Capítulo 60
¿Estará vivo todavía? ¿Habrá muerto ya?
Vuelve a secarse las lágrimas con la manga del jersey. No tenía otra opción. Si no era su hermano, tarde o temprano hubiese sido él. El mundo no premia al bueno ni al justo, sino al astuto, al canalla.
Y él se adapta.
En la radio emiten una tertu lia de políticos viejos de distintos partidos conversando sobre los problemas de acceso a una vivienda. Sobre los abusivos precios de los alquileres para los jóvenes. Se los imagina a todos ellos con una copita de coñac y un habano.
Lino detiene la furgoneta frente a un contenedor de basura y baja.
Venga, que tampoco le querías tanto. Si hacía años que ni os hablabais. ¡Por Dios! Si te arrebató a la mujer de tu vida.
Abre la tapa y se deshace de la jeringuilla y los guantes. Después regresa al volante y arranca.
En apenas unas horas estará cenando con ella y todo habrá acabado. No como él hubiese querido, pero sí de la mejor forma posible.
Y ahora hay que mirar hacia delante, Lino. Poner el cien por cien en tu nueva vida. La que te ha tocado vivir. No es mala. No, no lo es.
En la radio interrumpen la tertulia para dar una noticia de última hora. La dependienta de una gasolinera en mitad de la N-601 ha aparecido muerta con heridas de bala. Poco más de una hora después una motocicleta con dos tipos armados ha caído por un viaducto en las cercanías de Segovia.
Según los testigos fue embestida por un todoterreno que se dio a la fuga.
A la pregunta de si pudo tratarse de un accidente fortuito la respuesta de los testigos es clara. No. Fue deliberado. Ese coche apareció de la nada a toda velocidad y fue directo hacia ellos justo cuando atravesaban el puente.
La policía cree que ambos sucesos podrían estar relacionados. Todo apunta a un ajuste de cuentas. A represalias entre diferentes grupos vinculados al crimen organizado. Se investiga una posible relación con redes de narcotráfico.
Lino apaga la radio.
Y sonríe.
Un último empujón. Eso es todo.
Detiene otra vez la furgoneta. Esta vez cerca de la catedral de la Almudena. Mira la hora. Llega justo. Aprieta el paso. Los turistas van desfilando hacia afuera.
La explanada es grande, diáfana. No es lo que esperaba. Trata de distinguir una sombra negra entre la multitud.
Allí está. Siniestra, calmada, sentada al pie de una farola, con una bolsa en los pies y medias de compresión.
—Hola —dice Lino.
La mujer levanta la mirada hacia él. Sus ojos no dicen nada.
—No me gusta verte aquí.
—Me lo pidió usted.
La Muerte asiente sin dejar de mirarle. Sin ni siquiera parpadear.
—¿Mis hombres no son de fiar?
Lino niega con la cabeza.
—El de la gabardina es mi sobrino —añade ella—. Espero que tengas una buena explicación.
Lino se humedece los labios y traga saliva.
—Y la tengo.
La mujer huele una hojita de romero y vuelve a mirarle.
—Te escucho.
Lino señala con el pulgar hacia atrás.
—Tengo ahí una furgoneta con algo que le pertenece.
La mujer se pone en pie con esfuerzo. Sus rodillas crujen. Se acerca a él. Lino siente cómo los huesos se le hielan.
—Llévala entonces al 53 de la calle Desolación.
Y, sin esperar respuesta, la negra muerte desaparece entre los turistas rebosantes de vida.
Lino regresa a la furgoneta.
Al llegar a su destino se encuentra con una persiana metálica bajada. Un tipo gigante con la cabeza rapada y barba monta guardia frente a ella.
Pone las luces de emergencia y se detiene. El tipo se acerca. Lino baja la ventanilla.
—¿Señor Lino Domiño?
Él asiente.
No le gusta escuchar su nombre en boca de esa gente, pero ya no puede hacer nada para evitarlo.
El tipo se aleja unos pasos, mira a ambos lados de la calle y sube la persiana. Lino mete la furgoneta dentro. Al hacerlo reconoce rápidamente el lugar.
Es el cubito.
Unas luces se encienden al fondo de la nave. Aparecen dos hombres más que bajan la persiana a su espalda. El tipo de la barba le ordena que salga de la furgoneta.
Y él obedece.
—Abre atrás —dice.
Lino le hace caso y abre las puertas. El gigante da un salto y se zambulle entre la carga. Los otros dos lo vigilan en silencio. El tipo rebusca, levanta paquetes. Abre bolsas con billetes. Suma, calcula.
Lino carraspea, casi sin voz.
—¿Y la señora? —pregunta.
Ellos ni se inmutan.
Al cabo de unos minutos el gigantón baja de la furgoneta de un salto y se mete dentro de unas oficinas. Uno de los hombres saca un paquete de tabaco y le ofrece un cigarrillo al otro. Ambos fuman sin siquiera mirarle. Como si fuese un fantasma.
Por la misma puerta por la que se acaba de meter el de la barba sale la mujer de negro. Camina decidida hacia él. Lino siente un nudo en la garganta. Ha llegado el momento.
—Falta mercancía —dice la muerte señalando hacia el interior de la furgoneta.
Lino se encoge de hombros.
—Es todo lo que he podido recuperar. También hay dinero.
La mujer se acerca a él. Los dos hombres dan unos pasos atrás.
—No el suficiente para compensarlo.
—He hecho todo lo que he podido.
La muerte extiende su mano y le acaricia la mejilla. Está helada. Él da un paso atrás.
—¿Tienes miedo?
Lino niega con la cabeza. Le tiemblan los labios. Ha perdido todo el control sobre ellos.
—Ahora vas a contarme lo que ha pasado. Por qué tienes tú todo esto y qué ha pasado con mi sobrino.
Lino pide un cigarrillo. No por vicio. Solo para disimular ese temblor en la boca. La mujer pide que le den uno y luego ordena a los hombres que descarguen la mercancía. El tipo de la barba vuelve a salir de las oficinas y se acerca a ellos.
Lino tose. La mujer le mira. Severa.
—Verá —dice al fin—. Mi hermano estaba en tratos con alguien de una estación de servicio. Planeaba, junto a sus hombres, dejar la mercancía allí y hacer ver que les habían robado, pero alguien le traicionó. Por eso mataron a uno de ellos poco después del accidente de mi hermano.
—¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Fui a la gasolinera. Es lo único que sabía. La dependienta me lo contó todo. La presioné y recuperé lo que pude. Todo lo que encontré allí.
Los dos hombres están utilizando su carretilla para mover la mercancía por el almacén.
—¿Y mi sobrino?
Lino expulsa el humo.
—No apareció en la cita.
—¿Y esa dependienta?
—Ponga las noticias y lo verá.
La mujer le mira a los ojos. No dice nada. Trata de averiguar si miente. Entonces hace una señal al de la barba, que saca su móvil. Unos segundos después se oye la misma noticia que acababa de escuchar en la radio. La mujer observa la pantalla junto al gigantón.
De vez en cuando levanta la mirada y, al acabar, le mira.
—¿Fuiste tú?
Lino levanta las cejas y da una calada al cigarrillo.
—¿Herida de bala? ¿Tú? —insiste la mujer.
Él se encoge de hombros.
—¿Y los dos de la moto? Es mi…
Lino asiente.
—Me ayudaron. Tenía que vengar lo que le hicieron a mi hermano.
La mujer permanece seria unos segundos. Muda. Hasta que finalmente se ríe histriónica. Y mira hacia el de la barba.
—Caras vemos, corazones no sabemos, ¡eh!
—Eso decía mi abuela.
La mujer vuelve a acercarse a él. Le besa en la mejilla.
—Me temía que había pasado algo así.
Los labios de Lino se relajan. Los tipos han acabado de descargar. El de la barba vuelve a meter la carretilla en la furgoneta y se enciende un cigarrillo.
—Me gustaría trabajar para usted. He descubierto algunos contactos que tenía mi hermano y creo que podría…
La mujer se lleva un dedo a los labios.
—Shhh.
Lino se calla.
—Mira, hijo. No hace falta que me lo pidas. De aquí solo podías salir de dos formas: troceado en un bidón lleno de cal o trabajando para mí.
En el hospital de la Paz el celador retira el cuerpo. En la habitación 312 ya no queda nadie.