Punto muerto Capítulo 61
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Capítulo 61

Punto muerto

—No me extraña que Sara te haya dejado, campeón. ¿Cómo va a estar con un hombre que no es proveedor? Y más teniendo una hija. Seguro que ella es una mujer de valor y no quiere estar con un puto perdedor.

Su hermano conducía con los ojos enrojecidos por el sueño, con una mano en el volante y la otra sosteniendo una bebida energética. No llevaba puesto el cinturón. Nunca lo llevaba. Era de flojos. Él estaba por encima de todo eso. Se creía el puto amo. El rey.

Era de noche. De vez en cuando una farola aislada alumbraba un pedazo de estepa helada. No había apenas coches en la carretera. Los hogares descansaban en silencio.

Lino recordaba aquella noche con una nitidez escalofriante. No había nada que tuviese tan grabado en la memoria.

—Es que eres tonto, hermanito. De verdad que pienso en lo del móvil y no me creo el rollito ese de que eres más inteligente de lo normal.

Yo creo que tus profesores mentían. ¿Cómo cojones se te ha ocurrido traer el móvil?

¿Y si lo rastrean, qué? Sabrán que estabas aquí y no en esa mierda de ciudad donde vives.

Es que, de verdad, yo creo que eres gilipollas. Lo pienso y…

Nico se mordió los nudillos de la mano que tenía al volante.

La radio sonaba imperceptible, discreta, en un segundo plano. Es posible que fuera música para aliviar las madrugadas de los noctámbulos. Música para amansar a las fieras. Es posible que Roy Orbison.

—No sé ni por qué acepté que vinieras —Nico seguía con la mirada fija en la carretera—. Tendría que haberte dado el dinero y ya está. No vales para nada.

Él seguía ahí sentado sin decir nada.

La calefacción continuaba escupiendo aire caliente hacia sus pies. Eso le hizo recordar el punzón que llevaba oculto en el calcetín. Al pensarlo sintió cómo le presionaba contra el tobillo. Incluso algo de dolor. Pura sugestión.

El plan era sencillo: parar en la gasolinera, pinchar la rueda y enviar un mensaje.

Ya está. Eso era todo. El tipo de la chupa y sus hombres se encargarían del resto.

Él tendría el dinero suficiente para la fianza del piso.

Podría volver a tener en casa a Rebe, recuperar algo de dignidad…

y su hermano no se vería perjudicado. Aunque en aquel momento hubiese preferido que alguien le diese una paliza.

—Mucha universidad y mucho máster de los cojones, pero eres el mismo inútil de siempre.

Pero al tirarle el móvil por aquel barranco Nico lo había jodido todo. Él no lo sabía, lo ignoraba, pero lo había cambiado todo.

Sí, se había anotado aquel misterioso número de teléfono en un papel. Pero ¿desde dónde iba a llamar? Ya no había cabinas telefónicas ni tampoco le podía pedir el móvil a Nico.

Había pasado todo el viaje intentando olvidarlo pero al mismo tiempo tratando de tomar una decisión.

Tan contradictorio como suena. Porque le daba miedo.

Porque si no cumplía con el trato, el tipo ese de la chupa no parecía de los que se conformaban con una disculpa.

Pero ahora se acercaba el momento. Hacía un rato que habían pasado León y era urgente tomar una decisión.

En cualquier momento Nico le dirá que paran en la gasolinera donde debían hacerlo.

Quizá podría pedir al personal de la estación de servicio que le dejasen llamar.

Pero ¿cómo vas a hacer eso mientras está Nico allí delante? Sé realista.

Rápido, piensa otra cosa. ¡Decídete!

—Por Dios, Lino. Compartes piso con dos muertos de hambre. ¿Quién coño quiere eso? —Nico hizo una pausa—. Como niño servías como ejemplo a las madres pero como adulto eres un chiste malo…

Las luces de una gasolinera parpadearon a lo lejos.

Solas, amarillentas… le pareció que temblaban de frío.

O de miedo. El corazón de Lino se desbocó.

Allí era. Ya está. Tenía que ser esa. ¡Decídete!

¿Qué puedes hacer? Tienes que llamar, de donde sea, aunque sea desde el móvil de Nico.

Y luego borras la llamada. ¡No, carallo!

Nico no lleva teléfono. ¡Maldita sea! Podría intentar hacerlo sin llamarles y esperar a que aparezcan sin recibir el aviso. Pero…

—Pararemos allí a mear y a estirar las piernas —dijo su hermano.

Ya casi estaban. ¡Piensa!

Nico le miró y le sonrió con condescendencia.

¡Piensa, Lino, piensa!

—Y por no hablar de tu mierda de trabajo. Sigues en clase oliendo los pedos de esos pajilleros con la cara forrada de granos de pus y…

—¡Joder! Cállate ya —explota Lino—. Te crees muy listo, ¿eh? Muy gallito. El rey de la carretera. Pero no eres más que un peón, Nico. Un fracasado con suerte. Un mierda con músculo.

Nico frunció el ceño confuso.

—¿Ah, sí? Pues ¿sabes qué, hermanito? Nirvana me dijo que contigo nunca llegó a correrse. Ni una sola vez. Que era como follarse a un…

Lino parpadeó rápido. Sintió como un puñal le atravesaba la espalda y le salía por el pecho. No puede ser.

—¿Qué… qué has dicho?

Nico sonrió sin mirarle.

—Lo que oyes. Que eras como un aborto. Que contigo lo único que aprendió era lo que no quería. Literal. Palabras suyas. Pero eso ya lo sabías, ¿no? Seguro que sí. —Le miró y rio—. Siempre has sido un medio hombre.

Lino se ríe. Una carcajada nerviosa. Falsa. Se muerde la lengua.

—Eres un mierda —dice al fin.

Nico se carcajeó.

—Pero me la tiré mejor —zanjó—. Y se quedó conmigo.

Y entonces ya no lo aguantó más.

Un acto impulsivo. Un reflejo. Como quien pega un puñetazo contra la pared. Agarró el volante y tiró de él.

—¡Qué haces! —gritó Nico.

La furgoneta se desvió. Resbaló sobre la calzada helada y se salió de la carretera.

Las ruedas perdieron el contacto con el asfalto.

Todo sucedió muy deprisa. Superó la cuneta, la pequeña zanja, se ladeó y volcó.

Lino presionó las manos contra el techo.

Y entonces empezaron a dar vueltas. A su lado el cuerpo liberado de Nico se golpeaba contra la ventanilla, el volante, el techo…

contra todo. Y entonces… fundido a negro.

No fue premeditado, pero sí suficiente. Porque lo importante no es saber frenar ni acelerar, sino saber cuándo girar.