Juanjo—. No hay nada.

Lidia asoma la cabeza. Nada. Vacía. Como el trastero. Un par de cajas de cartón plegadas y una carretilla.

—Al menos lo hemos intentado —añade su compañero.

—Un momento —dice ella subiendo a la furgoneta.

—¿Qué haces?

—La carretilla. Corre, trae las fotos del expediente.

Sarabia duda un segundo.

—¿Crees que es la misma?

—Ahora lo veremos.

Una nube negra cubre la luna.