Punto muerto Capítulo 51
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Capítulo 51

Tras la verja de color verde se alza un edificio de obra vista. Todavía es de noche y la bruma impide ver con claridad el letrero con el logotipo de la Guardia Civil que cuelga en la entrada.

Al acceder a la comandancia de Valladolid les recibe el cabo Souto, que ya tiene preparada la conexión con Badalona en una de las salas de reuniones.

—Adelante —dice el cabo abri endo la puerta—. Os esperábamos antes. Ahí tenéis la máquina.

—La niebla nos ha retrasado —se justifica ella.

Sarabia va directo a sacar un par de cafés.

La mesa redonda está presidida por un monitor conectado al portátil del cabo Souto.

—Están a punto de empezar —dice mientras se pone los auriculares—. Sentaos.

Sarabia le entrega uno de los cafés.

—Yo estoy bien de pie —responde ella cogiendo el vaso.

Más de dos horas sentada en el coche le empiezan a pasar factura en las lumbares. Dormir a la niña en brazos, también.

Lidia empieza a dar vueltas alrededor de la sala. Quizá para calmar los nervios. Quizá para destensar los músculos.

Su compañero se sienta a la mesa, frente al monitor, y da un largo trago a su café. El cabo Souto escucha atentamente la retransmisión.

—Los Mossos acaban de avisar a los de recepción de que entramos ya —informa.

Lidia se acerca.

—¿Hay imagen, no? —pregunta dando un sorbo al café.

—Sí, sí. Ahora empezarán —responde el cabo.

De inmediato la pantalla empieza a retransmitir vídeo.

Por el momento solo se ve ajetreo en un pasillo largo con el suelo gris, puertas verdes a los lados y luz fría.

Un grupo de chalecos negros donde se puede leer GUARDIA CIVIL USECIC avanza por él. La imagen se ve movida. Algunas botas negras, rodilleras y uniformes verdes. Está claro que el cámara no busca la Palma de Oro.

El cabo se quita los auriculares y comparte el sonido.

—Aquí Badalona. Entramos en el trastero 23A —se escucha por el altavoz.

En Valladolid la sala permanece en silencio. En las imágenes se ve que uno de los agentes porta una radial con la que corta el candado.

—¡Vamos! —ordenan desde Badalona—. Trastero 23A abierto. Procedemos a la entrada.

La imagen se vuelve borrosa y luego negra y, por unos segundos, solo se oye ruido.

—Trastero 23A completamente vacío. Sin enseres ni mobiliario.

La retransmisión en vídeo regresa a la pantalla. Tal y como han dicho, la cámara que lleva en el cuerpo uno de los agentes muestra un espacio vacío.

—Solo hay una caja de cartón rota. Procedemos a la toma de imágenes y cerramos.

—¡Mierda! —exclama Sarabia mirándola.

El cabo también la mira.

—Vaya cagada —es lo único que atina a decir ella—. Vaya puta cagada.

Lidia se sienta, se lleva las manos a la cabeza y apoya los codos en la mesa.

—Bueno —dice Sarabia, poniéndole una mano sobre la espalda—. Esto no quiere decir nada. Podría haberlo vaciado esta misma madrugada.

Juanjo solo intenta animarla.

—Sí. Pero era nuestra mejor baza para pillarlo con algo. Algo inapelable. Con esto se acababa la partida.

El cabo Souto apaga el monitor y se dirige a ella:

—Pedid entonces las grabaciones del recinto, ¿no?

Lidia se ríe.

—Ahora el juez no nos va a dar nada hasta que nosotros no le enseñemos algo más.

Sarabia lanza su vaso a la basura y se levanta de la silla.

—Pues venga, vamos. Que no hemos venido hasta aquí para esto. —Y le da una palmada en la espalda.

Lidia se incorpora con un resoplido. Abatida. Los días así odia su trabajo. Luego se le pasa, sí. Pero ahora escuece.

El trayecto en el Dacia es corto. Juanjo conduce. Ella se relaja. Respira y exhala ruidosamente.

Hubiese puesto la mano en el fuego a que encontrarían algo ahí dentro. De todas formas continúa estando segura de que ese tipo oculta algo. ¿Quién mantiene un trastero de alquiler vacío?

Juanjo tiene razón: «Podría haberlo vaciado esta misma madrugada».

Al llegar a la gasolinera le vuelve a invadir una sensación de vacío. Si esto falla, solo quedará el hilo del repetidor de telefonía y todo el trabajo que han hecho hasta ahora se habrá ido a la mierda.

—¡Vamos, jefa! Esos ánimos, alegra esa carita —dice su compañero mientras baja del coche—. Arriba, que ya los tenemos, ¡coño!

—No seas malhablado, viejo.

Sarabia entra en la gasolinera con la cabeza baja. La calefacción les golpea los pómulos y una canción de C. Tangana les da la bienvenida.

Afuera empieza a amanecer.

Tras el mostrador, la joven Alma vuelve a beber a escondidas. Al verles les da la espalda, como si fuese a salir huyendo, pero enseguida desiste de su absurdo acto reflejo.

—Hola, Alma —dice Lidia.

Esta vez se han acabado las bromas.

—Ah… ustedes. —La chica hace ver que limpia la barra con un trapo—. Hola.

Lidia hace una señal a Sarabia. Este saca el móvil y le enseña a la dependienta una fotografía del sospechoso.

De Lino Domiño.

—Le conoces, ¿verdad?

Alma mira la imagen. Luego levanta la vista hacia ella y niega con la cabeza.

—No. No me suena de nada.

—¿Y si te digo que te hemos visto con él? —miente.

La joven se encoge de hombros. Se rasca la cabeza. Vuelve a coger la bayeta. La suelta. Tarda en responder.

—Pues no sé. Habrá sido casualidad.

—¿Has llevado a ese chico en tu furgoneta?

A su lado, Sarabia permanece en silencio, pero involuntariamente su cabeza asiente.

—No —zanja la dependienta mientras coloca algunos paquetes de chicles en el lineal—. No sé quién es.

Lidia se sienta en el taburete frente a ella.

—Escucha —le dice.

Alma vuelve a mirarla.

—Este tío es el hermano del que quedó en coma en el accidente. Subió a un autocar en dirección a Barcelona a las 9.03. Las imágenes muestran cómo entró a la estación de León a las 8.16.

La joven escucha con atención. No parpadea.

—¿Y?

—Que tu furgoneta aparece a las 8.12 a una calle de la estación.

Alma asiente pensativa. Se retuerce el pelo con los dedos.

—Ya les dije que a esa hora fui a León a tomar un café.

Sarabia suelta una carcajada. Eso siempre funciona.

Lidia permanece algunos segundos mirando a la dependienta en silencio. Incrementando el nivel de dramatismo.

—¿Alguien te ha amenazado? —pregunta—. ¿Te han prometido algo?

Alma se desmorona. Sus labios tiemblan y los ojos se le encharcan.

Lidia deja que corran los segundos, pero lo único que hace la joven es beber de su vaso de cartón.

—¿Por qué lloras? ¿Te han amenazado? —insiste—. Puedes confiar en nosotros.

La dependienta se seca las lágrimas con el brazo, aprieta los labios tratando de contener el llanto y niega con la cabeza.

—No. Lloro porque mi vida es una mierda.

A su lado Sarabia mira a la joven con lástima.

—¿O simplemente eres cómplice? —añade Lidia como una losa.

La joven da otro trago a su vaso de cartón. No dice nada.

El teléfono de Juanjo suena y sale fuera para responder.

—Mírame, Alma —dice ella apoyándose en la barra—. No quiero hacerte daño. Quizá tu vida te parezca una mierda, pero… —Hace una pequeña pausa—. Créeme: puede ser mucho peor.

La joven asiente. Vuelve a secarse las lágrimas con la manga. Ahora más sosegada.

—No sé nada más. No les puedo ayudar.

—Está bien —dice Lidia—. Pero aquí las dos sabemos que mientes. Y espero que lo reconozcas tú antes de que lo descubra yo.

Lidia coge un paquete de KitKat y deja un euro sobre el mostrador, junto con su tarjeta de visita.

—Llámame si decides que no vale la pena caer por él.

Al salir de la tienda se encuentra a Juanjo colgando la manguera después de poner gasolina al Dacia.

Está sonriendo.

¿De qué se ríe? Todo va mal. A ella no se le ocurre nada que, en aquel momento, pudiese hacerle sonreír.

Salvo una tarta Sacher, por supuesto.

—¿Qué pasa? —le pregunta—. ¿De qué te ríes?

—Estamos de suerte —dice Sarabia sin borrar su sonrisa—. Mejor te lo digo dentro.

Lidia se sienta en el asiento del acompañante y le mira ansiosa.

—¿Qué? Dime.

—Ha despertado. Empieza a responder a estímulos.

En el interior de la gasolinera Alma apura un gin-tonic mientras mira la tarjeta de la sargento Martínez. Empieza a pensar que quizá le convenga contarlo todo.