Capítulo 57
Ya salen. Está muerta
Lino marca rápido. Sus dedos están temblando y sudorosos.
La Peleona no tarda en responder.
—Dime.
—¿Ya están en Madrid?
—Sí —afirma ella.
—El socio que tengo allí me ha dicho que se la han cargado.
—¿A la Ginebras?
—Sí.
—Pásanos foto y ubicación. Lo digo solo una vez.
—Él te lo envía todo en tiempo real. Los podéis p illar en la carretera.
La Peleona cuelga. La tarde empieza a oscurecerse.
Sale de la furgoneta. La ha dejado a dos calles del hospital. No quiere que le vean llegar con ella. Todavía no ha podido vaciarla. Todo se ha precipitado. Todo le ha pasado por encima.
Solo quiere acabar lo que tiene que hacer y volver a casa junto con ella.
Camina rápido. Jadea. ¿Y si Nico ha vuelto a hablar con ellos delante? ¿Y si ha repetido lo que le dijo a Nirvana? Estaría acabado. Solo con relacionarlo con el accidente tendrían suficiente para atar cabos. Maldito Nico. Siempre jodiendo. Hasta el final.
Llama al ascensor. Vamos. Piensa en algo triste. Algunas lágrimas. Ponte nervioso. Tiembla. Que sea creíble.
Habitación 312. Lo han trasladado.
Al llegar se encuentra con los dos agentes de la Guardia Civil sentados en un sofá frente a la cama de su hermano.
Respira aliviado. Está con los ojos cerrados.
En apariencia sigue igual que las otras veces que le ha visitado pero ahora sin tubos ni cables ni monitores, solamente una vía abierta y un gotero.
Al verle llegar los dos policías se levantan.
—¿Ha hablado? —pregunta él conteniendo la respiración.
—Primero se saluda, caballero —dice el hombre—. Todavía no.
Lino respira aliviado.
—¿Qué es eso tan urgente? —pregunta la mujer.
—Creo que va a pasar algo. No les conté todo lo que sabía.
Los dos agentes se miran.
—¿Qué sucede? —pregunta el hombre.
—Mi hermano movía droga. El día del accidente iba cargado.
Los dueños de la mercancía nos han tenido amenazados desde entonces a mí y a mi cuñada.
—Se sienta en el sofá y se frota los ojos—.
Dios mío. Si incluso nos llegaron a secuestrar.
A mí me llevaron a una cámara frigorífica y me apalearon desnudo.
Todo para ver si sabíamos dónde estaba lo que transportaba, pero yo lo único que conocía era que Nico estaba en tratos con la dependienta de la gasolinera cerca del accidente.
—Toma aire y hace una pausa. Los agentes le observan atónitos.
Está funcionando—. Yo creo que tenían un plan con alguien más.
Aunque no lo sé. Pero estoy seguro de que la de la gasolinera tenía algo que ver.
Él me habló de ella. Me resistí a decírselo porque quería protegerle.
A mi hermano. Pero hoy lo acabo de hacer.
Se lo he contado todo a ellos. Creo que han ido hacia allí.
No sé lo que puede pasar, son unos salvajes, pero necesitaba salvar mi vida y la de mi cuñada.
—Vuelve a llorar—. Ella no sabe nada de todo esto.
La sargento Martínez mira a su compañero.
—Sal y llama a Valladolid. Que vayan rápido a la estación de servicio. Avisa de que pueden ir armados.
El hombre asiente y sale de la habitación. Ella se vuelve hacia él. Abre una carpeta y saca una fotografía en tamaño folio donde aparecen tres tipos alrededor de un coche.
—¿Conoces a alguno de estos?
Lino traga saliva.
—¡Son ellos! —exclama—. Estos dos son los que nos tienen amenazados.
—¿El de la gabardina y el de la cabeza rapada?
Lino asiente.
—¿Y el de la chupa de cuero?
—Ese no sé quién es.
Ella suspira. Cierra la carpeta y camina hacia la cama donde está su hermano. Le mira con cara de lástima. Chasquea la lengua y luego regresa hacia él.
—No te creo, Lino, no te creo. No sé qué tienes que ver con todo esto, pero sé que mientes.
—Estoy diciendo la verdad —protesta él.
—Y como no hemos encontrado nada en tu trastero… —sigue ella—, no puedo demostrarlo. Pero ¿sabes qué?
Lino apoya la cabeza entre las manos.
—¿Qué?
—Que justo esa dependienta de la que hablas aparece con su furgoneta cerca de la estación de autobuses de León pocos minutos antes de que tú entrases. ¿Ibas con ella, verdad?
El otro agente irrumpe otra vez en la habitación.
—¡Ya están llegando!
Se hace el silencio.
El policía se mantiene atento a un auricular que cuelga de su oído. Ella le hace una señal para saber lo que sucede. Él le pide calma con la mano. Que aguarde unos segundos. Lino sigue sentado en el sofá, seguro de lo que van a encontrar.
—Ya está. Hay un cadáver en la tienda.
—¿Cómo? —pregunta la sargento Martínez.
El agente sigue atento al auricular. No responde de inmediato, espera las explicaciones.
—Parece una mujer joven. La dependienta.
Lidia se pasa las manos por la cara.
—Demasiado tarde.
Él sigue retransmitiendo.
—Dos heridas de bala. Aparentemente. En el pecho las dos. No, no tiene pulso. Están registrándolo todo.
—¡Joder! —exclama ella.
—Os lo dije —dice Lino—. No mentía.
En la SG-20 un todoterreno azul acelera en busca de su objetivo.