Capítulo 50
Colocándolos de lado, han podido formar una base con cuatro paquetes y poner otros cuatro más encima. Todos han cabido en el maletero del Skoda Octavia.
—¿Hemos tardado mucho? —pregunta Faisal al verle mirar l a hora en el reloj del salpicadero.
—No. Las hemos encontrado rápido. Pero para mí ya es demasiado tarde.
Faisal asiente sin apartar los ojos de las curvas.
—¿Mañana te acompaño?
—No. Ya se ha terminado, Faisal. Esto es lo último. Te pagaré y se acabó. Seguirás con el taxi.
Su compañero no protesta. Hace días que lo sabe.
Al llegar a la plaza de toros Faisal le mira.
—No hay nadie.
—La he avisado antes de que veníamos. Deben de estar dentro. Tira.
El coche atraviesa el arco.
En el centro del ruedo les esperan otra vez los tres tipos del plumón negro. Esta vez apoyados contra un Range Rover. Uno de ellos —el que manda— les hace una primera señal con la mano para que se detengan y luego otra para que bajen.
Después de hacerlo el tipo va directo al maletero y lo abre.
No dice ni una palabra. Sus ojos no expresan nada.
Observa la mercancía y se da la vuelta.
—Llevadlo al coche —ordena a los otros dos tipos.
Al instante saca su teléfono y se aleja hasta uno de los burladeros de la plaza. Habla con alguien, pero Lino no puede escuchar con quién. Con la Peleona, seguro, piensa.
Pocos minutos después regresa hacia ellos. Los otros dos tipos ya han guardado la mercancía y se han subido a su todoterreno.
—La jefa dice que si has vuelto a fallar te cortará las pelotas y las meterá en un frasco con formol para decorar su salón.
Faisal le mira de reojo tratando de pasar desapercibido.
—Esta vez está todo bien —responde Lino—. ¿Dónde está la furgoneta?
El tipo sonríe y se baja la braga. Tal y como suponía, es el tipo del delta.
—Yo mismo vi cómo la hacían pedacitos en la fragmentadora.
Faisal se lleva la mano a la cara.
—¡No! —dice.
—¿Y la mercancía? —insiste él.
—La tenéis en la cocina —dice señalando hacia la construcción aneja—. Nos vemos a la próxima. Chao.
El tipo sube al asiento del conductor, arranca el todoterreno y los tres desaparecen bajo el arco en mitad de una densa nube de polvo.
Sin perder un segundo, Lino camina decidido hacia el edificio. A su lado, Faisal le acompaña con los ojos empañados.
—Me han jodido la vida, amigo —dice.
—No. Me la han jodido a mí, carallo —replica—. ¿Cómo vamos a llevarnos la carga sin la furgoneta? Yo mañana tengo que salir para Galicia.
Su amigo entorna los ojos y se vuelve a pasar la mano por la cara.
—Estaba a mi nombre, la tenía que devolver mañana. ¿Qué hago ahora?
Lino le agarra del hombro.
—Ya te la pagaré, ¿vale? Deja de preocuparte por gilipolleces. Ahora coge el coche y ve a buscar otra para llevarnos… —Lino señala los packs de cola que reposan en el suelo de la cocina abandonada—. Todo esto.
Mientras espera el regreso de Faisal, se dedica a admirar los paquetes de refresco. Se sienta en el suelo y apoya la espalda contra la pared desconchada.
Ya está. Todo arreglado. Una sensación de alegría le invade por dentro. Tan solo se dispone a salir de un lío en el que se ha metido él solo, pero se siente como un niño en la noche de Reyes.
Antes de que se olvide saca el teléfono de Nico del bolsillo y le graba el número que tenía anotado de Chupa de Cuero. El mismo al que se supone que debía avisar una vez pinchada la rueda.
No pudo hacerlo.
No pudo porque su hermano le tiró el móvil por el barranco cuando se detuvieron en el pazo de su familia.
Justo adonde va a ir por la mañana.
El accidente solo fue algo que salió mal en un plan que ya había salido mal.
Como cualquier persona normotípica anotó en un papel aquel teléfono que el de la chupa de cuero le había dejado grabado en el malogrado aparato.
No servirá de mucho pero si, tal y como piensa, esos tipos saben algo más de lo que dicen, quizá ese número grabado en el móvil de Nico les ayude a completar la historia.
Una historia que no existe.
Ya de vuelta en casa, y después de dejarlo todo preparado para partir por la mañana, su día mejora todavía más.
Nirvana le espera en casa con la cena. Ha comprado una botella de vino y ha cocinado un bacalao con almejas.
Una vez duchado, vestido y con la expresión de normalidad recompuesta, empieza por fin a relajarse.
Se tumba en el sofá, frente a la tele. Pero no la enciende. Nirvana pone la mesa. Siente paz. El corazón le bombea perezoso. Podría acostumbrarse a vivir así.
Ahora la suerte ya está echada. Quizá solo deba dejarse llevar.
Al acabar de cenar Nirvana va un momento al baño. Mientras, él vuelve a sentir ese desagradable hormigueo en el estómago.
Es solo un momento. Una punzada sutil pero violenta.
Vamos, Lino, él te ayudará. Keynes no falla. Él sabe lo que hace. Todo está preparado. En dos días todo esto no habrá sido más que una pesadilla. Sí. Una pesadilla de la que solo te quedará lo bueno. El dinero, la dignidad y ella.
Lino mira a Nirvana, que reaparece con una sonrisa. Eso le calma. Vuelve a sosegarse. El hormigueo desaparece. Todo bajo control. Otra vez.
—¿Vemos alguna serie? —pregunta ella.
A través del ventanal la ciudad permanece en calma. Ajena a todo. La luna atraviesa las nubes haciéndolas brillar y los edificios salpican el paisaje de luces naranjas.
Mientras miran la televisión una inoportuna melodía rompe la paz hogareña. Es un teléfono. El de Nirvana.
Al escucharlo ella apoya la cabeza sobre su hombro.
Lino se siente bien. Se siente protector. Es feliz. A su manera.
—¿No lo coges? —pregunta.
—No. Estoy demasiado bien así —dice ella sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Y si es urgente?
Nirvana levanta la cabeza y le mira a los ojos.
—Nadie me necesita tanto.
La melodía deja de sonar. Pero inmediatamente se oye otro tono distinto. Esta vez es el suyo.
Él sí que debe responder.
Se levanta del sofá. Nirvana se incorpora y le sigue con la mirada. Él se retira a la habitación.
—¿Diga?
—¿Señor Lino Domiño?
—Sí. Soy yo.
—Le llamamos del hospital de la Paz para darle una buena noticia sobre su hermano.
Nicolás empieza a responder a algunos estímulos.
Todavía no son demasiados, pero abre los ojos espontáneamente, reacciona al dolor o a los sonidos moviendo los párpados, emite algunos sonidos guturales y de vez en cuando incluso agita alguna extremidad.
—Vaya. ¿Eso es que ya está consciente? ¿Podría hablar?
—No, no. Todavía no. Se encuentra en un estado de mínima consciencia. Clínicamente, eso no garantiza una recuperación total o que vuelva a hablar ni a ser el mismo de antes. De hecho, estamos muy lejos de eso. Pero sí que es un principio. Una buena señal para el optimismo.
Al fin el juez aprueba la orden de entrada y registro en el trastero de Lino.