Punto muerto Capítulo 59
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Capítulo 59

Lidia no parpadea. Tiene la vista clavada en la hipnótica luz roja del semáforo.

El último antes de llegar a la oficina. No puede entristecerse con cada muerto.

Viviría atormentada. Estaría condenada al sufrimiento eterno.

Muchos compañeros lo están. Algunos lo pagan caro.

Pero siente que con esa chica falló. Podría haber hecho algo más.

Mañana tocará otro viajecito a ver el cuerpo de esa pobre desgraciada. Y la gasolinera. A revisar lo que han recogido.

Y ahora a esperar a que le envíen el informe de Valladolid. Un día más llegará tarde a casa.

El semáforo se pone en verde cuando la radio resuena en el Dacia.

Lidia arranca.

«De central para UCO. Comunicado urgente de Segovia.

Incidente grave en la SG-20, kilómetro siete, sentido Madrid.

Un todoterreno azul ha embestido a una motocicleta con dos ocupantes al paso por un viaducto.

Los dos han fallecido. Repito. Los dos fallecidos.

Todoterreno a la fuga. Los ocupantes de la motocicleta iban armados. Sin documentos».

Sarabia le mira.

—Joder. Esto no pasa cada día. Qué casualidad.

—Ahora llamamos. A ver si tiene algo que ver con lo nuestro —dice ella mientras aparca el coche.

Al llegar al despacho su compañero telefonea a la comandancia de Segovia.

—Ahora me pasan las imágenes por email.

Ella asiente.

—Esa chica no tenía pinta de estar metida en nada así —dice Lidia mientras revisa las notas de su primer encuentro con ella.

Juanjo se encoge de hombros.

—Tampoco parece que ese pardillo sea un gángster y sabemos que los dos mienten.

—Ya.

Sarabia se sienta a la mesa. Durante casi una hora permanecen en silencio uno frente al otro.

Desde su escritorio escucha cómo su compañero teclea en el ordenador.

Seguramente transcribe lo que Lino Domiño les acaba de contar en el hospital.

Mientras tanto, ella aprovecha para avisar a su marido de que va a llegar tarde.

De pronto su compañero rompe el silencio.

—¡Vaya! —dice Sarabia.

—¿Qué? —pregunta Lidia ansiosa.

—Parece que mañana aprovecharemos el viaje a Valladolid.

Lidia se levanta y se acerca a la mesa de su compañero, que le señala la pantalla.

Lo que suponía.

—Son ellos, sí —añade su compañero poniendo el dedo en el monitor—. El de la gabardina y el de la cabeza rapada. Podemos pasar por Segovia de camino.

—Y justo después de lo de la estación de servicio… parece una represalia.

Juanjo se levanta de la silla y saca el paquete de tabaco.

—Solo porque lo dijese ese pardillo no podemos confirmar que fuesen ellos los de la gasolinera.

—Yo soy la primera que no se cree nada de ese Lino… pero no puede ser casualidad. No sé si lo que dice es cierto o no, pero entre esos tipos, la gasolinera y la furgoneta había una relación.

Hace una pausa y sigue pensando en voz alta. Sarabia se pone un cigarrillo en la boca.

—Una furgoneta con un emisor GPS tiene un accidente junto a una estación de servicio.

El GPS se consulta desde un repetidor en el que aparecen tres tipos sospechosos, de los cuales uno aparece tiroteado en Atocha el día después del accidente.

Luego aparece muerta la dependienta de la gasolinera y al poco tiempo los otros dos de la fotografía.

—Suena a un vuelco que salió mal, o que salió bien y luego se mataron entre ellos.

—Sí —responde Lidia pensativa—. Y a todo esto el hermano del tipo de la furgoneta aparece cerca del accidente la misma noche. Y la dependienta de la gasolinera también está por allí.

—Bueno, jefa —dice Sarabia presionando el cigarro entre los labios—. Pero al final parece que se ha resuelto solo, ¿no? Los de la foto están todos muertos y la de la gasolinera también. Hasta que no podamos hablar con el pajarito ese del hospital no vamos a…

Ella niega con la cabeza.

—No lo creo. Ni sabemos dónde está la mercancía que llevaba esa furgoneta ni la persona que iba con Nicolás aquella noche.

—El tercer hombre —murmura Sarabia.

—¿Cómo?

—Sí, como en la película clásica esa. El tercer hombre . Su presencia cambia toda la historia.

Lidia asiente.

—Pues eso. Lino Domiño es el tercer hombre. Es la única pieza que falta por encajar. Tiene que ser quien iba dentro. El que lo cambia todo. Solo que no tenemos cómo demostrarlo.

—Estoy contigo, jefa.

—Lo del trastero fue una cagada —reconoce—. Seguro que allí guardaba algo y llegamos tarde.

El teléfono de Lidia suena. Juanjo la mira, atento a las novedades.

—¿Diga?

—¿Sargento Martínez?

—Yo misma.

—Soy la doctora Carrero. Llamo del hospital de la Paz. Tengo órdenes de avisarle ante cualquier novedad en el estado de salud de uno de nuestros pacientes. El señor Nicolás Domiño.

—Correcto. Lo tenemos bajo vigilancia.

—Lo sé. Ha fallecido. El enfermero lo ha encontrado sin pulso hace unos diez minutos.

Lidia siente como si un martillo le golpease el pecho. Su respiración se acelera. No puede ser.

—¿Nicolás Domiño ha muerto? —repite poniendo el manos libres.

A Sarabia se le cae el cigarro de la boca. La mira con los ojos muy abiertos.

—Sí. Eso he dicho —zanja la doctora.

—Pero ¿cómo? No puede ser. Estaba bien —dice mientras coge un papel y un bolígrafo.

—Bueno, a ver, bien no estaba. Según consta en los informes, estaba progresando. Habíamos reducido la sedación, había dejado de estar monitorizado… se encontraba estable. —Coge aire y resopla—. Sí, no era un pronóstico esperable pero… digamos que el señor Domiño no estaba como ustedes y como yo.

—Pero ¿la causa? ¿De qué ha muerto?

—Una parada cardiorrespiratoria súbita.

—Pero ¿por qué? —pregunta mientras lo va anotando todo.

—Puede ser por infinidad de motivos. Muchas personas aparentemente sanas sufren infartos. En este caso puede ser una descompensación postraumática o que lo hayan provocado sus lesiones cerebrales…

Juanjo la mira impaciente.

—Ya, ya —responde Lidia—. Lo que nos interesa saber a nosotros es si hay indicios de criminalidad.

—No —dice tajante la médica—. Es una parada cardiorrespiratoria. Eso sí, no presenciada.

—¿Puede haber hecho algo alguien? ¿Quién fue la última persona que estuvo con él?

La doctora hace una pausa. Puede escuchar el roce de unos papeles.

—No es mi trabajo, pero… según veo aquí, ustedes y el hermano.

—¿A qué hora se fue el hermano?

—Con todos mis respetos, sargento, pero yo solamente soy la médico de guardia. Si quieren hablar de todo eso deberían ponerse en contacto con el jefe de seguridad.

—Pásemelo ahora mismo. Es urgente. E inicien el protocolo forense. Solicitaremos autopsia.

—De acuerdo. Un momento.

—¡Ah! Y otra cosa. No avisen a los familiares hasta dentro de un par de horas. Díganles que han estado tratando de reanimarlo y haciendo comprobaciones.

La doctora se despide.

Una pieza de música clásica empieza a sonar por el altavoz.

—¿Qué coño es esto? —dice Sarabia.

—No sé. Pinta mal.

Al otro lado contesta un tipo con la voz ronca.

—Ya me ha dicho la doctora lo que desean —empieza—. No tenemos ni idea de cuándo salió la última visita de la habitación 312. Ya saben que no tenemos cámaras en habitaciones y pasillos.

—Pero en el vestíbulo, en la puerta, sí, ¿no? Registrarían su visita o algo.

—Bueno, sí. —Hace una pausa—. Según el registro, se fue treinta y dos minutos más tarde que ustedes. Esta vez vino solo. Bueno, con ustedes.

—¿Qué quiere decir con que «vino solo»?

—Pues que, por lo que veo en el registro, las veces anteriores siempre firmaba junto con una tal Nirvana. Su cuñada. La esposa del paciente.

—Ah, entiendo —dice Lidia.

—Si quieren, mañana pueden venir a visualizar las grabaciones de la entrada.

—Claro. Muchas gracias.

Y cuelga lanzando el bolígrafo sobre las notas.

—¿Crees que fue él, no?

—No es si lo creo… —dice—, es si tenemos la forma de demostrarlo.

Lidia mira sus apuntes. Trata de resolver el puzle.

—¿En qué piensas?

—¡Hijo de puta!

—¿Qué? —insiste Sarabia.

—Que hay casi una hora y media entre que sale de la habitación y cuando le han encontrado muerto. Como la autopsia no revele algo se nos vuelve a escapar seguro.

—Vamos ahora. A ver si le pillamos con algo encima —dice su compañero cogiendo la chaqueta—. ¡Venga!

—¿Vamos adónde?

—Podemos revisar hacia dónde fue al salir del hospital.

Lidia se queda inmóvil. Si quieren dar con él cuanto antes no pueden ponerse a visionar cámaras. A esas horas casi todos los comercios estarán cerrados.

Pero se le ocurre algo.

—Espera. ¿Recuerdas que Lino ha dicho antes que les habían secuestrado? ¿Y no sé qué de salvar a su cuñada, que les tenían amenazados?

—Sí.

—Y el de seguridad acaba de decir que siempre coincidían. ¿Dónde se va a quedar a dormir alguien de Barcelona con familia aquí?

Sarabia asiente. Aunque no del todo convencido.

Ella ya tiene la respuesta.

—Vamos a vigilar la casa de la cuñada.

Una sábana cubre el rostro sin vida de Nicolás Domiño.