Punto muerto Capítulo 56
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Capítulo 56

—Mira —susurra Fran.

César ve los tres paquetes de cola amontonados en el suelo. Un halo de esperanza atraviesa sus pensamientos. Se pone los guantes y camina hacia ellos sin hacer ruid o.

—Tendríamos que haber venido con la furgo —dice su hijo.

—Ojalá fuese ese el problema —responde mientras coge uno de los paquetes—. Si solo hay esto tendremos otros peores.

Levanta el pack y lo observa al trasluz.

—Joder. El capullo ese tiene razón.

—¿Son estos? —pregunta Fran.

César afirma con la cabeza.

—Eso parece.

Seguidamente revisa las costuras laterales de los otros dos packs. ¡Bingo! Ahí está. Esa es su mercancía. Menuda hija de puta. Instintivamente, mira a su alrededor. Nada. Snacks, galletas, latas de refresco, agua… pero ni una botella de cola más.

—Falta mucho —dice su hijo.

—Sí. Pero, al menos, estamos más cerca.

Fran masca chicle ruidosamente.

—¿Y ahora?

César se dirige hacia el distribuidor que debe llevar a la tienda.

—Ahora hay que hacerle cosquillas a esa.

Fran le sigue.

Al entrar a la tienda se encuentran a la joven dependienta sentada en una silla, leyendo una novela de Michael Connelly y con una taza en la otra mano.

—¿Co-cómo han entrado aquí?

La joven pierde el equilibrio al levantarse y se apoya en el mostrador con la espalda. El libro cae al suelo.

—Querida —dice él—, tenemos una pregunta muy sencilla para ti. Seguro que te sabes la respuesta.

Fran se acerca a ella mostrándole la pistola. La chica frunce el ceño. Se lo ve venir.

—U-usted me suena —dice con la voz trémula—. Es el escritor. El que vino…

—Justo después del accidente. Sí.

Sonríe.

La joven da unos pasos disimulados hacia la puerta. Pero Fran la intercepta y la agarra con fuerza del brazo. Ella se resiste con torpeza.

—¡Eh! —protesta—. ¿Qué queréis de mí?

—Ya lo sabes, zorra. ¿Dónde está lo nuestro?

Fran le da un puñetazo en el estómago. La chica se dobla y cae al suelo salpicando con su vómito los lineales.

—¡Qué asco! —exclama su hijo—. Menuda guarra.

—Te lo repito. Dime dónde está el resto.

—¿Qué resto? —pregunta ella apoyando sus manos sobre el vómito.

Fran le da una patada en el vientre.

—No te hagas la tonta. Lo sabemos todo. Las botellas que tienes atrás.

La joven dependienta empieza a llorar. Los hilos de saliva le resbalan por las comisuras.

—Yo no sé nada de eso, por favor. No tuve nada que ver. Dejadme en paz.

César le hace un gesto a su hijo. Este levanta a la muchacha y la traslada hasta el almacén.

Mientras tanto, él registra la tienda. No tarda demasiado en dar con una mochila dentro de una salita con un ordenador.

En el interior se encuentra con veinte fajos de billetes de cien. Doscientos mil euros en total.

Esta borracha no es muy lista. Sea lo que sea, no puede tener rango.

Va hacia la trastienda. Su hijo ya ha preparado a la pobre desgraciada en una silla. Bien atada. Hasta que lo largue todo.

César suelta en el suelo la mochila con los billetes.

—¿Qué es esto?

La joven deja caer la cabeza y la ladea negativamente. Las lágrimas le caen sobre los pantalones.

—Me pagaron por guardarlo aquí. Pero ya no debería haber nada.

—¿Y eso qué es? —pregunta señalando los tres packs de cola.

—No sé por qué está eso aquí. Se lo debieron de olvidar. No lo sé.

La chica gimotea.

—¿Quién se lo olvidó?

—Uno que vino el día del accidente. Uno que me pidió guardarlo.

A esta no va a hacer falta atizarla demasiado.

—Dime dónde encontrarlo.

La joven vuelve a negar con la cabeza.

—No lo sé. No sé nada de él.

César le hace un gesto a Fran. Este levanta el brazo y le golpea la cabeza con el puño cerrado. Un chorro de saliva sale de la boca de la dependienta. Su oreja comienza a sangrar.

—Por favor —se lamenta—. No sé nada. De verdad. Me pagó por dejarlo aquí.

Fran le da ahora un puñetazo en la cara. De inmediato de los labios y la nariz de la joven brota más sangre.

—No, no, no me matéis. Solo necesitaba dinero.

—Danos algo.

—¡Keynes! —exclama ella—. Eso recuerdo. Me dijo que se llamaba Keynes.

Su hijo y él se miran.

—Eso no es un nombre. Eso no es nada.

—Pero es que no sé nada más —dice en un sollozo—. De verdad.

Fran le da otro golpe en la cabeza. Duro. Seco.

Esta vez lo ha hecho con demasiada fuerza. La joven pierde la consciencia durante algunos segundos. César aprovecha para acercar uno de los packs de refresco y sentarse en él. Frente a ella.

—Dejadme —dice ella al volver en sí—. Por favor.

La joven sigue con los ojos cerrados y la cabeza colgando. La saliva ensangrentada cae a chorro sobre sus pantalones

—Deja que te explique algo, querida —dice él—. Nadie paga doscientos mil euros por guardar esto. No te creo.

La chica niega con la cabeza.

—Suéltala y me la traes —le dice a su hijo.

Este obedece y la libera. César se dirige a la salita del ordenador.

—Afuera hay una cámara. Quiero ver las grabaciones de ese día.

La joven no se aguanta en pie. Fran la sostiene sobre su hombro. La agarra por las axilas y la sienta en la silla.

La dependienta ejecuta un programa, introduce una fecha y aparece una imagen.

—A cámara rápida —ordena—. A partir de la dos de la madrugada.

Ella obedece.

Hasta el amanecer solamente hay un movimiento. Una furgoneta blanca abandonando la gasolinera desde la parte trasera.

—¿Esa eres tú? —pregunta César.

Ella vuelve a llorar. Está abatida.

—No es lo que parece. Él iba detrás.

Fran se carcajea.

—Quieres decir que no iba la droga, sino ese tal Keynes.

Ella baja la cabeza.

—Sí.

César asiente.

—Está bien. —Mira a su hijo—. Vuelve a llevarla atrás. Seguimos.

Fran la agarra con fuerza del brazo y la levanta. Él va delante. Sale a la tienda y se dirige de vuelta al almacén. Pero al alcanzar el distribuidor escucha dos disparos.

—¡Joder! —grita volviéndose.

Fran sostiene la pistola. En el suelo dos casquillos y la dependienta tumbada, con medio cuerpo dentro de la gasolinera y medio fuera. La puerta se abre y se cierra sola golpeándola.

—¿Qué coño has hecho?

—Se me ha escapado. Se ha ido corriendo.

—Pero ¿tú eres gilipollas?

César corre hacia ella.

—Cuidado con la cámara —dice Fran.

—Solo se la verá a ella.

César la agarra de los pies y la arrastra hacia dentro. Su cuerpo sangra. Los disparos le han dado en el pecho. Está jodida. Cuando está seguro de no caer en el tiro de la cámara le golpea la cara.

—¡Vamos! Despierta. Dime dónde está el resto.

Ella abre los ojos. Tiene las pupilas dilatadas. Agoniza.

—Un médico… —dice ella con un hilo de voz—. Fue Keynes.

—Pero ¿quién coño es Keynes?

La joven entorna los ojos. Su respiración apenas se percibe.

—El hermano.

En la habitación 312 del hospital de la Paz la sargento Martínez observa el hipnótico ritmo del gotero.