Punto muerto Capítulo 58
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Capítulo 58

Al fin se han largado. Al fin solos.

Esa mujer está obsesionada con él. Le tiene cruzado. Está convencida de que iba en la furgoneta. De que estaba allí, en el accidente, con Nico. De que abandonó a su propio hermano.

Pero ahora tendrás trabajo que hacer, maja. Ahora estarás entretenida mirando a otro lugar.

La habitación huele a medicamento y a plástico. Pero sobre todo siente un aroma agrio, como a podrido, a laceración, a llaga pegada en las sábanas de algodón.

Mira a su hermano. Su pecho apenas se eleva con la respiración.

Sus ojos, cerrados, ni siquiera parpadean.

El gotero continúa vertiendo algo de vida en sus venas.

No parece peligroso. Al contrario. Tiene un aspecto frágil, vulnerable, débil.

Pero no te dejes engañar, Lino. Solo está durmiendo.

Hablará. Ella ya le ha escuchado. Es cuestión de tiempo. Es una bomba de relojería.

Lino marca el número de Nirvana sin apartar la mirada de Nico.

—¿Sí? —responde ella.

—Hola. ¿Cómo estás?

—Bien. Estoy en mi casa.

Escucha cómo Nirvana expulsa el humo del vapeador.

—¿Y no vas a volver conmigo a Barcelona?

Silencio.

—No. Nico se está recuperando. Es cuestión de días. Prefiero quedarme aquí hasta entonces.

—Yo también estoy en Madrid. He venido a verle. Pero yo no le he visto tan bien.

—¿Ah, no?

—No. Ha estado todo el rato con los ojos cerrados. Sus párpados no se agitan nada y la respiración es muy débil. No mueve ni un músculo. No parece que esté despierto.

—Todavía está muy sedado. Pero ¿has visto que ya no tiene respirador, ni monitores ni nada?

—Sí, eso sí, pero… ¿les has dicho a los médicos que ha hablado? ¿Lo saben ellos?

—No. ¿Por qué? Pensaba que era algo normal. ¿Debería haberlo hecho?

—Bueno, no… no sé. ¿Estás segura de que ha dicho algo? Una cosa es que emita sonidos y otra…

—¿No me crees? ¡Claro que ha dicho cosas, Lino! Para empezar, tu nombre varias veces, por ejemplo. Y palabras sueltas. Ya te conté que ha dicho «accidente» y «gasolinera». Supongo que se refería a la gasolinera del accidente, claro.

Su corazón golpea fuerte contra el pecho.

—Ya… Pero ¿a ti no te ha reconocido?

—No lo parecía. Hablaba como de forma automática. No me miraba a los ojos. Pero seguro que todo irá a mejor las próximas horas.

—No sé. Yo no le veo muy bien, Nirvana. Hace muy mala cara.

Ella tarda en responder.

—Tranquilo. Verás cómo en nada nos estará contando todo lo que le pasó. Quizá nos libre de aquellos dos…

—Sí… supongo…

—En fin… ¿Dormirás aquí?

Lino siente un escalofrío entre las piernas.

—Sí, si no te importa.

—No, claro. Ahora iré a comprar algo de cenar.

Al colgar Lino se aproxima a su hermano. Le observa de cerca. Desde ahí puede ver algunas arrugas en su rostro que no se aprecian a distancia. También canas e incluso una brizna de saliva seca en la comisura.

No, no parece un peligro. Sin embargo, lo es.

Está claro. No puede permitírselo. No puede arriesgarse a que hable. Ni mañana, ni dentro de un mes ni en un año.

Porque lo hará. Nico siempre caerá de pie. Y entonces lo joderá todo. Todo lo que ha conseguido hasta ahora.

Te quiero, Nico.

Lino siente como todos los recuerdos se amontonan en su cabeza. No quiere, pero sus ojos se humedecen.

Lo fácil sería echarse atrás. Cruzar los dedos y esperar a que la suerte lo arregle todo. Pero en realidad ya ha elegido. Lo hizo en el mismo momento en que dejó a Nico allí tirado. Incluso antes.

Y, sin embargo, duele.

Lino se acerca a la puerta y la cierra.

Duele porque durante toda su vida Nico ha sido el fuerte, el exitoso. Pero también su madre y su padre.

Observa el gotero. La vía fluye transparente, pura, inocente. Mira el reloj. Hace poco que la enfermera ha entrado. Todavía faltan horas para el cambio de turno.

Respira hondo. Abre el bolsillo de la mochila y saca unos guantes de látex. Se los coloca y vuelve a meter la mano. Ahí está. Una jeringuilla vacía. La desprecinta, saca el tapón de la aguja y la encaja.

Y de pronto se ve ahí. En la cocina, en Vigo, sentado en un taburete delante de Nico.

Él es pequeño. Nico, no tanto. Ya gana dinero.

No sabe cómo pero ya trae dinero a casa.

Mamá ha muerto hace poco. Un accidente. Volviendo de Balaídos, volviendo de ver a su Celta.

Papá está borracho, como siempre. Encerrado en su habitación. Sin hablar.

Él la mató.

Y Nico, con dieciséis años, le prepara el Cola Cao con cereales. Y él se queja de los grumos. Se niega a tomárselo… Y entonces su hermano se cabrea y le grita: «Tira pa’l cole, enano».

—Pues que sepas que los grumos era lo que más me gustaba —dice Lino mirando los ojos cerrados de Nico.

Las lágrimas le caen por las mejillas. No puede evitarlo. Es su hermano mayor. Se las seca con la manga del jersey y mira por la ventana. Puntos naranjas salpican la ciudad adormecida.

Lino parpadea. Regresa al presente. Ahora lo recuerda todo como si no dependiese de él. Como si no volver a verle no fuese cosa suya sino del destino. Algo escrito en su porvenir. Y en el de Nico.

Algo vibra en su bolsillo. Dos veces seguidas.

Es un mensaje de Faisal.

Ya lo han hecho. No han necesitado ni la foto

Y otro de la Peleona.

Ya no hay mosquitos. Ahora cumple tú con tu parte

Y ha llegado su turno. Toca dar jaque al rey.

Lino carga la jeringuilla de aire, de oxígeno. Lo hace con cuidado, con precisión quirúrgica. Como si supiera lo que está haciendo. Como si esta no fuese la primera vez.

Es curioso como algo sin lo que no puedes vivir siquiera un minuto te puede quitar la vida.

Por un segundo imagina que Nico despierta y le perdona. Entiende que por fin es alguien y que no puede renunciar a ello. A otra vida. Una vida plena.

Pero Nico no despertará, carallo. No puede ser.

Lino revisa la vía. La palpa con los guantes. Introduce la jeringuilla con firmeza. No le tiembla el pulso. Empuja la burbuja de aire hasta que esta desaparece en la vía.

De pronto siente un silencio extraño. Una especie de paz interior. Una ecuación resuelta. Permanece quieto observando el líquido gotear como si nada. Ninguna alarma suena. Todo sigue aparentemente igual.

Pero todo ha cambiado.

Saca la aguja y la guarda otra vez en la mochila. Sin mirarla. Luego los guantes. Sin monitores no le encontrarán hasta que entren a revisar la vía.

Mira el rostro de Nico por última vez.

Adiós, hermanito. Te quiero.

Un padre y un hijo yacen muertos sobre el frío asfalto.