Punto muerto Capítulo 63
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Capítulo 63

El olor del aceite frito todavía flota en el aire, mezclado con el dulzor del champán y el vaho de la ducha. De fondo, el zumbido sordo de un extractor.

Ella le mira.

—¿Por qué brindamos?

—Por nosotros —responde Lino—. Porque, pese a la desgracia que hemos vivido, el destino nos haya vuelto a unir.

Nirvana levanta su copa y sonríe. Él también. Brindan. Lino la mira a los ojos, pero ella desvía la mirada hacia el baño. El agua está corriendo.

—Me toca a mí —dice dando un pequeño sorbo y dejando otra vez la copa en la mesita de centro.

Nirvana se dirige hacia el baño. Él se queda allí, sentado en el sofá, mirando los leves movimientos de sus caderas al alejarse.

La puerta se entrecierra.

Lino se deja caer hacia atrás con la copa entre los dedos y dibuja una media sonrisa. Por fin puede descansar.

Pero solo por unos segundos.

Una llamada de teléfono le sobresalta. No es el suyo. Será el de ella entonces. Está en la mesa. Lino va hacia allí y mira la pantalla.

Lo que suponía.

—¡Nirvana! —grita—. ¡Es del hospital!

El agua sigue corriendo al otro lado de la puerta. Lino aguarda paciente aunque todas sus arterias bombean con fuerza.

—¡Nirvana! —insiste—. ¿Lo cojo?

Nada. Solo el sonido del agua, amortiguado por un cuerpo desnudo.

Se acerca a la puerta. La abre un poco.

Puede ver la silueta de Nirvana a través de la mampara.

—Te llaman del hospital —dice.

Ahora sí.

—¡Cógelo, por favor! Ahora me dices.

Lino se queda inmóvil. Por un segundo duda, pero enseguida responde.

—¿Sí?

—Soy la doctora Carrero. Estoy llamando a Nirvana Santelmo, el familiar de contacto que tenemos para Nicolás Domiño.

—Ahora no puede ponerse. Soy Lino Domiño. Su hermano.

La médico tarda algunos segundos en responder.

—Sí. Veo que es usted el segundo contacto. —La voz se torna más pausada—. Verá, lamento informarle de que su hermano ha fallecido hace unas horas.

Lino guarda un silencio dramático.

—¿Cómo? No puede ser —dice sollozando—. ¡Dios mío! Pe-pero si estaba mejor. Estaba bien. Hoy mismo le he visto. Hace solo unas horas y…

—Ha sufrido una parada respiratoria súbita. Seguramente provocada por los traumatismos del accidente.

Lino no responde. Vuelve a mirar por la rendija de la puerta. Nirvana está saliendo de la ducha.

—¿Está usted ahí?

—Sí, sí, disculpe —dice haciendo ver que llora—. Estoy en shock. Lo siento mucho. Esto es… es durísimo. Estoy destrozado. Justo ahora que se estaba recuperando. Justo ahora que empezaba a hablar.

—Bueno —dice la doctora—, hablar no es exactamente lo que hacía, pero sí, sin duda estaba mejor y para nada esperábamos esto.

Lino siente un escalofrío. Un pálpito, un presentimiento.

Mira a Nirvana. Justo abre la puerta en ese momento. Sale con una toalla envolviéndole el cuerpo y otra en la cabeza.

—¿Señor? —pregunta la doctora.

Nirvana le pregunta con un gesto. Lino la mira fijamente a los ojos.

—Pero ¿algo sí que hablaba, no? —pregunta él sin dejar de mirar a Nirvana—. Yo mismo le escuché decir algunas palabras.

Hay un silencio al otro lado. Nirvana le mira con los ojos muy abiertos. Él pone el manos libres.

—Señor Domiño, su hermano estaba mejor. Habíamos reducido la sedación, se encontraba estable, respondía a estímulos y emitía sonidos, pero no podía hablar. Era imposible en su estado. Debieron de ser sonidos guturales que usted confundió con palabras.

La doctora le habla de los pasos a seguir. Lino sigue con el teléfono en la oreja pero ya no escucha nada. Mira a Nirvana. Ella aparta la mirada.

—Muchas gracias, doctora.

En el salón se hace un silencio ensordecedor. Lino siente como si un rayo le hubiese partido en dos.

—Nunca dijo nada de mí, ¿verdad? —pregunta—. Ni siquiera habló.

Los ojos de Nirvana se encharcan. Tarda en contestar. Luego asiente.

—Lo siento —murmura.

—¿Por qué?

Ella no contesta. Llora. No a lágrima viva. No desconsolada. Pero llora.

Lino se acerca a ella.

—¿Por qué, Nirvana?

Ella le coge la mano y le mira con lástima.

—No fue planeado. No del todo.

—¿Qué estás diciendo?

Las lágrimas le resbalan por las mejillas.

—Ya no podía más con todo esto. —Se seca las lágrimas con el antebrazo—. A veces es mejor cortar con todo… Cortar de raíz.

—¿Qué quieres decir?

Nirvana le mira con lástima, sin soltarle la mano.

—Lo sé todo, Lino. Sé que estuviste en el accidente y sé lo que había en la furgoneta. Y que si Nico hablaba tú…

Lino siente cómo sus piernas tiemblan. Se tambalea.

—¿Cómo lo sabías?

Nirvana le suelta la mano. Da unos pasos atrás y mira al suelo.

—El tipo que te propuso el vuelco… fui yo quien le dijo que Nico tenía un hermano con quien no se hablaba… y dónde encontrarte.

Algo cruje en la cabeza de Lino. Ahora todo encaja. Todo explota. No lo había querido ver.

Lino se sienta en el sofá y pone la cabeza entre sus manos. Ella permanece en pie, con los ojos llorosos, la mirada piadosa.

—¿Y tú qué ganabas?

—Nada… Te lo juro…

—¿Entonces?

—Él estaba vigilando a Nico. Planificaba el robo.

Un día nos vio pelearnos en la calle. Acababa de enterarme de que tu hermano me había vuelto a engañar con otra.

Me volví loca. No podía soportarlo más. Intenté pegar a tu hermano.

Él se rio de mí. Se lo tomó a broma. Me dijo que no era para tanto, que exageraba, y se largó.

Entonces el tipo de la chupa de cuero apareció.

Me ofreció dinero a cambio de que le ayudase en algo.

Me lo contó todo. Lo del pinchazo, la gasolinera… Yo le dije que no.

—Pero le hablaste de mí…

Ella asiente con los labios apretados.

—Sabía que si salía bien… A Nico le darían un buen escarmiento. El que yo no podía darle. Pero todo salió mal.

Su cabeza está a punto de estallar.

—¿Me has usado para que matase a mi hermano?

—No. Nunca fue eso. —Suspira—. No debía ser eso. Ni tampoco debías ser tú.

Lino se pasa las manos por la cara. Aquello no puede ser real. El silencio se le clava como una aguja en la garganta. Su boca no atina con las palabras.

Y entonces un estruendo.

Tres golpes secos en la puerta. Bum, bum, bum.

—¡Guardia Civil, abran inmediatamente!

Nirvana da un respingo y se va hacia la cocina. Lino se queda inmóvil en el sofá. Le duele la cabeza. Una claridad cegadora le aleja de la realidad. Estás soñando, Lino.

Y de pronto un golpe seco.

Una legión de zapatos se escucha en el recibidor. Aparecen seis uniformados armados hasta los dientes. Todos entran en el salón. Le apuntan. Entre dos lo levantan del sofá y lo lanzan contra el suelo.

Le revisan los pantalones.

—¡Está limpio!

Y entonces, entre los agentes, aparece ella: la sargento. Y, detrás, su compañero.

La mujer saca unas esposas de su abrigo y le agarra una mano.

—Lino Domiño, queda usted detenido por un delito de omisión del deber de auxilio, así como por su posible implicación en la muerte de su hermano, Nicolás Domiño. Tiene derecho a guardar silencio…

Le ponen las manos en la espalda.

—¡No, esperad! ¡Que no he hecho nada, joder!

—… a no declarar si no lo desea —prosigue ella sin inmutarse— y a no contestar a alguna o ninguna de las preguntas que se le formulen.

El clic metálico suena a condena.

Uno de los agentes lo empuja hacia la puerta.

En el pasillo está Nirvana. Le sigue con la mirada. Ya no hay lágrimas.

Ella levanta su copa. Y bebe.

Afuera, dos agentes de la científica comparan la huella de la carretilla con la fotografía tomada en el barro aquel día. Certifican que el dibujo es idéntico. Cada línea, cada muesca, cada imperfección encaja. Como una confesión.

Barcelona, septiembre de 2025