Capítulo 48
—Hay que conseguir que el juez nos conceda la orden de registro para el trastero de Domiño.
—Estás un poco obsesionada con ese pardillo.
—No me huele bien, Juanjo.
—Pero teniendo todo lo del GPS… —dice blandiendo los documentos que les acaba de entregar el cabo Solé—. El nexo con el accidente es mucho más sólido que lo del hermano —insiste Sarabia.
—Lo sé. Pero hay que confirmar lo que dice. Si encontramos su cara en la estación, el juez nos dará la orden.
—Seguramente —responde su compañero—. Pero ahora tenemos curro con esto.
Lidia coge los papeles y reniega un poco. Básicamente, se trata de un listado de códigos de repetidores y una hora.
Va al grano. Recorre con el dedo índice toda la columna hasta llegar al último número.
—Bueno. Desde luego, fácil no nos lo van a poner —dice.
—¿Por qué? —pregunta Juanjo dando un mordisco a su bocadillo de chorizo.
—Porque hay muy pocas conexiones. Encendía y apagaba esta SIM cada vez que la usaba. Ahora hace semanas que ni da señal.
Su compañero se sacude las migas de pan del chaleco.
—Pero para consultar las rutas sí que debía encenderlo, ¿no?
Lidia asiente al tiempo que saca su teléfono.
—¿Qué haces? —pregunta Juanjo.
—Llamar a los de informática.
Sarabia da un nuevo mordisco a su desayuno.
—Soy la sargento Martínez. ¿Podrías pasarte por aquí un momento? —pregunta Lidia.
Al cabo de unos minutos entra por la puerta el cabo Solé.
—¿Compañeros?
—Escuchadme los dos —dice ella—. Vamos a hacer una cosa. Tenemos una conexión la misma madrugada del accidente a una antena ubicada cerca del Palacio de Congresos. Enfrente del Santiago Bernabéu.
Sarabia y el cabo Solé asienten sin decir nada. Su compañero sigue masticando ruidosamente.
—Vamos a buscar cámaras por allí. La zona es muy pequeña.
—Pero, jefa, ¿qué quieres encontrar? —pregunta su compañero arrugando la frente.
Lidia da unos golpecitos con el dedo sobre el listado.
—La persona que seguía la ruta de esa furgoneta es quien lo sabe todo. Quiero encontrarla. Quiero pillarla con las manos en el móvil.
—Sargento —interrumpe el cabo Solé—, eso es como buscar una aguja en un pajar.
—¿Y no nos pagan para eso?
—Pero primero haría falta que se conservasen las grabaciones y después… —dice el informático resoplando—. ¿A quién buscamos? ¿A cualquiera que pase por allí? Pueden ser miles de personas.
Lidia niega con la cabeza.
—No te preocupes, no ha pasado ni un mes.
Todos los comercios tendrán las grabaciones.
Y, además, ¿por qué creéis que os he dicho ese lugar y esa hora concreta?
Es a las seis de la madrugada. Casi no habrá gente por la calle.
Y menos en fin de semana. Si le pillamos con el móvil en la mano, será perfecto.
—¿Y si no? ¿Y si está en algún piso?
—Revisaremos también las imágenes de las fincas que tengan videovigilancia —dice atusándose el cabello—.
¡Ah! Y buscaremos movimientos sospechosos por esa zona horas antes y después.
Pongamos de las dos a las siete de la mañana.
Son cinco horas en las que no habrá demasiado movimiento.
Quiero que hagáis capturas de todos los rostros que veáis.
Quiero una colección con todas las jetas que se paseasen por la zona de ese repetidor. ¿Entendido?
—Te has puesto dura —dice Juanjo envolviendo lo que queda del bocadillo en un pedazo de papel de aluminio.
—Soy dura, amigo. Muy dura.
Su compañero y el cabo Solé bajan a la sala de delitos informáticos.
Si, como dice el hermano, aparece en las cámaras de la estación de León no podrá ser él quien consultaba la ruta desde ese repetidor en Madrid. Eso no exculparía a nadie. Simplemente repartiría los roles.
Justo en ese instante entra por la puerta el agente Zubizarreta.
—¿Ya están? —pregunta impaciente Lidia.
—Sí. ¿Te pasas luego por la sala de visionado?
Ella se levanta.
—¿Cómo qué luego? Vamos ahora mismo.
Otra vez se encuentra en aquel agujero oscuro y lleno de pantallas.
—¿Qué tienes? —pregunta.
El agente Zubizarreta se sienta.
—Desde la estación de autobuses nos han facilitado las grabaciones de las tres cámaras que tienen. Una en la entrada, otra en las dársenas y una tercera en la parte trasera.
—Muy bien. Dale entonces.
—Pero ¿por cuál empezamos, sargento?
Siempre por el final, piensa.
—Por la de las dársenas. Vamos a verle subir. Según la información que tengo de ese día, el primer autocar a Barcelona salía de la número tres a las nueve de la mañana.
Zubizarreta asiente y empieza a controlar los mandos. Dispone de una ruedecita para hacer avanzar y retroceder la imagen más deprisa. No tarda demasiado en ubicarse en el lugar y la hora indicados.
Afortunadamente, la dársena número tres queda cerca de la cámara y en un ángulo muy limpio para poder identificar a los pasajeros. La suerte no siempre sonríe. Pero a veces sí.
Cuando pasan tres minutos de la supuesta hora de partida del autocar se ve con claridad al señor Lino Domiño subir al vehículo. Dos minutos más tarde este desaparece de la pantalla con él dentro.
—Está bien —dice ella—. Confirmado que el sospechoso estuvo en León y que parte de su relato es cierta.
—¿Y ahora? —pregunta el agente levantando la mirada hacia ella.
—Ahora vamos a ver si todo es cierto y si tiene coartada.
El tipo dice que la noche anterior no llegó a la estación a tiempo para tomar el último autocar hacia Barcelona, que, según consta en la web de la empresa, salió a las diez de la noche.
Así que dice haber dormido en la misma terminal hasta que sube al de las nueve de la mañana.
Zubizarreta resopla.
—¿Busco entonces en la cámara del vestíbulo, desde que sube al autobús hasta las diez de la noche?
—Eso es.
El agente vuelve a ponerse al mando. Con la ruedecita rebobina a cámara rápida. A los pocos minutos lo encuentran. Prácticamente tres cuartos de hora antes de subir al autocar. A las 8.16 entra por el vestíbulo principal de la estación.
—¡Vaya!
—¿Qué? —pregunta Zubizarreta.
—Que eso es demasiado pronto para tener una coartada.
—¿Sigo revisando hasta las diez de la noche a ver si aparece antes o lo hace en las de la cámara trasera?
Lidia asiente y se va al baño. Se lava la cara y se mira al espejo.
Las ojeras no se han ido. Eso le recuerda a su pequeña.
Siente una punzada en el estómago que le parte por dentro.
Debería pasar más tiempo con ella. Lo sabe.
No soporta que esté tantas horas en la guardería.
Ni siquiera lleva bien que se quede con su marido o con sus padres mientras ella no está.
—¡Joder! —grita tirando a la basura el papel con el que se ha secado las manos—. ¿Para eso has tenido una hija?
Pero no te hagas trampas al solitario, sargento Martínez. Te encanta tu trabajo. ¿O quizá te hace olvidar lo malo de ser mamá? ¿Porque también hay una cara B en eso, no?
En fin.
Mejor pensar en otra cosa. Por ejemplo. Debe de ser el único miembro de la Guardia Civil a quien le gusta Extremoduro. O no. ¿La única sargento, quizá? ¡Va! Te sobreestimas. Te crees demasiado especial. Seguro que hay capitanes, incluso generales a quienes les gusta.
Todavía recuerda cuando empezó en el cuerpo. Aún era una alumna de la academia. Al enterarse de que había ido a un concierto de rock urbano, un compañero le dijo que mejor que ingresara en la «guarra civil».
¡A la mierda!
Al entrar en la sala Zubizarreta le espera bebiendo una bebida de esas energéticas.
—Esa mierda te va a matar —le dice.
—Mejor que el whisky, ¿no? —responde el agente con una sonrisa.
—O no. ¿Has encontrado algo?
—Nada. No hay nada. Al menos hasta las diez de la noche. Desde entonces solo las que has visto en la dársena y antes en la entrada, a las 8.16.
—Entonces no tiene coartada. Pudo estar en la furgoneta. —Mira al agente, que parece perdido—. El sospechoso dijo que durmió en la estación, aunque por lo que…
—Pudo hacerlo en la entrada pero fuera. Hay un porche. La cámara está dentro, en el vestíbulo. Muchos vagabundos duermen en los porches de las estaciones.
Zubizarreta tiene razón. No hay más que viajar por cualquier país del mundo en tren o autocar para verlo.
—¿Y no hay ninguna cámara cercana que enfoque el porche?
El agente vuelve a resoplar.
—Tendríamos que volver a solicitarlas, como cuando buscamos la ruta de la furgoneta accidentada.
Lidia permanece pensativa. Repite mentalmente las palabras de Zubizarreta. Algo se quedó colgando la última vez que estuvo en aquella sala visionando las cámaras de León. ¿Qué era, Lidia?
—¿Sargento? —interrumpe el agente dando un trago a su bebida marrón.
—Perdona. Oye, ¿tú recuerdas algo que me llamara la atención el otro día?
—¡Sí, claro! Otra furgoneta.
—¡Eso es! La de la chica de la gasolinera.
Zubizarreta se encoge de hombros.
—No conozco el caso al…
—¿Puedes recuperar ese vídeo?
—Sí. Tengo registrados los que visionamos pero necesitaría la hora a la que buscar.
—Poco antes de las 8.16.
El agente cambia de archivo, lo ejecuta y lo sitúa en la hora indicada.
—Nada —dice.
—Tira hacia atrás —ordena Lidia.
Zubizarreta gira la ruedecita hasta que a las 8.12...
—¡Ahí está! —exclama ella—. ¿Dónde es eso?
El agente abre el mapa de León donde tiene marcada la localización de cada cámara. Se gira hacia ella y levanta las cejas.
—Al lado de la estación.
—Lo sabía. Dale al play.
En la imagen la furgoneta pasa de largo. Hubiese sido demasiado fácil ver al señor Domiño bajando de ella tan cerca de la estación.
—Es una mujer y parece que va sola —dice Zubizarreta.
—Ya. Pero lleva los cristales tintados. El sospechoso podría ir detrás.
—¿Quiere que…?
—No, con esto tengo suficiente. No hay coartada y pudo tener a quien le llevase a la estación.
Lidia le da al agente una palmada en la espalda.
—Envíame un informe con las capturas, coordenadas, todo… —Sonríe—. Con esto ya tengo la orden.
Y otro viaje más. ¡Gracias!
Atrincherado en su pijama, César empieza a impacientarse. Y todavía quedan tres días.