Capítulo 49
Tres días
Permanece quieto junto a Faisal en mitad del trastero. Los dos observan los packs de cola que quedan.
—Al menos en la empresa de alquiler me han dado dos días más para devolver la furgoneta.
—Eso es lo que menos me importa. Estoy jodido. Necesito recuperar la mercancía ya.
—¿Qué hacemos?
Lino piensa. Está cansado. La vuelta caminando desde aquel bosque hasta la nacional le ha dejado el cerebro frito y los pies llenos de ampollas. Ni siquiera un coche —de los pocos que pasaban— ha parado para llevarles.
—Tengo que solucionar esto ya —dice—. Es muy raro lo que dice esa mujer. Si lo que quería era robarme, podría quedarse todo lo que hay en la furgo y dejarse de historias.
—¿Y si es verdad, amigo? —dice Faisal mordiéndose las uñas—. ¿Estás seguro de que en cada paquete había una botella cargada?
—No lo sé, no me lo he planteado. Lo he dado por hecho.
Lino piensa en lo que le dijo Nico aquella noche y continúa:
—Sé que hay cien paquetes y cien kilos. No hace falta ser matemático para…
—Perdona —dijo Faisal con los ojos muy abiertos—. En cada pack hay solo una botella cargada, ¿no?
—Sí —respondió Lino dudoso—. Al menos eso me dijeron.
Faisal le mira fijamente. Mueve los labios como si fuese a hablar pero no dice nada.
—¿Qué? —insiste Lino.
—No puede haber cien kilos en cien botellas a menos de que en cada una de ellas haya un kilo o…
Lino siente un escalofrío.
—No me jodas —interrumpe intuyendo por dónde va.
—… o si llevan un kilo y medio, tendrán que ser —Faisal calcula mentalmente— sesenta y cinco botellas.
—Y entonces no hay una en cada pack de seis.
Lino se siente humillado. Altas capacidades, decían…
Faisal se esfuerza en disimular una sonrisa de satisfacción.
Claro, tiene sentido. Igual que en cada pack solo una de las botellas lleva coca, tampoco hay una en todos los paquetes. Eso hace que, en caso de caer en un control, haya alguna posibilidad más de salir airoso.
Pero, ahora, esa maravillosa estrategia diseñada por los mejores catedráticos de narcotraficología va a hacer que lo maten.
—Tienes razón —admite a su compañero—. No todas llevan una. Esa mujer dice la verdad. Tengo que encontrar la forma de distinguir los packs con premio de los que no.
Faisal da una patadita a uno de ellos.
—¿Qué más da? —dice—. Los pinchamos todos y los que no goteen serán los buenos.
—¡No, hombre, no! Eso destrozaría el camuflaje si nos paran.
Por primera vez en mucho tiempo Faisal vuelve a reírse.
—Si la Guardia Civil pilla una narcolancha de camino a las Baleares… ¿Piensas que se van a creer que lo que transportan son refrescos?
Faisal tiene razón. De nuevo.
—Pero serviría una vez allí. Y también hasta llegar a la lancha. Tú lo sabes mejor que nadie. ¿O no recuerdas lo que pasó cuando fuimos a entregárselos al yanqui?
Faisal asiente.
—Sí, sí —afirma. Pero de pronto algo le hace abrir los ojos exageradamente—. ¿Y ese tío no recibió ningún pack vacío?
—Parece que no. Al menos no se ha quejado. Debió de tener suerte.
—Sí. O tú —responde cáustico—. ¿Qué hacemos entonces?
—Vamos a revisar las botellas. Hay un pack que ya está abierto, con la botella que uso de muestra. Está rota pero servirá. A ver si encontramos algo que la distinga de las demás.
Faisal coge la botella, la eleva hacia el fluorescente que invade de luz fría el trastero y la observa al trasluz.
—¿Ves algo?
Su compañero niega con la cabeza.
—Dame una normal.
Lino se agacha para coger una. Al hacerlo puede oler la humedad de sus pies. Le entra un escalofrío.
—Toma.
Faisal hace lo mismo con la otra botella. La mira, la compara con la otra, incluso le pasa la mano.
—¿Qué haces?
—Lo que has dicho, amigo.
Faisal se sienta en el suelo con las piernas cruzadas y cierra los ojos. Lino no pierde detalle. Su compañero pone una botella a cada lado y empieza a acariciarlas con las dos manos.
Ahora mismo parece adepto de algún tipo de culto religioso o rito extraño.
—¿Faisal?
—Shhhh. Me estoy concentrando.
Lino se pone nervioso. No tiene tiempo para memeces. La cuenta atrás continúa. Si no soluciona lo de la Peleona, no va a poder seguir con el plan. Tiene el tiempo justo para arreglarlo todo y marchar hacia Galicia.
Pero su compañero ni se inmuta. Parece como poseído. Emite una especie de sonido gutural sordo que sale directamente de su faringe y le retumba en el pecho. Mientras, continúa acariciando sendas botellas con las manos. Raro.
—¡Faisal!
Al fin su amigo se sobresalta y abre los ojos como desorientado. Mira a su alrededor como si no reconociese el lugar donde está.
—Ya está. Lo tengo —dice.
—¿Qué tienes?
—La diferencia. Mira. —Faisal se levanta y le entrega las dos botellas—. Tócalas.
Lino las examina, les pasa la mano por encima pero no logra encontrar nada.
—¿No lo notas? —pregunta Faisal.
—¿El qué?
—Aquí. —Faisal le toma un dedo y lo pone encima del cuello de la botella—. Esta soldadura no está en la otra.
Interesante. Lino toma la botella premiada y la que no, y las compara. Pasa las yemas de los dedos por encima del cuello y, aunque casi imperceptible a la vista, al tacto se percibe una pequeña costura que sale desde la etiqueta hasta el cuello del tapón de las botellas trucadas.
—¡Vaya! Es verdad.
Faisal sonríe.
—Y hay más, amigo.
—¿Qué? —pregunta Lino.
—Pues que si te fijas bien la del doble fondo es más ancha. Casi no lo parece pero es más gorda. No cabría un kilo y medio en una botella de litro y medio.
—Está compactada —responde a la defensiva—. Ultracompactada.
—Ya pero… lleva el doble fondo y todo y…
—Bueno, da igual. Vamos a revisar los otros packs.
Ambos se arrodillan en el suelo y, sin romper ningún precinto, voltean las botellas una a una en busca de la cicatriz delatora.
En el hospital de la Paz un monitor emite un pitido que rompe el silencio de la habitación.