Capítulo 53
Hasta hace poco le gustaba salir de Madrid, pero desde que se ha reincorporado de la excedencia le agota. No sabría decir por qué.
Sí, en realidad sí que lo sabría decir. Lo que pasa es que no le gusta pensarlo. Se siente mal. Eso es. Es como si el cordón umbilical siguiese ahí, pegado a su ombligo y, cada vez que se alejase de ella, se estirase tensionándola más y más.
Y eso le duele.
Estar lejos de ella le duele. No importa que no tenga sentido.
No importa si sus sentimientos son racionales o no.
Nada importa que estando en Madrid tampoco la vería porque tiene que trabajar y eso es lo que hacen todas las madres hoy en día.
La cuestión es física. La distancia física le duele y le atormenta. Punto.
Como todo en la maternidad, esto también debe de estar previsto por la naturaleza.
—¿No me haces ni caso?
—Perdona, Juanjo. Ahora mismo me importaba una mierda lo que me decías.
Sarabia parpadea pensativo. Sorprendido por su reacción.
—¿No se supone que los rojos sois buenas personas?
—Depende. ¿Sabes a cuántos rusos mató Stalin? —dice sonriéndole sarcástica—. Repítelo, por favor. He perdido el hilo.
Juanjo resopla.
—Te decía que el cabo Solé estaba muy liado con esa red de pornografía infantil y que me ha ayudado Zubizarreta y…
Lidia abre la carpeta que Sarabia le ha dejado sobre la mesa.
—¿Estos son todos? —dice pasando fotografías de personas en tamaño folio.
—Sí. No son demasiados.
—¿Ves cómo tenía razón en que no iba a haber mucho movimiento?
Sarabia asiente.
—Claro. Por eso eres tú la jefa —responde cáustico.
Lidia mira las fotos una por una.
—Aquí hay alguno que parece salido de Los Soprano —dice Lidia señalando a un tipo con gabardina—. Mira este.
Su compañero asiente.
—¡Justo! —exclama Sarabia—. Pues este personaje, junto con otros dos, se subió a un Ford Mustang GT de color amarillo sobre las 6.41.
Sarabia pasa fotografías hasta encontrar la que busca.
—¿Ves? Aquí aparecen los tres: el de la gabardina, el de la cabeza rapada y este que conducía el coche. Que me suena de algo pero no sé de qué.
—No se le ve bien aquí.
Juanjo busca otra imagen.
—Hay otra donde aparece fuera. Sale a buscarles y una de las cámaras del Palacio de Congresos le pilla bien.
Su compañero sigue pasando fotos hasta llegar a una donde aparece un tipo con una chupa de cuero.
—¡Aquí está! —exclama Juanjo—. A este tipo le tengo en la cabeza y no sé de qué.
Lidia lo observa. A ella también le resulta familiar. Pero ella sí que sabe por qué.
—Esta cara la hemos tenido colgada en el tablón de la entrada hasta hace casi un mes.
Su compañero entorna los ojos. Se concentra.
—Es el tipo al que mataron en Atocha.
Lidia asiente.
—Así es. Al día siguiente de esta captura —dice señalando la imagen donde aparecen los tres entrando al coche.
Sarabia permanece en silencio. Se miran durante unos segundos.
—Lo tenemos todo y no tenemos nada —dice ella.
Juanjo asiente.
—A saber lo que puede salir si seguimos tirando del hilo.
Lidia cierra la carpeta dejando fuera la fotografía del tipo de la chupa de cuero.
Esos tres tipos están relacionados con el accidente.
Alguno de ellos fue quien se conectó al repetidor con el móvil fantasma para consultar la ruta del GPS de la furgoneta.
No puede ser casualidad. Pero ellos no estaban en el lugar del accidente.
La imagen de las 6.41 les incrimina y exculpa al mismo tiempo.
—¿Quién lleva lo de Atocha?
—Creo que Céspedes.
Lidia telefonea al sargento. Al cabo de pocos minutos un tipo grueso y canoso con chaleco de la UCO entra en la sala mordisqueando un palillo.
—¿Qué pasa? —dice.
Ella le muestra la fotografía del hombre de la chupa de cuero.
—¿Este no es el tipo al que mataron en Atocha? El mismo del que teníamos el cartel en la entrada.
El sargento coge la fotografía y la observa por encima de las gafas. Tarda en responder.
—Joder —dice—. Esto es del día antes.
Lidia lo confirma con un gesto de la cabeza.
—Es él, ¿verdad?
Céspedes se quita el palillo de la boca y asiente bajo la atenta mirada de Sarabia.
—¿Cómo habéis llegado a esto? Nosotros no tenemos nada.
—La historia es larga —responde ella—. Te facilitaremos todo lo que tenemos. ¿No habéis conseguido nada de nada?
—Nada. No hay ni rastro de ese fulano. Es un fantasma. Solo tenemos su pasado. Se cree que está relacionado con una red internacional de narcotráfico, y se le busca por homicidio en Suecia y en Italia. Utilizaba identidades falsas y la Interpol lo puso en nuestro radar hace seis años.
Lidia resopla.
—Quizá ahora con esa matrícula podáis encontrar algo más.
Céspedes levanta las cejas.
—No parece que sea uno de esos a los que pillas por una matrícula.
Ella asiente silenciosa.
—Ya.
—En la revisión de cámaras se ve a un hombre con un casco de moto que le dispara y luego se acerca para quitarle las pertenencias.
—Blanco y en botella —responde ella—. No querían que encontrásemos nada.
Sarabia se acerca y abre de nuevo la carpeta. De ella extrae las fotografías del tipo sacado de Los Soprano y del calvo con pinta de matón.
—¿Y estos dos te suenan de algo?
Céspedes revisa las imágenes y niega con la cabeza.
—No, pero ya os digo que de este caso no tenemos nada. Cuando es la propia víctima quien se encarga de borrar las huellas… —dice desplegando los brazos—, es muy difícil averiguar algo.
El sargento tiene razón. Y esos suelen ser los casos a los que dedican menos esfuerzos.
—Lo sé.
Céspedes vuelve a ponerse el palillo entre los dientes. Luego señala la carpeta con las fotografías.
—¿Qué caso es?
Lidia mira a Juanjo, que saca de su cajón toda la documentación.
—Creemos que es un vuelco con posible tentativa de homicidio, lesiones…
Todo disfrazado de accidente de tráfico.
Pero todavía es bastante confuso. —Chasquea la lengua—.
Lo que está claro es que está relacionado con tu muerto.
Al día siguiente se lo cargaron en Atocha —dice señalando la foto del tipo de la chupa de cuero—.
Sarabia os pasará toda la información de nuestro caso para ver si os sirve de algo.
Compartiremos con el resto de las unidades las caras del tío de la gabardina y del otro de la cabeza rapada.
Si averiguáis cualquier cosa nos lo decís.
Céspedes se recoloca las gafas y asiente.
—Suena complicado. Pero si nos lleva a algo, os avisamos.
En cuanto el sargento abandona la sala, el teléfono de Juanjo suena.
—¿Diga? —pregunta su compañero.
Ella le hace una mueca ansiosa para saber quién es. Sarabia le pide calma con la mano mientras responde:
—Sí, sí. Ajá, ajá. Allí estaremos.
Lidia le interroga levantando la cabeza.
—De la Paz —dice—. Que a Nicolás Domiño ya le han hecho el TAC. Podemos pasar a verle cuando queramos.
En una carretera cerca de Zaragoza Lino busca tutoriales sobre cómo cambiar la rueda de la furgoneta que acaba de pinchar.