Punto muerto Capítulo 52
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Capítulo 52

Dos días

El cielo está encapotado. Lino atraviesa las afueras de Burgos en una nuev a furgoneta de alquiler. Una de color verde esperanza. Detrás carga con su suerte.

Los trayectos largos le hacen a uno pensar. A veces demasiado. Tanto que la persona que parte nunca es la misma que regresa.

De pronto, las dudas sobre algo que tenía completamente decidido le asaltan. Será por el aburrimiento del viaje. La monotonía del paisaje.

Duda sobre si debería dejar también el dinero. O si con la mercancía ya habría suficiente para complacer a aquella mujer.

Sabe que esto no es un juego, pero a veces hay que jugársela.

¡No! Eso no. Eso es lo que diría su hermano.

Eso es lo que decía su hermano. La vida es juego, como decía el poeta.

Y los juegos, juegos son. Eso decía Nico.

Todavía recuerda aquellas discusiones. ¿Por qué pierdes el tiempo estudiando y no ayudas en casa? ¿Y tú, por qué vendes algo que mata?

La vida es juego… y los juegos, juegos son.

Algo en el cielo desvía su atención.

Un rayo de sol atraviesa las nubes y abre un claro frente a él que se refleja en la humedad de la carretera. Recuerda entonces el discurso de Keynes sobre el dinero. Aquella clase de Política Económica que nunca ha podido olvidar.

«El amor al dinero como posesión —a diferencia del amor al dinero como medio para gozar de las realidades de la vida— será reconocido por lo que es: una morbilidad repugnante, una de esas propensiones semicriminales, semipatológicas, que uno entrega con un estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales».

O algo así.

Mejor dejar también el dinero.

No quiere soltarlo, por supuesto. Le ha costado demasiado conseguirlo. Pero eso es lo que haría un adicto, ¿no? Aferrarse al fajo hasta el final. Aunque le costase la vida.

No. Mejor vivir pobre que morir como un yonqui de la moneda.

En Rock FM empieza a sonar algo animado. Algo que todo el mundo conoce. O debería conocer.

Suena Smells Like Teen Spirit de Nirvana. El himno de unos noventa en los que él no hizo nada más que nacer. Pero que de alguna forma le representa.

Lino sonríe y tararea. Nunca ha recordado nada más que el estribillo. Pero eso es suficiente. Con las luces apagadas, es menos peligroso .

¿No es así, Lino? Las luces apagadas. Menos peligroso, se repite. Pero peligroso, al fin y al cabo, ¿no?

Continúa tarareando la canción. Esta y todas las que le siguen hasta que cae la noche. Lo hace con la mente en blanco. Anestesiado por el zumbido del asfalto bajo las ruedas e hipnotizado por la línea discontinua. Sin darse cuenta de que ya la tiene allí.

La gasolinera.

Deja la furgoneta en el arcén y atraviesa por la parte trasera de la estación de servicio. En su mano derecha —la del dedo tonto que ya no es tan tonto— carga diez fajos de cien billetes de cien euros. Cien mil euros en total para Alma.

¿Mucho? Es posible.

La puerta trasera está abierta. Impide que se cierre un cubo con latas de cerveza vacías. El almacén está completamente desordenado. Tres packs de botellas de cola en precario equilibrio se cruzan en su camino. Los sortea.

Se dirige al distribuidor que conduce hasta la tienda. Pero entonces algo vibra en su bolsillo.

Es Faisal.

La poli ha entrado en el trastero. Has tenido suerte

Siente un escalofrío que le recorre desde la nuca hasta el culo. Su corazón se acelera.

Calma, Lino. Parece que todo está bien. Sí, todo está bien. De momento.

Como decía su abuela: le ha ido de un pelo.

Cuando todo empezó temía por los dueños de la mercancía, pero nunca creyó que la policía fuese a llegar tan lejos. ¡Carallo! Qué poco trabajo que tienen.

Todo por un maldito accidente de tráfico.

Suspira aliviado. Aliviado por lo que podría haber pasado. Pero ahora no puede parar. Ahora no puede fallar.

—Hola —dice al entrar a la tienda.

Se encuentra con Alma reponiendo bolsas de patatas chips. Tiene las mejillas rojas y al verle se ríe de forma histriónica.

—¿Qué pasa? —pregunta él.

Ahora no va disfrazado para hacerle tanta gracia.

Ella le señala.

—Justo a ti quería verte, amore.

—¿Amore?

Esa chica está que se cae a pedazos. Su vida va sin frenos colina abajo. Con el motor pasado de vueltas y olor a cable quemado.

—¿Ya has hecho la compra? —le pregunta ella.

Alma se le acerca mirando la bolsa del supermercado donde lleva el dinero.

—Esto es para ti —dice él entregándosela.

—¡Vaya! Un regalo —grita aleteando los brazos—. ¡Qué ilusión!

El aliento de la chica huele a vómito y a gin-tonic. Coge la bolsa con torpeza y se le cae al suelo: los fajos se esparcen por él.

Alma se lanza sobre ellos.

—¡Dios! ¿Qué es esto? —pregunta mientras los recoge—. Es mucho dinero. Mucha pasta.

Lino sabe que no hay cámaras dentro y se asegura de que no entre nadie justo en ese momento.

—Lo que te prometí. Ahora dame tú mi carretilla.

Alma vuelve a meter los billetes en la bolsa y se levanta perdiendo un poco el equilibrio.

—¿Cuánto hay?

—Cien mil —responde Lino.

La joven borracha frunce el ceño. Hace como si pensase.

—No es bastante. Con eso no me compro un piso.

—No te vas a comprar un piso con dinero negro —zanja Lino, desprovisto de paciencia—. Venga, dame la carretilla. Tengo prisa.

La joven dependienta sonríe. Por primera vez descubre en su mirada inocente un atisbo de maldad.

—No —dice al fin—. Hoy han venido los picoletos con una foto tuya.

Por un momento el tiempo se detiene para él. Lino contiene la respiración. Piensa rápido.

Primero la entrada al trastero y ahora eso. La tenaza se cierra. Esto se pone feo, carallo. Acaba de una vez. Deshazte de todo ya. Este mundo no es para ti.

—Keynes —dice Alma borrando su sonrisa herida—, tienen una foto tuya. Y han visto la furgo cerca de la estación. Estoy en el radar. Quiero el doble. O les cuento todo.

Lino vuelve a sentir cómo el corazón le palpita en el dedo. La cara le arde y una violenta descarga de adrenalina le atraviesa de arriba abajo nublándole la mirada. El destello de luz blanca le impide ver con claridad. Puede que sea su válvula mitral reventando o…

No, Lino, no. Se acabó. Ya no eres el mismo. No lo olvides. No hay vuelta atrás.

—Me estás chantajeando.

Alma se encoge de hombros.

—Yo también quiero vivir.

Justo en ese momento la melodía de su teléfono rompe la tensión.

Es Nirvana.

Corre, cógelo. Es ella.

Se aleja de Alma caminando hacia el distribuidor.

—¿Diga?

—Hola, Lino. Ya estoy en Madrid.

—¿En Madrid?

—Sí, te lo dije. Me quedaré aquí unos días. He venido a ver a Nico. Te dijeron que empezaba a responder, ¿recuerdas?

Silencio. Lino se mete en el almacén.

—Ah, sí —dice haciendo una pausa—. Bueno, me dijeron que su organismo daba alguna señal pero que estaba muy lejos de hablar.

—Pues a mí me ha hablado.

Uno de los packs de cola cae al suelo junto a sus pies.

—¿Cómo que ha hablado? ¿Sonidos?

Nirvana suspira.

—No, Lino. Dice tu nombre. Y también dice «gasolinera» y «accidente».

Boom.

Lino cuelga.

Se deja caer en el suelo, junto al pack de cola, y rompe a llorar.

Jadea.

Le cuesta respirar. Todo se ha ido a la mierda. Si Nico habla es hombre muerto. Ya no puede cargarle la culpa.

Todos se han empeñado en joderte la vida. Todos te tienen manía.

Respira hondo. Una, dos, tres veces. Calma, Lino.

Da una patada al pack de refresco. Lo hace con más rabia que fuerza.

Y la cerda esa de ahí fuera también jodiéndote. Con el rollo ese de «qué hay de lo mío, qué hay de lo mío».

Y su vida colgando de un hilo.

Cerda egoísta.

Y ahora no puedes seguir con tu plan.

Tienes que ir a Madrid y convencer a Nico de que calle. De que no hable. De que cierre la maldita boca. De que como diga algo te matan. Y a Nirvana también.

Pero ¿cómo te va a salvar el culo tu hermano si le has jodido bien, imbécil?

Lo hará. Es tu hermano. Te quiere.

Su bolsillo vibra. Es un mensaje. Saca el móvil. Es la Peleona.

Por tu bien espero que puedas seguir vendiendo tu material de animación. Tengo demasiados clientes contentos en la fiesta

Le cuesta leerlo. Tiene la espalda sudada y la cabeza helada. Una deuda más. Otra soga al cuello.

Podía pasar.

Teclea un nuevo mensaje. Los dedos le tiemblan.

Faisal, necesito que vengas a Madrid con el coche. Hoy mismo. Te pagaré muy bien

Enviar.

Guarda el teléfono y toma aire. La suerte está echada.

Se seca las lágrimas con la manga y vuelve a levantarse.

Coge el pack de refrescos volcado en el suelo y sale por la puerta trasera hasta la furgoneta.

Abre el portón y lo guarda dentro. Luego coge uno de los suyos.

Uno de los «premiados». Entra de nuevo en el almacén y lo deja allí.

Repite la misma acción dos veces más hasta emular la misma pila que había.

Lo deja todo igual que estaba cuando llegó. Pero ahora con pólvora.

A la mierda.

Vuelve a sacar el móvil. Otro mensaje. Esta vez responde a la Peleona.

Por supuesto. Cuenta con mis productos de animación. Pero ahora mismo tengo un pequeño problema

Enviar.

Entra en la tienda. Alma sigue allí, amorrada a una lata de cerveza y sentada tras la barra.

Lino le lanza diez fajos más sobre el mostrador.

—Y ahora dame mi puta carretilla.

Después de sobornar a un enfermero César entra en la habitación de Nico.